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15 Octubre 2006

Entre familias anda el juego, de Jordi Goula en La Vanguardia

GESTIÓN

La figura del socio financiero gana terreno en las operaciones de financiación a empresas.

Puede que haya vendido su empresa, o simplemente que haya desinvertido una parte de su patrimonio industrial, o que tenga unos excedentes monetarios de cierta entidad... en cualquier caso se encuentra entre las manos con un volumen importante de dinero que muy pronto le va a quemar ¿Qué hacer con él? Las alternativas tradicionales ya las tiene muy trilladas, está invertido en el mercado de capitales -renta fija y variable-y también en inmobiliario. ¿Por qué no tratar de colocar el dinero en capital riesgo, convertirse en socio financiero de otra empresa familiar para colaborar a llevar a cabo un proyecto interesante? Por supuesto que la elección no es sencilla, entre otras cosas porque en los terrenos tradicionales, la banca privada y los expertos en inmuebles (quizá en su propia organización) ya se lo solucionan, pero en este campo, el riesgo es tan elevado que no va a tener más remedio que ponerse en manos de unos muy buenos profesionales.

"La familia se plantea cómo gestionar este excedente, diversificando su cartera y teniendo en cuenta, sobre todo, una serie de condicionantes", explica Jordi Llidó, socio de Deloitte. Y, ¿cuáles son estos condicionantes? Entre otros cita el tamaño de la cartera, contando con lo que se dispone más la capacidad de endeudamiento; el reparto de fondos; en si la rentabilidad que se busca es recurrente o a largo plazo; la disposición de estos fondos, el plazo, la forma, la optimización fiscal...; está también la situación financiera de que parte la familia, cuánto dinero necesita para vivir y cuánto piensa dedicar a la inversión... En definitiva, dónde y cómo colocarlo. ¿Y en el otro lado? ¿Hay empresas dispuestas a acoger a un socio financiero? "Evidentemente, dice Llidó. Ante este escenario surge la necesidad del empresario que requiere inversores estables, profesionalizados, capaces de aportar valor estratégico, con experiencia empresarial y que le concedan un cierto margen de flexibilidad en la toma de decisión en el momento de la desinversión". Este último punto es fundamental, ya que es el que abre un nuevo mundo de posibilidades a estos socios financieros familiares. En el mercado actual dominan los fondos de capital riesgo, que juegan a un plazo de 3 a 5 años, ya que la liquidez es una de las claves de la inversión. En cambio hay escasa presencia de fondos que operen a mayor plazo (unos diez años de promedio), que busquen tanto rendimiento anual como plusvalía en la venta y por ello tengan una mayor flexibilidad en la desinversión.

"Con este condicionante cortoplacista, muchos proyectos no encuentran contrapartida ya que el período de maduración de una buena parte de los proyectos empresariales supera los cinco años y entra claramente en conflicto con la exigencia de liquidez de los inversores institucionales. En cambio, desde la óptica del inversor/ empresa familiar existe una necesidad generalizada de mayores rentabilidades, estables y recurrentes, diversificación de cartera y asegurarse un patrimonio creciente", añade Llidó.

Aparece, pues, una convergencia de intereses que el grupo familiar puede aprovechar en su vertiente de socio inversor. De la misma opinión es Miquel Martí, consejero delegado del grupo Sarbus, líder catalán de transporte de viajeros por carretera. "Ciertamente, está apareciendo un nicho de mercado que puede ser ocupado por los grupos familiares con excedentes para invertir. Aunque estamos en un momento todavía incipiente, es real. Nosotros no hemos entrado en ello, pero si llegado el momento tuviéramos unos excedentes líquidos importantes, si encontráramos y creyeramos en una empresa y si viéramos que nos asegura un dividendo cada año, nos plantearíamos la entrada, aunque sin asfixiarla con el plazo de los tres a cinco años".

Valorar el riesgo
En realidad, el planteaniento es de sentido común, siempre que se valore correctamente el riesgo que conllevan estas operaciones. Llidó insiste en dos aspectos muy importantes, en los que la experiencia. además del dinero, juega un papel decisivo. "Los socios financieros han desempeñado un papel decisivo en muchas compañías, ya que su entrada las ha impregnado de rigor financiero y de visión empresarial. Y también es clave que la inversión del socio financiero se efectúe en el mismo sector, ya que domina los resortes del mismo".

Otro aspecto que tener en cuenta es el de saber ubicar el listón en la altura correspondiente para tomar una decisión. "Si estamos hablando de cifras globales superiores a 500 millones, la empresa ya tiene sus propios órganos de gestión. Por debajo de los 60 millones no es aconsejable la entrada en el private equity, si no es en compañía de otros socios. En la zona intermedia, alrededor de los 200 millones, ya se puede entrar, pero siempre bajo el paraguas que le proporcionan los gestores profesionales en este campo", prosigue Llidó. Y concluye que , "la gran oportunidad para las empresas familiares son las operaciones de compañías de 30 a 60 millones de facturación, ya que la tendencia es que private equity estándar vaya a operaciones de tamaño cada vez mayor".

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