Cómo ganarse la vida

Hace días que me comprometí a no hablar de política. Tal vez porque cuando menos se habla de política es durante las campañas electorales. No quiero hablar de política para no confundir un presupuesto con un perfume. No quiero hablar de política para no anteponer la sonrisa a la idea y la revancha a la ilusión. Pienso en los versos de León Felipe que empieza diciendo: "Yo no se muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto." Y que culmina afirmando: "Pero me he dormido con todos los cuentos. Y se todos los cuentos". Todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida, incluso los jefes de campaña. Pero eso no nos exime del acto de pensar o, lo que es más importante, del acto de sentir.

El sentimiento es algo gaseoso que no tiene nada que ver con lo que se nos propone. No quiero hablar de política cercana porque lo que veo no me gusta, lo que oigo me asquea y lo que me dicen no me lo creo. Soy víctima de demasiados daños colaterales que, sin duda, me hacen la vida más difícil. Un día decidí que en casa no entraría una determinada marca de productos lácteos porque no compraba leche a los granjeros catalanes. ¿Acaso era una mala leche? Tan buena como lo es el cava tomado a pequeños sorbos en Salamanca. Pero las pequeñas protestas a veces nos privan de grandes verdades. Podía maravillarme con el arte del bailaor Farruquito, pero desde que sé que es un criminal al volante ya no puedo darle mi aplauso. Lo esencial ha quedado sepultado por lo accidental. No quiero hablar de política, porque la historia pasada y futura de mi pequeña comunidad no puede limitarse a un eslógan ni a unas palabras durísimas que nos motivarán el voto y que serán papel mojado al día siguiente, cuando los mismos que las profirieron hayan de pactar para continuar ganándose la vida. No quiero hablar de política. No quiero tener que advertir a los jóvenes, esos que todavía no saben todos los cuentos, que las campañas electorales, en manos de según quién, suenan a estafa. Ya lo descubrirán por sí mismos.

Banda sonora

Mientras quito la mesa escucho a distancia el famoso DVD del rencor. Suenan palabras conocidas y, por encima de todas ellas, me fijo en la música de fondo. La música conoce mecanismos que van más allá de la razón. Sin duda es lo mejor del cine. ¿A quién no le gustaría besar y ser besado con el acompañamiento de un arpa? ¿No sería maravillosa una mañana de sol con el espontáneo acorde de una orquesta sinfónica? En el trabajo o en una reunión de vecinos, nuestra precaria elocuencia se vería subrayada por un crescendo de trompetería que nos daría la razón y la autoestima. Tras el amor, volveríamos a amar si a los pies de la cama unos músicos ciegos tocaran la canción más hermosa del mundo. Conecto el lavaplatos y llegan hasta la cocina los tonos de la banda sonora pienso en un futuro lleno de terror y de desconfianza. No me imagino a Pujol dirigiendo a la orquesta. Bien mirado, nunca se sabe dónde nos morderá nuestro doberman.

Impotencia

Me zambullo en la última copa de la madrugada. La noche se cierra. Un hombre solitario les habla a las botellas: "Dejar de amar es mucho más difícil que enamorarse", dice. Se agarra a un móvil silencioso como el náufrago a la cuerda.