Mira que le tengo ley, ¿eh? Pero está raro conmigo este hombre, me mira con una cara que yo no sé. Dicen que el roce hace el cariño: temo no estar nada seguro hoy de eso. Coincidimos el otro día, por la mañana, en Elciego, un pueblo de Álava en el que Frank Gehry ha construido un hotel delirante, bellísimo pero enloquecido, para la “Ciudad del Vino” que ha nacido en torno a las bodegas “Marqués de Riscal”. En mi trabajo están convencidos de que sé mucho de vinos (no es verdad, soy un discreto aficionado) y, cada vez que pasa algo relacionado con eso, allá que me mandan. A mí me parece muy bien.
Estaban el lehendakari Ibarretxe (cada vez que le veo me acuerdo de lo que contaba la madre de mi amigo Juan: que, de toda la cuadrilla de chavales que se juntaban hace cuatro décadas en Llodio, Juanjo Ibarretxe fue el que más tardó en aprender a andar en bici), Ramón Rabanera, la presidenta del Parlamento vasco, la ministra Espinosa, diversas autoridades más, el propio Gehry… y, claro, el Rey. Muy contento. Le gustan estas cosas y sobre todo le gusta ir al País Vasco sin tener que santiguarse primero. Vile, cortésmente saludélo, miróme con esa cara que pone a veces, que da la sensación de que en realidad está fijándose en algo que hay justo detrás de ti, y no pasó mucho más. A él le regalaron una botella del año en que nació, 1938. A mí no, claro.
Esa misma tarde (paliza de coche, pero el trabajo es el trabajo) se conmemoraba el 150 aniversario del teatro de La Zarzuela. Se pueden imaginar: la aún ministra Carmen Calvo, el cristianísimo alcalde Gallardón (“No me creáis a mí, creed a las obras”; Evangelio según san Juan, 10, 38), Esperanza Aguirre vestida de cortinaje de la Real Fábrica, el juez Garzón, mi admirado Mario Gas… y, de más está decirlo, otra vez el Rey, ahora con doña Sofía. Cruzáronse nuestras miradas. En esta ocasión púsose serio y turbóle el rostro un gesto de extrañeza. Creí ver que decíale algo a la Reina, que luego volvíase a mirarme y que después meneaba la cabeza como quien rezonga para sí: “No puede ser, no puede ser, le estoy confundiendo con otro”.
No me paré mucho a pensarlo porque unos minutos más tarde entró en el teatro, armando un bien previsto revuelo (fue la última en llegar, después de los Reyes, lo cual es una enorme falta de educación), alguien o algo que, por su aspecto, no se sabía bien lo que era: si un tiovivo, la Tarasca, la reina de los carnavales de Tenerife o la galera capitana de la flota turca en Lepanto. Aquella señora vestida de pabellón tailandés en la Expo de Sevilla resultó ser Marujita Díaz. No logro adivinar por qué fue invitada a una celebración como aquella. Alguien suponía que quizá haya cantado zarzuela alguna vez. No lo creo yo así, las fechas no cuadran: cuando Marujita pudo tener voz para cantar algo, lo que estaba de moda no era la zarzuela sino el Cancionero de Palacio. Pero todo podría ser.
La velada, muy bien, muy variada, quizá demasiado. El barítono Juan Pons y las sopranos María Bayo e Isabel Rey lograron brillar en sus piezas a pesar de que a la batuta estaba Miguel Roa; de casi todos los demás no puede decirse, por desgracia, otro tanto. Pero ya dice el maestro Arturo Reverter que aquello era más una fiesta que otra cosa y que no hay que enfadarse por eso. Tiene razón.
A la mañana siguiente acudí, como me estaba mandado, a la inauguración de la nueva sede del Instituto Cervantes, el antiguo Banco Central –así lo conoce todo el mundo– de la calle de Alcalá. Una hermosura, porque han dejado allí todo el atalaje bancario, incluso la cámara acorazada, que ahora albergará grandes textos originales y no dineros: seguirá guardando fortunas, en todo caso. Cuando el Rey me vio, ahora ya sí, tragó saliva, parpadeó muy deprisa, creí ver que empalidecía y, como por instinto, arrimóse, un sí es no es tembloroso, al costado de César Antonio Molina, que estaba el hombre ufano y resplandeciente como el virrey de Nápoles.
