En Prats de Lluçanès, un pequeño pueblo del centro de Catalunya, cierra un comercio de toda la vida, se nota su vetustez por lo añejo de su fachada, de sus estanterías e, incluso, de algunos de los artículos que todavía quedan expuestos al público. En la puerta de la tienda una nota conmovedora, en ella se anuncia la liquidación por jubilación del dueño, y se agradece a todos los clientes la confianza depositada en ellos y en el negocio durante todos los años de su andadura.

Son muchos los pequeños comercios que están cerrando en estos tiempos, la mayoría porque los propietarios se han hecho mayores y los hijos no continúan. Algunos de ellos porque han escogido libremente otro futuro profesional; otros por imposibilidad, puesto que el negocio es insostenible en la actualidad.

Han aparecido en los últimos veinte años, - los primeros, un poco antes- un número importante de centros comerciales, hipermercados y supermercados repartidos por el territorio. Cadenas comerciales, con amplios medios, que suponen una gran competencia al comercio tradicional.

Los grandes se están comiendo a los pequeños, no sólo por una cuestión de precios y de oferta, también porque las nuevas generaciones son más dadas a comprar en los nuevos espacios comerciales que en las tiendas tradicionales. A no ser el fin de semana, ya que queda muy pintoresco cuando uno va de viaje hacer cosas inusuales y pasar el tiempo en una tienda de pueblo.

Vivimos de manera distinta a como lo han hecho nuestros padres, sobre todo porque la organización familiar difícilmente es la misma, y el tiempo que dedicamos a comprar - especialmente los productos de primera necesidad- hemos de optimizarlo al máximo.

No es fácil repartir la compra en distintas tiendas, es mucho mejor la centralización y el autoservicio; así, si hay mucha gente, sólo hay que esperar en la caja para pagar. Además, el sábado y todos los festivos abiertos se unifica el ocio familiar con la compra en todo tipo de grandes espacios comerciales: de muebles, de ropa, de deportes, de bricolaje... y, también, de alimentos.

Comprar en los grandes centros es sólo proveerse de bienes. Hacerlo en las tiendas tradicionales tiene muchas más implicaciones. En primer lugar, el acto de comprar se basa y se establece como un intercambio mutuo de confianza entre comerciante y cliente. Acompañado de un buen trato, un trato personalizado, un conocimiento especializado sobre el producto, una buena orientación sobre la compra y, sobre todo, de la posibilidad de establecer relaciones con el resto de la comunidad. La tienda pequeña es un lugar de encuentro, de interrelación y conocimiento de los demás - no sólo de hacinamiento y bronca por el aparcamiento o por no poder pasar con el carro de la compra.

En las tiendas pequeñas se habla - con los dueños o dependientes e, incluso, con el resto de la clientela- no sólo para pedir el producto; se comparte lo que pasa en el mundo o en la propia casa de cada uno; te escuchan y se escucha a los demás mientras te atienden o esperas - hay que esperar, eso es cierto- a ser atendido. Tienes nombre y apellidos. Te preguntan cómo te va y cómo te encuentras, y si hace tiempo que no has ido, se interesan por si has tenido algún problema. Esta instauración de lazos interpersonales traspasa no sólo el acto comercial, también las puertas del establecimiento, tiene una gran función social, sobre todo ahora que cada vez hay más personas que viven solas y que la mayoría nos conocemos, unos a otros, sólo de vista.