EL APERITIVO

La cita era en el Rodri, en la calle Argenteria, a las dos de la tarde. El sitio y la hora eran de la elección del candidato, en este caso del señor Montilla, del PSC. Esa es la única condición que puse cuando La Vanguardia me invitó a tomar una copa con cada uno de los cinco aspirantes a la presidencia de la Generalitat de Catalunya. El sábado, 30 de septiembre, a la hora señalada, allí estaba yo como un clavo, en un local situado justo al lado de lo que fue el mítico Zeleste y hoy es una tienda de trapos. ¿Había escogido el señor Montilla el Rodri porque sabía que los progres iban allí, a la medianoche, a zamparse unos huevos con chorizo antes de entrar en el Zeleste? No. El señor Montilla se había pronunciado por el Mirablau, en el Tibidabo, pero a Toni Bolaño, su jefe de prensa, le pareció un local pijo y decidió cambiarlo por el Rodri, que le era más familiar y debió de parecerle más adecuado para que el candidato Montilla se entrevistase con un viejo progre enviado por este diario.

Pedí una mesa. "¿Para comer?", me dijo el camarero, un magrebí. "No, para tomar unas copas. Estoy esperando al señor Montilla". El local, chiquitín, estaba a tope de turistas que almorzaban. Sin comida no había mesa y el camarero no había oído hablar del señor Montilla. Al final, Pedro Madueño, el fotógrafo, se hizo con una con la excusa de que luego íbamos a comer. Y llegó el señor Montilla, con más de media hora de retraso. Venía del Palau de Congressos, donde Maragall le había agarrado por el cogote y le había besado la frente. El señor Montilla me saludó en catalán y yo le devolví el saludo en castellano. "Si me lo permite, vamos a hablar en castellano, sé que se encontrará más cómodo", le dije. Más cómodo y más suelto; tiene fama de poco hablador - le llaman el Mudito-y cuando habla en catalán parece que le estén dando cuerda. "¿Puedo tutearle? Por una simple cuestión de edad, usted es de 1955 y yo de 1938". El señor Montilla sonríe: "Claro que puedes tutearme, faltaría más".

Pide un quinto de Estrella y unas tapitas: boquerones, chocos y sepia a la plancha. Le digo que no nos conocemos, que sé muy poco de él, que no tiene libro - entrevista, biografía o hagiografía, como otros candidatos-, que sólo sé lo que me han contado algunos amigos comunes. "Yo sí te conozco", me dice. "Estuviste en el almuerzo que dimos a principios de marzo del 2004 para presentar nuestro programa de cultura en vistas a las elecciones generales de aquel año. Y escribiste unas cosas muy amables sobre aquel acto y sobre mi persona". "Toma, pues es verdad, ya no me acordaba", le digo. Es cierto lo que me dijo Josep Ramoneda de que está muy bien informado, que lo sabe todo, que lo retiene todo, que no olvida nada.

José Montilla nació en Iznájar, un pueblo de la provincia de Córdoba. Cuando tenía nueve años su familia se trasladó a Puente Genil y al cumplir los dieciséis se vinieron a Catalunya. "¿Qué recuerdas de aquel viaje?", le pregunto. "Recuerdo - me dice- que el viaje lo hicimos en autocar, mi padre y yo, solos. Era el mes de julio de 1971, yo había acabado los exámenes de lo que entonces se llamaba el bachillerato elemental. El viaje fue largo, más de doce horas. Llegamos a Barcelona cuando amanecía". En Barcelona, los Montilla tenían parentela. Tíos y hermanos, tanto por parte de padre como de madre, repartidos por Barcelona (Poblenou, Verdum...), Cornellà, La Llagosta... Su primera noche barcelonesa, Pepito Montilla la pasó en casa de un tío suyo, en la calle Llull. Luego se fue a casa de la tía Benita, en Cornellà, mientras su padre regresaba a Puente Genil a por el resto de la familia: la madre y los dos hermanos de Pepito, un chico y una chica. Se instalan en Sant Joan Despí, luego en Cornellà, en un piso que vendían unos vecinos de Iznájar.

