José Luis Rodríguez Zapatero pisó hace años una serpiente de cascabel en la Castellana. No se levantó al paso de la bandera que bordó la costurera Betsy Ross, pisó la serpiente que simboliza la independencia y la revolución americana; ha estado a punto de que le proclamaran presidente gamberro. Este año cumplió las normas de la liturgia institucional y no se sentó cuando pasó la bandera americana; ahora sólo falta que se arrodille cuando bese el anillo del Papa, dé un cabezazo a la tripita de Doña Letizia antes de que la rana diga si lo que trae es príncipe o princesa, e impida un nuevo conflicto sálico, una guerra lucense o leonorcista.

Vamos limando su radicalismo de izquierdoso, antisotanas y antiyankee.

En el desfile, que tan bien escenificó el gran Félix Sanz -si él hubiera mandado el Tercio de Rocroi no hubiéramos perdido la batalla-, no se notó que los tanques eran de leasing y los aviones hipotecados. Resultó una kermés brillante. El carnero de la legión parecía un dragón, y las tropas, de la Europa avanzada. Y al finalizar el acto, el embajador norteamericano regaló a Sanz la bandera de las estrellas. Pero rugió, por segunda vez, la ciudadela. A la almendra, Zapatero le parece abominable; si los sorchis hubieran desfilado por Vallecas, otro hubiera sido el recibimiento y despedida para el jefe de Gobierno.

Mucho Madrid piensa que a José Luis Rodríguez Zapatero lo llevaron en volandas hasta La Moncloa el motín contra la Guerra de Irak, el atentado del 11 de marzo y la desobediencia civil urdida por los medios anti Aznar en plena sociedad de la comunicación. El caso es que los votos se contaron uno a uno y salió Zapatero. Los gatos siguen moscas y por eso al candidato a alcalde del PSOE lo va a tener que conducir la Guardia Civil.

Suenan muchos pitos en el ruedo ibérico y no sólo cuando aparece Zapatero. Luis María Anson percibe el agotamiento del sistema. La vaguedad esterilizadora del bipartidismo da algunos síntomas de desintegración. Los partidos subsisten, la intención de voto está calcificada, pero se detecta cierto descontento popular, piqueteros a la catalana, pateos a la madrileña.

Aquí abuchean a todo cristo, a los políticos en las calles, a los árbitros en los estadios, a los periodistas en los blogs. A Rajoy le montan el pollo en Barcelona y a Zapatero le silban en Madrid o cuando va a visitar al Papa en Valencia. Todo esto no es sino un síntoma de salud democrática, aunque no hay que fiarse del español cuando patea. Karl Marx recoge en sus crónicas el momento en el que el pueblo se enganchó a la carroza de Fernando VII, dio testimonio de palabra y obra de que deseaba verse de nuevo sometido al yugo y a la Inquisición. Ese mismo pueblo abucheó a Riego cuando lo ahorcaron en la Plaza de la Cebada.

No quiero comparar a Zapatero con Riego, sino recordar que no hay que contar los silbidos, sino los votos.

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