En esos nuestros momentos en que la rapidez se impone en cada área del vivir, desplazamientos, alimentación, dormir rápidamente el mínimo de horas posibles, trabajar, etcétera. Cuando también la eficacia se asocia a la rapidez e incluso las construcciones arquitectónicas tienen una fecha de entrega precisa y contra viento y marea, hablar de moderación suena a música celestial o como mínimo a épocas pasadas. Y sin embargo, la moderación, que tiene mucho que ver con la prudencia, piensa en los modos y maneras de hacer las cosas de tal manera que disminuya el riesgo que implica para uno mismo y para los demás cualquier decisión tomada.

Vivimos en tiempos de excesos; la intensidad es el valor en alza en cualquier campo, se trate de las relaciones humanas, de los llamados deportes de riesgo o simplemente del caminar por la calle con brío. "Vivir intensamente" es un eslogan que está al orden del día; todo tiene que ser en exceso. Como si se tratara de exhibir el régimen de abundancia en el que se supone que vivimos, aun cuando es sabido que la exhibición ostentosa de algo tiene que ver precisamente con el sentimiento de su carencia.

Es como si de pronto la vida se hubiera convertido en algo urgente, cosas que hacer o alguien quien ser antes de morir. Como si lo que contiene la vida tuviera más valor que la vida misma, y en esa búsqueda desesperada de contenidos perdemos la moderación y vamos dando tumbos de un extremo a otro. Es difícil la moderación y lo es porque significa pensar en las cosas con tiempo y razonamiento, en unos tiempos que el vivir significa apurar todo en un plis-plas sin ni siquiera darnos cuenta de dónde estamos y con quién.

Creo sinceramente que esa locura de tener gran cantidad de vivencias, ese pasar rápido por encima de todo, no es más que la expresión del miedo a no ser nadie, como si el ser fuera algo contabilizable o cotizable en vistas a un mayor poder. La búsqueda del poder al precio que sea es una muestra de la magnitud del miedo.

El fanatismo y el fundamentalismo no son más que enrocamientos absolutos en algo que ya se sabe en el fondo que no es cierto pero que se quiere que lo sea, es decir, una muestra de la impotencia humana y de la incapacidad de aceptar modestamente los límites de nuestra condición. Por ello el fundamentalismo es tan arrogante y soberbio, tiene que serlo para poder presentarse sin fisuras; una fisura sería una duda, y una duda sería un pensamiento en marcha, algo muy peligroso para toda postura fundamentalista. En otras palabras, los fundamentalismos, sean de la clase que sean, de signo laico o religioso, son mentiras construidas a partir de una voluntad de dominio, y es precisamente por ello que no admiten rivales ni disidentes, ni tan sólo discusiones en su seno. La secuencia podría ser algo así: alguien quiere un poder absoluto para hacer funcionar las cosas a su manera, entonces crea una teoría con unos cuantos tópicos que lleguen a las vísceras de las gentes y lanza su propaganda de manera que parezca que sea una teoría moral sobre las costumbres de la gente y sus errores. A partir de ahí, como el ser humano es un adicto a sentir culpa, la teoría ideológica se engarza en el inconsciente del personal que no tiene el espíritu crítico desarrollado y como un vulgar virus informático contamina cualquier rincón del pensamiento, decantándolo hacia los extremos.

La moderación sería darse ese tiempo para pensar, sopesar y dilucidar esas trampas ideológicas que se plantean como si fueran una nueva moral y dar a la razón su espacio para razonar y al pensamiento su lugar para pensar. Aristóteles decía: "No es posible ser un hombre de bien sin prudencia ni un hombre prudente sin virtud moral".