Como el resto de la familia, Pepito Montilla se pone a trabajar. Y a estudiar. Trabaja de noche, porque le pagan más, y estudia de día. O viceversa, según la faena. Estudia el bachillerato de letras. Recuerda un trabajo que hizo sobre Los trabajos y los días,de Hesiodo. Le dieron nota. En 1973, se apunta al Partido Comunista Internacional (PCI), maoísta. Allí militará un par de años. Luego se pasa al PSUC, por poquito tiempo, y al regreso de la mili, en 1977, se apunta al PSC. Y allí sigue. Es un hombre de partido, lo conoce, lo controla, y lleva muchos años metido en política: teniente de alcalde, alcalde (Cornellà, un exitazo), presidente de la Diputación de Barcelona, ministro del Gobierno de Zapatero..., ahora va a por la presidencia de la Generalitat. "He empezado dos carreras, Económicas y Derecho, y no he terminado ninguna. Es algo que Jiménez Losantos me echa en cara. A mí no me produce ningún complejo. La facultad, el trabajo, la política, el partido..., demasiadas cosas. No, no tengo ningún título, salvo el de bachiller. Gané una oposición para funcionario municipal en Sant Andreu de la Barca. Eso es lo que soy: un funcionario municipal en excedencia", dice Montilla.

Con semejante historial, ese hombre de corazón y cabeza bien amueblada, como dice Zapatero, parece la persona indicada para llevar a todo el Baix Llobregat a las urnas por primera vez en unas autonómicas. Si le escuchan, en castellano.

Pero están los otros, empecinados en hacerle la puñeta. Hablamos del artículo de Félix de Azúa (El Periódico,28 de septiembre) en que éste habla de los piropos que Maragall le suelta a Montilla. "Pepe, ets més català que molts que creuen ser catalans de soca-rel". Azúa se indigna. Es como si a Montilla le dijesen: "Tú no eres judío, Pepe, sino alemán, a pesar de lo que digan los alemanes que dicen ser alemanes de pura sangre", escribe el amigo Félix, buen lector de Hannah Arendt. Cuando pronuncio el nombre de la filósofa alemana a Montilla se le iluminan los ojitos. "¿Te gusta Azúa?", le pregunto. "Me gusta mucho Félix de Azúa", responde. "¿Estás de acuerdo con él?". Montilla sonríe, sonríe y asiente.

Montilla está ahí para llevar a la práctica el famoso Estatut, de conformidad con Zapatero. Si se tercia, con tripartito, "pero no con las mismas bases que las del pacto del Tinell". "¿La sociovergencia?". "Yo no seré conseller en cap con Mas de president. El presidente seré yo", dice. El también partidario de la Catalunya trilingüe - catalán, castellano e inglés- lleva a dos de sus trillizos, dos niños de seis años, a la escuela Alemana. "Cuantas más lenguas mejor", dice. "Yo aprendí el catalán con mi primera mujer, que era licenciada en Filología Catalana. A mis hijos les hablo en catalán y con su madre hablamos en castellano. Aprendí algo de inglés, pero a falta de practicarlo siento que lo voy perdiendo", dice. "Ignasi Riera, el Nani Riera, que estuvo contigo en Cornellà, me dijo el otro día que no te perdona el que no hayas abierto un libro en tu vida". "Eso no es cierto", dice Montilla. "En mi vida he abierto y leído muchos libros, para estudiar, para aprender. Pero si se refiere a la literatura, tampoco es cierto. Cuando era un chaval, en vez de dormir la siesta, aprovechaba para leer un libro". Y yo aprovecho para entregarle otro que mi amigo Juan Marsé me ha dado para él. Es un ejemplar de su novela Últimas tardes con Teresa - que Montilla ya ha leído- con esta dedicatoria: "A José Montilla, de un catalán con alma charnega, con admiración, con esperanza y con fraternal abrazo bilingüe. Juan Marsé". "Me gusta mucho Marsé", dice Montilla. "Y también Millás, Mendoza, Javier Marías, Félix de Azúa...". Ahora está leyendo Hombre sin nombre,de Suso de Toro. Probablemente, se lo ha recomendado el presidente Zapatero, que últimamente se ha destapado como un fan del polémico escritor gallego. Pero, por lo que me dice, me da la impresión de que no le convence. Antes de despedirnos, echa una ojeada a la prensa extranjera que llevo bajo el brazo. "¿Cuántos diarios lees al día?", me pregunta. "Una media docena". "¿Y cuántas horas duermes?". "Entre cinco y seis". "Como yo", dice. Su película favorita es El tercer hombre,como la mía. Nos damos la mano y el hombre vacuna, la vacuna contra el pospujolismo rampante, como dice Zapatero, desaparece por la calle Argenteria. Como Harry Lime.