En un molino reconvertido en sala de exposiciones, vecino a A Coruña, he contemplado, con la mirada en suspenso, una de esas colecciones fotográficas que merecen cruzar la Península sólo por verlas. El lugar se llama Culleredo y la fotógrafa es una superviviente de varios centenares de muertes; tiene 71 años y ha ejercido como periodista y fotógrafa clarividente en la Sicilia mafiosa. Se llama Letizia Battaglia, a la que inopidamente los organizadores de la insólita muestra en Galicia han retirado una t, dejándola en Bataglia y convirtiéndola en una desconocida sin otro material en internet que las humildes reseñas de los diarios gallegos, cuando el simple añadido de la otra t que le corresponde la transforma en un personaje capital entre las fotógrafas italianas.
Con la mafia ocurre como con la libertad. Admitan la comparación porque tiene su aquél. En ambas, lo frecuente es ampararse en la definición semántica. No he conocido a ningún enemigo de la libertad que no empiece su alegato planteando la pregunta del millón: "¿Qué es libertad? ¿A qué llama usted libertad?". Si usted osa abordar el tema de la mafia ante un colaborador mafioso, lo primero será cuestionar la mayor: "¿A qué llama usted mafia?". Y a continuación le dirá que es una invención de los medios de comunicación. O si es un brillante desvergonzado, le precisará que mafia somos todos: el Estado, la familia, las empresas. Lo he oído tantas veces que podría reconstruir esos diálogos de besugos sobre la esencia mafiosa que al final resultan como los talllarines con salsa de aceituna; una exquisitez con fuerte sabor local. La mafia, aseguran los mafiosos, no existe más que como objeto literario, o artístico. ¿Quién no se emocionó ante esas escenas coloreadas de la primera parte de El Padrino?¿Quién hay capaz de resistirse al privilegio de identificarnos con Marlon Brando, De Niro y Al Pacino?
Y además la mafia es italiana, de Sicilia y de Hollywood. No sea usted ingenuo, le dirán, no es más que un recurso de los medios de comunicación para promocionarse. ¿Se pueden imaginar a don Pablo Vioque, famoso y riquísimo letrado, al que pillaron haciendo lo más parecido a la danza del vientre en una operación de un poquito más de 1.800 kilos de cocaína, ¡una nadería!, respondiendo a un cuestionario sobre la mafia? Nuestro Tribunal Supremo le acaba de absolver porque tan altos juristas no tenían muy claro el dilema de si era el huevo o la gallina, si don Pablo bailaba porque había música o ponía la música para que otros bailaran; un auténtico dilema de alta jurisprudencia que para salvar el conflicto moral que esto podía suponer para hombre de tan probados conocimientos jurídicos como don Pablo Vioque, privilegiado contacto de los capos colombianos, decidieron absolverle, así como suena. ¡1.800 kilos de cocaína de un 80,4 de pureza! ¡Como para bañarse! ¿Alguien se ha atrevido a acercarse al bufete del señor Vioque a preguntarle qué opina de la mafia gallega? Es lo que debería hacer un profesional del periodismo en una sociedad democrática. Pero nadie le va a preguntar nada al señor Vioque, entre otras cosas porque ese tipo de temas apenas si aparecen en nuestra prensa. Los genios del nuevo periodismo y su financiación tuercen el morro y te aseguran que "eso no le gusta a la gente". Nadie le preguntará a don Pablo Vioque nada. Más exactamente, nadie preguntará a los Pablos Vioques que controlan los mil y pico millones de ingresos que las 494 organizaciones mafiosas obtienen en España - informe de los Servicios de Información, año 2004- ni a los amigos de los Pablos Vioques que gerencian los 1.453 millones de euros que según la misma fuente es la base del patrimonio de las diversas organizaciones mafiosas en España. Nadie pregunta nada, mejor no saber.
Fíjense si el asunto será curioso que, recién desmantelado el nivel más obvio de la trama mafiosa en el Ayuntamiento de Marbella, hace apenas nada, y que nos conmovimos ante aquellas escenas memorables de mansiones, caballos, aseos en quinta dimensión y otras aportaciones, me estoy refiriendo a la operación Malaya, - Malaya, qué bonito, con su toque exótico-, no echamos mano de la memoria y nos preguntamos qué ocurrió con una juez que se llamaba Blanca Esther Díaz, asturiana, católica fervientísima, casada con un madero, fuera por tanto de toda sospecha, que instruyó ya en los primeros noventa una causa sobre la mafia marbellí. ¿No se acuerdan de la jueza Blanca Esther Díaz? Pues se lo voy a recordar. Fue la primera en denunciar lo que ahora parece obvio, y saben qué consiguió: que gracias a las gestiones del vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial, a la sazón don José Luis Manzanares, con un pariente implicado en el caso, la inhabilitaran en 1994.
