Como extraño residuo de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra fría queda en el noroeste asiático Corea del Norte. La guerra de Vietnam acabó con la divisoria entre los que fueron Vietnam del Norte y del Sur en los años setenta del siglo pasado; entre finales de los ochenta y principios de los noventa se derrumbaron el muro de Berlín y el telón de acero, que se levantaban como barrera ideológica y militar entre los llamados bloques del Este y del Oeste. Pero en Corea se mantiene desde 1945 la línea del paralelo 38 que separa a las dos Coreas. Ya la URSS no existe, varias de sus antiguas repúblicas federadas son independientes y sus antiguos satélites europeos están incorporados a las estructuras de la OTAN y casi todos integrados en la Unión Europea, China vive una acelerada incorporación a la economía de mercado.
Todo ha cambiado en dieciséis años.
Pero Corea del Norte sigue siendo un reducto de duro estalinismo o maoísmo sin concesiones. Es un país aislado, cerrado en sí mismo y en la continuidad inamovible de un régimen opresivo que practica sin ni asomo de pudor un delirante culto del liderazgo en la persona de Kim Jong Il. Y el factor personal del presidente tiene una importancia que cabe destacar en este caso.
Si el régimen norcoreano es una anomalía difícil de entender y aceptar, la personalidad del presidente aporta una contribución decisiva para que sea así. Kim Jong Il detenta el poder por haberlo heredado de su padre, Kim Il Sung. Éste fue implacable en el uso de las formas más despiadadas para imponer el sometimiento ideológico, político y social de la población. Y su hijo sigue en esta línea con el agravante de tener un carácter de rasgos psicopáticos, desmedido en el disfrute de caprichos y abusos en su conducta personal, en contraste con la disciplina espartana que impone y una miseria generalizada que ha adquirido más de una vez características de grandes hambrunas con cifras escalofriantes de muertos.
Sin estas previas consideraciones no cabe aproximarse al conflicto actual respecto al armamento nuclear de Corea del Norte. Posiblemente, si este régimen, su máximo dirigente y quienes con él cooperan, si esta tiranía inicua existiera en alguna parte de África no quitaría el sueño a los gobiernos de algunos de los mayores centros de poder del mundo. Pero ocurre que se trata de un país situado en una zona muy delicada desde el punto de vista estratégico y político. Donde se cruzan los intereses y preocupaciones de China, Rusia, Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.
Inquieta de Corea del Norte que por sacar provecho de esta situación quiera extraer fuerza de su debilidad. O amagar con amenazas para crear desentendimientos y discordias entre sus poderosos vecinos o interesados en la zona. Es un quiste que se prefiere que siga enquistado. En Pekín, Tokio, Moscú, Seúl y Washington nada se teme tanto como que reviente, porque crearía situaciones incontrolables. Como tumor es llevadero. Según como, hasta aprovechable por unos u otros en el juego de equilibrios del Asia Oriental y el Pacífico. Pero una metástasis los alteraría gravemente.
En el fondo no desazona que Corea del Norte sea un régimen de bárbaro anacronismo que con poco más de 22 millones de habitantes - en su mayoría sometidos a grave escasez de todo- mantenga un ejército de un millón doscientos mil hombres, miles de tanques y casi mil aviones militares que consumen el 23 por ciento de su producto interior bruto. Estados Unidos, Rusia, pero sobre todo China y Corea del Sur saben muy bien que ayudas exteriores impiden que las terribles carencias de los norcoreanos provoquen una implosión sin límites del país. Y el Amado Líder Kim Jong Il juega astutamente con esta realidad. Conoce las reticencias para aplicarle sanciones, bloqueos que serían contraproducentes. Pero la situación se hace tensa, los sobreentendidos pierden validez si Corea del Norte va más allá de lo aceptado explícita o implícitamente. ¿Por qué lo hace?
Hay quien echa las culpas - cómo no- a la política estadounidense. A Bush. Recuerdan cómo el presidente norteamericano encasilló a Corea del Norte en el eje del mal en compañía de Iraq e Irán; que en el 2005 le aplicó sanciones financieras, precisamente mientras China, en su papel de aliado y protector, prodigaba la aportación de ayudas. Y cuando Corea del Sur progresaba en el propósito de abrir brechas en la divisoria del paralelo
38 mediante el incremento de relaciones económicas. También cunde la opinión de que el régimen norcoreano reacciona por temor, habida cuenta de la intervención militar norteamericana en Iraq.
Todas estas conjeturas son plausibles.
Aunque silencian que EE. UU. en el caso norcoreano apostó desde muy pronto por negociaciones multilaterales con China,
Japón, Rusia y las dos Coreas. Tal vez, precisamente, por la amarga experiencia de Iraq. Pero más aún porque el contexto político y territorial de Corea del Norte implica las relaciones con China y Rusia, que requieren especial atención y un alto grado de prudencia. E incluso a Corea del
Sur, cabeza de puente donde hay 30.000 soldados norteamericanos. Y a Japón, aliado de extraordinario valor.
Kim Jong Il aprieta audazmente porque conoce que ninguno de los estados afectados por lo que haga se encuentra en condiciones idóneas para tomar decisiones drásticas. Bush y su Administración están enfangados en el pantanal de Iraq, mientras en vísperas de unas elecciones parlamentarias muy comprometidas, en plena campaña, la revista británica The Lancet publica que son más de 650.000 los muertos iraquíes desde la intervención norteamericana en el 2003 y salta el escándalo de pederastia del congresista republicano Mark Foley.
El Gobierno chino está en la labor de corregir los enormes desfases sociales de su rápido paso a la economía de mercado y de depurar el partido único. La reciente visita del primer ministro japonés, Shinzo Abe, a China abre la posibilidad de mejorar las relaciones políticas y económicas con Japón y aminorar los agravios morales que creó su antecesor. La prioridad de Pekín es preservar la estabilidad interior y exterior en beneficio de su crecimiento económico. Hasta mantiene congelado el pleito de Taiwán. Y respecto a Corea del Norte desea sostener el estatus de aliado y protector sin que esta condición le comprometa internacionalmente e incluso le desprestigie en su autoridad por los desmadres de un amigo incontrolable.
Putin, por su parte, tiene en Corea del Norte una cuña molesta para la presencia norteamericana en el área. Pero no desea que esto le comporte verse arrastrado por un desafío nuclear irresponsable. Bastante ocupado está en la voluntad de asentar su poder autocrático en Rusia, de recuperar para ésta un papel hegemónico en las que fueron repúblicas federadas de la URSS y de utilizar el gas y el petróleo como instrumento de su afianzamiento como potencia europea. De cara al prestigio moral, el asesinato reciente de la valiente periodista Anna Politovskaya revela el recurso sistemático al amordazamiento de la verdad y de la sana oposición democrática. Con el fondo de la salvaje destrucción y la muerte indiscriminada llevada a Chechenia que Politovskaya denunciaba.
Japón se siente directamente amenazado. Y pierde credibilidad la política surcoreana de progresivo y pacífico acercamiento al Norte.
Nadie desea, pues, ir por la brava. Pero la provocación de Kim Jong Il desconcierta. Premisas contradictorias para que del Consejo de Seguridad salga una resolución clara y efectiva.

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