CATALUNYA 2006

No es la primera vez, ni, seguro, la última que un partido recurre a las imágenes para asestar un hachazo al adversario. Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras. Pero también resulta evidente que la simplificación que exige la utilización de la imagen - un mensaje necesariamente breve y sin muchos matices- ha generado no pocos monstruos sobre todo en el contexto de la política española, donde todo resulta bastante menos edulcorado que en la política catalana, aun en tiempo electoral.

¿Quién no recuerda el famoso vídeo del doberman editado por el PSOE para contener la ola popular que, sin embargo, les acabaría llevando a la oposición por dos legislaturas? O el descarnado vídeo de la Fundación FAES titulado Tras la masacre, donde se intuyen ya los argumentos del embrollo madrileño del 11-M todavía en curso.

¿Efectivos? La experiencia demuestra que no. En realidad, es posible que estos productos políticos estén pensados más para animar a la propia tropa que para convencer a la ajena. El doberman del PSOE de 1996 no doblegó la voluntad de cambio que respiraba la sociedad española. El doberman: el presidente Aznar y el ministro Álvarez-Cascos, en unas imágenes distorsionadas en blanco y negro, fundidas con las imágenes de un can furioso dispuesto a pegarle una dentellada en la yugular incluso al espectador más amante de los animales. Estética de videoclip de terror.

El doberman constituye un hito en el lenguaje político español. Entroncado con la guerra sucia y la estrategia del garrotazo ahora tan en uso en la Corte española. Desde entonces la sucesión de imágenes duras - alternativas a la suavidad casi melancólica con que arrancó la transición: "Habla pueblo habla", "Sin ira libertad"...- se han ido sucediendo, multiplicando y amplificando. Si aquellos jingles eran el primer ejemplo de la banalización del discurso político: simple, llano y comprensible, el doberman del PSOE y todas sus secuelas, constituyen un nuevo salto: la banalización del enemigo. Puro marketing directo, en crudo. La literatura gris que ha analizado aquel vídeo histórico sostiene que la agresividad del documento perjudicó al PSOE porque describió una situación "apocalíptica" que polarizó el debate electoral con el argumento del miedo.

La imagen del doberman todavía volvería al vídeo de la campaña del PSOE en el 2000 cuando los socialistas hicieron aguas de nuevo con Joaquín Almunia en la cabeza de cartel. En el 2004, el talante de José Luis Rodríguez Zapatero concurrió con un vídeo sin perros y en su lugar unos jóvenes y amables electores, ciudadanos responsables, que depositaban en una urna blanca sendas papeletas donde se podía leer "no a la guerra" o "no a la precarización laboral", Por muchos motivos que no hace falta recordar, aquellas elecciones, las últimas, las ganó el PSOE.

El contraataque del PP, en los parámetros caninos del PSOE, todavía puede encontrarse en la red (el doberman, por cierto, ha desaparecido). Se trata del vídeo titulado Tras la masacre editado por la fundación FAES vinculada la Partido Popular. Una película de 14 minutos de la que se tiene noticia hace casi un año y medio, en marzo del 2005 en la que concluye que la izquierda española encabezada por el Partido Socialista y los movimientos antisistema (por ahí debía andar el binomio ETA-Batasuna que luego saldría a relucir) se organizaron para "aprovechar" la masacre del 11-M y pegar el sorpasso a la mayoría absoluta del Partido Popular por la vía de la "coacción democrática". La autoría del vídeo se atribuyó a la factoría de Miguel Ángel Rodríguez, a la sazón secretario de Estado de Comunicación del gobierno Aznar y bestia corrupia de los socialistas. A él se debe este top ten de la iconografía política que en un día logró 42.000 descargas en internet.

El lenguaje infamante sigue campando en la videoteca de la familia política española. Hace unos meses, un vídeo de homenaje al militante de este partido asesinado por ETA, Miguel Ángel Blanco, proporcionó buenas horas de inquietante frivolidad mediática. El documento en cuestión, fácilmente localizable todavía en internet, termina con una imagen en la que se funden en un solo logotipo, la rosa socialista y la serpiente que identifica a ETA. El asunto llegó a los juzgados.

Al margen de la metralla partidaria, el vídeo político (heredero artesanal del cine político) tiene también sus grandes hitos populares, desgajados de la maquinaria de marketing de los partidos. Un caso palmario es el de los vídeos vinculados al desastre del Prestige del 2002, que todavía llenan páginas y páginas de la web Youtube. Algunos de estos vídeos ligeros, transmitidos por internet, fueron realmente letales para los gobiernos de Fraga y de Aznar. La popularización del descrédito. Una cultura a la que los medios han buscado una adaptación muy rentable en los programas de humor político. Pero eso ya es harina de otro costal.