Querido J:
Hay un rasgo de las necrologías periodísticas que me subleva y es su pétrea sumisión a lo actual. Muere un hombre de enfermedad, al cabo de los años, trivialmente, si es que así puede hablarse de la muerte, y los periódicos consideran que se trata de una noticia y que deben darla a conocer.
De acuerdo, buena idea. Cuando muere un hombre de edad en los periódicos se trata, por lo general, de alguien que ya dejó de ser (periodísticamente) hace años. Es paradójico que el hecho se convierta en noticia gracias al pasado. Paradójico, pero razonable: la muerte de un jubilado no va a provocar ninguna brusca novedad en el presente. Es la muerte de alguien que estuvo en estas páginas, pero que las abandonó hace ya tiempo. Así pues debía ser el pasado, la importancia del pasado, la que dictara cómo ha de aparecer el cadáver en el periódico de hoy. Por el contrario, y lo demuestran las mortales faenas de aliño a que se dedican los periódicos en la mayoría de estos casos, es el hoy y su falta de grosor lo que decide la importancia del tratamiento.
Así ha sucedido en la muerte de Antoni Gutiérrez Díaz, secretario general de los comunistas catalanes durante muchos años, y uno de los diseñadores del corte de cara de la Cataluña moderna. Para entender la magnitud (casi sarcástica) del aliño te bastará saber que una de esas necrologías principales la ha escrito Rafael Ribó.
El Guti fue el principal dirigente comunista en la Cataluña de los años 70 y 80 y el hombre por el que pasaban todos los hilos de la decisiva Asamblea de Cataluña. Sus éxitos fueron evidentes. A diferencia del Partido Comunista de España, el PSUC obtuvo buenos resultados en la mayoría de elecciones de la Transición. Fue capaz, también, de transformar un partido leninista en socialdemócrata. Esto lo hizo con su habitual astucia y sentido político, pero sin dejar de lado su apego irónico.
Aún recuerdo, al fin y al cabo era entonces mi secretario general, su discurso en una Conferencia Nacional del partido, cuando trataba de convencer a los delegados que asistirían al Congreso del PCE de que debían apoyar la supresión del leninismo. «Os lo dice alguien con autoridad en el asunto», vino a amonestarles, recordando aquella portada célebre de la revista Mundo que lo había bautizado, con la audacia físico-temporal del periodismo, como «El Lenin catalán»..., dada su barba.
Yo lo apreciaba, y me gustó siempre su sorna seductora. Para los malos ratos con los otros siempre tenía a punto este apotegma brechtiano sobre los comunistas: «Nosotros, que quisimos un mundo amigable no pudimos serlo».
Nunca dejó de ser un secretario general. Quiero decir que incluso en estos últimos años, cuando ya había abandonado cualquier responsabilidad política, se comportaba con extrema prudencia analítica, como si sus opiniones, por el mero hecho de ser formuladas, fueran a producir grandes cataclismos.
Aún así, a veces, dejaba traslucir algún juicio imprudente que insinuaba una repleta trastienda. El último que yo le oí está en una de nuestras cartas, muy próxima. Le llamé para hacerle una vieja pregunta: si la izquierda había hecho todo lo posible para salvar a Puig Antich. Todo lo que dijo fue sensato, según su costumbre. Pero se detuvo algo más de lo que yo esperaba en este asunto: «Éramos cuatro. Éramos muy pocos. ¿Me entiendes? Éramos muy pocos. Muy pocos».
Se refería, claro está, a los antifranquistas. Lo dijo como quien rasga una cortina. No una cortina pública, entiéndeme, que ya está bien rasgada en este punto. Sino una suerte de cortina privada.
Hay otro asunto fundamental en la vida y en la política de Gutiérrez Díaz. Pero antes de pasar a él quiero aclararte algo sobre la importancia objetiva del personaje. No está basada en gestos esforzados ni en las euforizantes solemnidades históricas, sino en la suma de leves movimientos, de decisiones grises, de conductas inducidas con mucha paciencia y terca voluntad.
Hay miles y miles y miles de reuniones en la vida de Gutiérrez Díaz. Un macizo bloque de política subterránea. Este es el tipo de influencia sobre su tiempo que han tenido algunos hombres. Ni se ve ni se nota: uno se encuentra sus frutos instalados en lo real, como si hubieran estado siempre. Algo parecido a lo que llaman una canción popular, que tiene autor aunque haya sido devorado por su texto.
Bien. El asunto fundamental que te mencionaba antes, quizá el más fundamental, alude a la unidad de la clase obrera catalana (o mejor de la fracción obrera de los pocos) en torno al nacionalismo. Él lo habría llamado catalanismo. Antoni Gutiérrez, hijo de inmigrantes, estuvo siempre empeñado en ella y en ella basó buena parte de su política.
Los comunistas catalanes podrían haber seguido otro camino. No les faltaba tradición (la obvia, internacionalista), ni tampoco la modernidad que aportaba un ensayo clave y polémico del que acabaría siendo uno de sus líderes, Jordi Solé Tura, luego redactor de la Constitución. El ensayo se titulaba Catalanismo y revolución burguesa. Su primera edición, en catalán, se había publicado en 1967, y había desencadenado una durísima respuesta por parte del clericato nacionalista, empezando por Josep Benet. Las acusaciones tienen un viejo, conocido olor: se trataba de un libro anticatalanista. Muchos años después, en sus memorias (Una historia optimista, Aguilar 1999), Solé Tura trataría en cierto modo de limitar el estropicio que causó en el antifranquismo, rebajando su ambición deslegitimadora de toda forma de nacionalismo. Pero el texto está ahí, a disposición del público: basta hojearlo para entender la reacción de los patriotas.
Como sabes, las ideas de Solé Tura jamás se impusieron en el PSUC. Entre otras razones por la autoridad de Antoni Gutiérrez. Durante muchos años sostuvo (¡y se hizo popular como una canción!) que la principal aportación de la izquierda catalana, es decir de los comunistas, había sido la de evitar una fracción en la clase obrera entre los trabajadores de origen y los de adopción. Y dicho en términos más globales: la izquierda había evitado que en Cataluña se llegaran a formar dos comunidades culturales y políticas.
Fue su orgullo hasta un momento determinado. Nunca escribiré que dejara de serlo (aunque acabo de hacerlo). Sin embargo, las dudas se le amontonaron en los últimos años. La evolución de la política (y de la izquierda) catalana le produjo un gran desaliento. El caso de Gutiérrez Díaz no tuvo nunca nada que ver con el de todos aquellos que confunden los apocalipsis de la edad privada con el Apocalipsis. Era frío y estaba desprovisto, en política, de cualquier sentimentalidad. Si criticaba a la izquierda y su sumisión nacionalista no era porque fuese un jubilado melancólico. Sino porque no lo era. Al final habrá sido esta obstinada actividad la que nos habrá impedido conocer el alcance completo de sus impugnaciones. Antoni Gutiérrez tenía gusto literario, una vida detrás, y algunas últimas correcciones de gran interés: podría haber escrito un gran libro de memorias. Pero ante cualquier sugerencia en este sentido se negaba siempre. Creo que con demasiado ímpetu. Murió en secretario general, es decir, en la reserva.
Sigue con salud.
A.
© Mundinteractivos, S.A.

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