Rusia es un país donde enfrentarse al poder puede costar la vida. Pero cabe la pregunta: ¿eso significa que nosotros podemos enfrentarnos al poder y salir vivos? La verdad es que aún no lo sabemos, porque el cuidado que ponemos en no tocarle bien merece que respete nuestras vidas, nuestras haciendas y nuestras UNA INVENCIÓN DE LOS medios de comunicación, si no fuera porque Anna Politkovskaya los hubiera buscado y Letizia Battaglia, fotografiado DESDE QUE PUTIN ESTÁ en el poder van doce periodistas asesinados. Más que banqueros. Es una profesión de riesgo, pero sólo para los que la ejercen hipotecas. Nuestros mafiosos están vivos y coleando, colean tanto que incluso un caballerete con aspiraciones a diputado, como es el caso de Antoni Fernández Teixidó, maoísta con pedigrí, puede cortejar en el ejercicio de sus legales atribuciones a un criminal sin que le afecte en nada; ni siquiera nos atrevemos a ir más allá, por temor a enfadar al poder. Nos acusarían de intoxicar y de servir intereses de partido. ¿Cuándo podremos explicar ante cualquier Ilustre Colegio de Abogados que ejercer la defensa de un mafioso es un baldón profesional para cualquier letrado decente? Porque no lo hacen por eso de la presunción de inocencia, ¿o es que nos creen gilipollas?, sino por la desmesurada provisión de fondos. Utilizando su misma argumentación, los periodistas estaríamos en nuestro derecho de ayudar a la mafia a redactar informes y noticias, porque de no ser así limitaríamos la libertad de expresión del delincuente. ¿Alguien tendrá el valor de plantear que los mafiosos deberían ser defendidos por abogados de oficio? Me imagino los argumentos. ¡Qué escándalo! ¡Habría que cerrar tantos bufetes!
Sería bueno que los columnistas salomónicos que convierten su cobardía filistea en concepción del mundo pudieran leer la entrevista que Anna Politkosvskaya le hizo al mafioso viceprimer ministro de Chechenia, Ramzam Kadyrov, en su feudo, Tsentoroi. Las preguntas de ella y las respuestas de él, hasta llegar a ese momento cenital en que ella le pide que se defina a sí mismo y él se niega a admitir hasta la pregunta. ¿Un mafioso retratándose a sí mismo? Y ella le ayuda, empujándole un poco más hacia la definición, orientándole a que diga en qué es fuerte y en qué es débil. ¿Débil? ¡No soy débil en nada y además me gustan las abejas y las mujeres! Eso es periodismo y eso es valor. Aquí la ambición del gremio está en que te nombren del Consejo Audiovisual y dar clases a chicos y chicas que aspiran a presentar telediarios. Aquí son muy apreciados los graciosos que le piden permiso a Farruquito para preguntarle cómo se siente después de haber matado a un hombre, no vaya a ser que se ofenda el chaval. Me acuerdo muy bien de las declaraciones íntimas de Potitkovskaya cuando atentaron contra ella la penúltima vez; su soledad espantosa, el silencio de los colegas amparado siempre en ese subterfugio de los corruptos: "El problema de la Politkosvkaya está en su afán de protagonismo".
Los simples mirarán el dedo que indica a Putin y al Estado, pero hay que mirar a la luna. Para un veterano del crimen como Vladimir Putin, el asesinato de una periodista es un trabajo que siempre hacen otros; el Estado consiente y la mafia da la orden y ejecuta. Desde que Putin está en el poder van doce periodistas asesinados. Más que banqueros. Es una profesión de riesgo, pero sólo para los que la ejercen. Hay centenares de periodistas contentísimos. Ninguna asociación sindical ni gremial apoyó a Politkovskaya cuando la amenazaron. Ahora que está muerta, mandaron flores, por supuesto, y escribieron ardientes artículos laudatorios. Al fin y al cabo, es sencillísimo. Cuando entra al supermercado hay una mujer que la marca ante sicario. Luego él no tiene más que seguirla. No sabe si escribe o toca el violín, si se llamas Anna o Kalina, sólo está pendiente de la compra que ella va sacando del Lada plateado y, como vive sola, habrá de hacer dos viajes. El primero, con lo que necesita meter en el frigorífico, y cuando baja para recoger el segundo lote no tiene más que ayudarla a abrir el ascensor y descerrajarle un par de tiros en el corazón, y luego lo que llaman el sello,un tiro en la frente, el que define a un profesional y permite que le paguen por el trabajo bien hecho. Quitarle el silenciador a la Makarov y volver a casa con la familia. Más fácil que matar patos en un estanque.
La mafia sólo elimina a quien la perjudica. A los demás los paga muy bien, y hasta se deja entrevistar entre jijiji jajaja. ¿La mafia? ¿Qué es la mafia? Una invención de los medios de comunicación si no fuera porque Anna Politkovskaya los hubiera buscado y Letizia Battaglia, fotografiado. Hay una foto entre las muchas de cuerpos extorsionados por el plomo y charcos de sangre y mujeres que lloran solas junto a una tapia. Es una que me causó especial impresión. La tiró la Battaglia en Palermo hacia 1976, durante una fiesta en el palacio Ganzi que dio su propietario, el príncipe Vanni Calvello di San Vicenzo. Nada menos que la gran sala donde Visconti rodó la soberbia secuencia del baile en El Gatopardo.Unas damas con estolas de visón charlan sin demasiado entusiasmo. Durante años, más de uno debíó pensar qué extraña mosca había picado a la implacable Battaglia para fotografiar una escena aristocrática. Fue necesario que pasara mucho tiempo para que un día el mafioso Buscetta anunciara que el príncipe de la mansión viscotiana no era otra cosa que un miembro de Cosa Nostra.

Escribe un comentario