En términos generales, las Cajas me parecen unas instituciones admirables. Respeto, en grandes líneas, su gestión, me maravilla mucha (que no toda) de su obra social y he tenido buena sintonía con algunos de sus presidentes y primeros ejecutivos que he conocido. A pesar de ello, quisiera privatizar a todas y cada una de ellas. Las privatizaría única y exclusivamente con el fin de someterlas a la férrea disciplina del mercado, de obligarlas a presentar, con luminosa transparencia, cuentas anuales a una junta general y de ponerlas ese chip que consiste en pensar en el valor que se puede y se debe crear para sus accionistas, es decir, para sus dueños. Hay que insistir una y otra vez en el valor de la transparencia que brinda el mercado. Cuando ahora salen, una vez más, a la luz pública los préstamos de determinadas cajas a partidos políticos, empezando por el que está en el poder, nadie debería rasgarse las vestiduras.

Sólo un marciano puede ignorar que cada caja está unida cual cordón umbilical con quienes localmente mandan en su principal área de negocio. El bottom line de toda caja es que actúa como correa de transmisión financiera de la fuerza política local. No se puede esperar otra cosa. Con los políticos por medio, en lugar de analizar riesgos se piensa en clave de compadreo y se anticipan futuros favores cuando llegue el momento de lo que los anglosajones llaman payback time. Estando las cajas cautivas del politiqueo local, sometidas a tales losas, lo que es realmente admirable es que, por lo general, tengan tan espléndidos balances. ¡Qué harían sin esa servidumbre!

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