Dos visitas con 22 años entre medias permiten comprobar qué ha cambiado y qué sigue igual.

Llegué por vez primera a México hace veintidós años, justo en vísperas de la celebración de su independencia de España, el 15 de septiembre. Por una de esas raras coincidencias de la vida, he vuelto ahora en la misma fecha. Mi destino era entonces, como ahora, la ciudad de México, una megalópolis en la que casi cabe la mitad de los españoles. Si sus encantos eran y siguen siendo indudables, como los preciosos barrios coloniales de Coyoacán y San Angel, el imponente Zócalo, el espléndido Museo de Antropología, su sabrosa y picante cocina, o, en fin, la suave e irónica manera de hablar de sus habitantes, en general muy corteses y acogedores, no es menos cierto que algunos rasgos del Distrito Federal son bien poco agradables, como el tráfico exasperante, la contaminación y la inseguridad, hoy mayor que hace dos décadas.

Ahora, como en 1984, se trataba de dar unas conferencias en El Colegio de México. Una admirable institución -que en 2001 recibió el premio Príncipe de Asturias en ciencias sociales- creada por Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, bajo el patrocinio del propio presidente Cárdenas, para acoger a un puñado de brillantes republicanos españoles exiliados o transterrados , para emplear la expresión que hizo célebre uno de ellos, el asturiano José Gaos.

Muchas cosas han cambiado en México, como en el resto del mundo, durante estas dos últimas décadas. No obstante, el aspecto de buen parte de los barrios o colonias de su capital- como la del Valle, en donde residí entonces y ahora- es bastante parecido. Por supuesto, hay colonias nuevas, como la lujosa de Santa Fe, plagada de edificios inteligentes , que recuerdan a Chicago o a Los Angeles. Tras el devastador terremoto de 1985, nuevos rascacielos se han construido también a lo largo del elegante Paseo de la Reforma y en otras céntricas calles, como la de Insurgentes, con casi medio centenar de kilómetros. Pero nada parecido a la modernización urbana que tuvo lugar en España desde comienzos de los años ochenta del pasado siglo se produjo en la ciudad de México, sin duda debido a que la economía mexicana ha crecido mucho más lentamente de lo que hubiera sido deseable, sin haberse repuesto del todo todavía hoy de la gran recesión de los años noventa.

El ambiente político, en cambio, es muy distinto al de hace veintidós años. Entonces, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) estaba en todo su esplendor, aunque Miguel de la Madrid, a la sazón presidente de la República, ya había abandonado parte del tradicional discurso populista para apoyar una política económica liberal, que continuarían Salinas de Gortari- bajo cuyo mandato se firmó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá- y Ernesto Zedillo. Pero el sistema político mexicano, vigente desde la segunda década del siglo XX, tras el triunfo de la revolución, se mantuvo hasta el acceso al poder del Partido de Acción Nacional (PAN), de la mano de Vicente Fox, actual Presidente en funciones de la República. El legado de Fox presenta luces y sombras. Fue incapaz de acabar con las dos principales lacras que impiden la plena modernización de este extenso país: la corrupción, que se extiende por todos los intersticios del Estado, y las enormes desigualdades sociales, que separan de manera muy peligrosa a una minoría de ricos de una mayoría de pobres. Mexico hoy, sin embargo, es un país más democrático que hace seis años, cuando Fox llegó al poder, y desde luego que hace veintidós, cuando tuve la ocasión de visitarlo por vez primera.

Esa democratización- que se manifiesta, por ejemplo, en una mayor amplitud de la libertad de prensa y en general de los medios de comunicación- ha contribuido a la politización de los mexicanos, que han pasado de la apatía propia de la dictadura perfecta (como la denominó Vargas Llosa) establecida por el PRI, a un creciente interés por la cosa pública. Un fenómeno que se ha puesto de relieve en las últimas y reñidas elecciones presidenciales, que han dado la victoria, por un estrechísimo margen de votos, al candidato del PAN, Felipe Calderón, sobre su principal rival, el candidato del Partido de la Reforma Democrática ( PRD), Angel Manuel López Obrador, pese al indudable apoyo que recibió este último de buena parte de los sectores populares, sobre todo en la Ciudad de México, y de algunos intelectuales, aunque sin llegar a contar con el respaldo de los poderosos sindicatos de trabajadores, que continúan estando en manos del PRI.

La reacción de López Obrador es bien conocida: impugnar los resultados de las elecciones- que tanto los tribunales mexicanos como los observadores internacionales han considerado limpias- y autoproclamarse Presidente Legítimo de México. Un acto, pues, de manifiesta insurrección, acorde con el populismo reinante en la izquierda mexicana -y en general en la de casi toda Iberoamérica, con alguna excepción, como las de Chile- que no ha sabido modernizarse, a diferencia de lo que ha ocurrido con la derecha, que sí lo ha hecho en buena medida, abandonando el discurso nacional-católico tradicional del PAN y sustituyéndolo por otro más afín al liberalismo conservador. La ocupación del centro de la ciudad por millares de seguidores del PRD durante más de un mes, justo hasta mediados de septiembre, es otra manifestación más de la deriva populista y revolucionaria de este partido y de su principal dirigente, cuyo crédito político es cada vez menor, dentro y fuera de México.

Joaquín Varela Suanzes-Carpegna. Catedrático de Derecho Constitucional