En su poemario Las herejías privadas (Tusquets 2001), Luis Antonio de Villena se enfrentó por primera vez a un asunto fundamental en su vida: el daño que recibió cuando era niño y casi adolescente en el colegio de El Pilar, donde recibió la educación reservada a la élite del país a la vez que le imponían la mirada y el saber de los parias y el punto de vista de los acusados. Naturalmente, tuvo que asumirlo haciendo suyo el lema de Cocteau: «Pertenezco a la raza de los acusados». Ahora vuelve a enfrentarse a su pasado, de un modo más consciente, en su nuevo libro de memorias Mi colegio. Esplendor y tormento de un escolar adolescente (Península), que se ha presentado esta semana.
En él explica y completa, paradójicamente, al joven poeta que, en los inicios de su prolífica carrera literaria, encontró en el esteticismo y en el dandismo un sólido refugio frente a un mundo hostil y decepcionante del que siempre quiso escapar. Y lo hace en un momento en el que está de plena actualidad el tema del acoso escolar, que empezamos a denominar con el término inglés bullying (intimidación) desde que, en 2004, Jokin Zeberio, un chaval de 14 años años al que hostigaban sus compañeros, se suicidó en Fuenterrabía tirándose al vacío desde lo alto de un muro. Los medios no tardaron en convertir la noticia en espectáculo, como si se tratara de una novedad. Pero el libro de Luis Antonio nos recuerda, en primera persona, que este tipo de acoso ha existido siempre.
Hoy se habla de ello sin parar, pero durante años lo han padecido muchos niños y niñas sin contar con el apoyo de la sociedad, que más bien miraba hacia otro lado: agresiones intencionadas y repetidas, amenazas, insultos y vejaciones con las que los agresores imponen su dominio a los más débiles y a aquellos a quienes, en definitiva, perciben como diferentes. Villena cuenta que, aunque sus acosadores eran una minoría, el resto de compañeros -esa triste mayoría silenciosa que tan perjudicial resulta cuando la brutalidad fascista se enseñorea-, no oponían ninguna resistencia. Y cita a Didier Eribon que, en su ensayo Reflexiones sobre la cuestión gay (Anagrama), afirma que «la historia de la condición homosexual empieza con un insulto»; concretamente con la palabra marica, arrojada como una difamación contra la víctima. Al igual que la violencia de género, el origen del acoso escolar es el machismo, que odia todo lo que considera femenino, entendido como lo débil. Y el machismo es una puta mierda.
© Mundinteractivos, S.A.

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