Yo quedé francamente preocupado y abandoné el acto antes de tiempo. Comprenderán ustedes que, a pesar de la estupefacción de Marité, haya preferido no asistir al desfile del 12 de octubre y a la posterior recepción en el Palacio de Oriente, a la que estaba muy amablemente invitado. Si don Juan Carlos me llega a ver en el besamanos, sale corriendo, seguro, gritando aquello de “¡Saulo, Saulo, por qué me persigues!” Y ni quiero ser yo motivo de mayores sufrimientos de Su Majestad, que bastante tiene ya con lo que tiene, ni me voy a arriesgar a que el Rey me denuncie por acoso laboral. Con permiso de Jaime Peñafiel, yo no me dedico a socavar las instituciones.
EL TRIUNFO DE MONASTERIO
El violinista Jesús Reina, que aún no tiene veinte años y que está llamado a ser uno de los grandes intérpretes de ese instrumento en el presente siglo, se emocionaba hasta las lágrimas acariciando las piedras de la casa natal de Jesús de Monasterio, en el pueblo cántabro de Potes. Este chaval milagroso llegaba allí, por primera vez en su vida, para protagonizar un acontecimiento trascendental: tocar, también por vez primera en la historia, el Concierto en Si menor para violín y orquesta, una de las grandes obras del compositor, en el lugar donde éste nació.
Los economistas han definido lo que se llama el “círculo virtuoso” –por contraposición al vicioso–, que se produce cuando todo sale bien: crece la economía, bajan el paro y la inflación y parece que nos ha besado un ángel. Más o menos eso fue lo que pasó en el concierto. La Sinfónica de Almería andaba en estado de gracia; en el podio, Juan de Udaeta estaba que se salía, se le veía disfrutar como pocas veces; y Jesusín Reina, para qué hablar.
Udaeta sacó oro de la obertura de Quien porfía mucho alcanza, de Manuel García (otro gran compositor del XIX español que, poco a poco, va recuperando el lugar que le corresponde), y oro y brillantes de la Sinfonía “Praga” de Mozart. Ambas las dirigió sin batuta porque, en el tiempo de ambos autores, ni existía la figura del director de orquesta ni, claro, se usaba batuta. Luego le tomaría el pelo el alcalde de Potes, el gran Alfonso Gutiérrez: “Un director sin palo es como un alcalde sin bastón”. Mejor me callo la respuesta de Udaeta, que provocó una carcajada tremenda.
En la segunda parte, Jesús Reina parecía elevarse del suelo. Lo que hizo este chaval con la terrorífica cadencia del primer movimiento del Concierto en Si menor no es de este mundo. Udaeta tascaba el freno; la acústica de la iglesia era muy deficiente y él pretendía que las notas se oyesen, no que se mezclasen todas en un puré sonoro en el que nada se distingue. Pero estaban todos, ya digo, en plena transfiguración: arriesgaba el solista, improvisaba el maestro tempi y ritardandos, la orquesta obedecía con una docilidad increíble… y el público, que por fin oía allí la gran música de su compositor –Monasterio es el “padre” musical de Falla, Albéniz, Granados, Turina y todos los demás–, se rompió las manos a aplaudir durante interminables minutos cuando director y solista alzaron, con una mano cada uno, la partitura del Adiós a la Alhambra, que había servido de propina. Les juro que pocas veces he disfrutado tanto en un concierto.
En el concierto y después. En la cena, mientras el maestro y el violinista no dejaban de firmar discos (la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria tuvo el detallazo de regalar a todas las personas que asistieron un ejemplar del doble CD con la música orquestal de Monasterio, disco asombroso que Udaeta y Reina grabaron hace dos años), yo vi hueco y le entregué a mi señora esposa dos cajitas envueltas con mucho primor. Era nuestro aniversario de bodas. Una de las cajitas era mía y el diamante que contenía mereció dos besos muy cariñosos. Pero la otra la dejó sin habla. Había allí un impresionante collar de ópalos, jades y piedras marinas engarzado en plata. Ese regalo no era mío. Lo había hecho con sus manos, y lo había enviado para ella, uno de ustedes: la coruñesa Ana María Pérez Villar, una mujer de inmensa dulzura que quería felicitar a Marité por el final de nuestra ya olvidada crisis matrimonial. La inolvidable Anamari (que estaba conchabada conmigo, claro) eligió las piedras para que entonasen con el color de los ojos de Teresa y acompañó el regalazo con una nota manuscrita que la hizo llorar a calderos. A duras penas conseguí convencer a mi exultante cónyuge de que se quitase el Collar de la Paloma (así quedó bautizada la joya inmediatamente, con el título del libro de poemas de Ibn Hazm) para meterse en la cama.
Siempre he dicho que ustedes, los lectores de esta columna, son gente maravillosa.
Pero nunca, nunca dejará de sorprenderme que lleguen a serlo tanto.

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