La confirmación del avance de las organizaciones de extrema derecha en Flandes en las elecciones municipales celebradas el domingo último viene a confirmar un fenómeno que ya se había producido en Francia, de la mano de Jean Marie Le Pen, y en otros países de Europa en los últimos años, incluida Holanda, cuya proximidad con geográfica con los flamencos es evidente. Un fenómeno que se apoya casi en exclusiva en un discurso racista y xenófobo con el ingrediente de despreciar el sistema democrático por una supuesta incompetencia de éste para defender los valores tradicionales. Y también por sus debilidades intrínsecas.
Las organizaciones extremistas, sean del signo que sean, suelen plantear las soluciones como si fueran las salvadoras de la humanidad. Sin embargo no han traído más que desgracias. Tanto las de derechas como las de izquierdas. Cada vez que un radical ha alcanzado el poder sea por un golpe o por procedimientos democráticos se ha disparado el sufrimiento humano, ya se llamase Adolfo Hitler o José Stalin. Las imposiciones por la fuerza y el poder único sin contrapesos están en el origen de las mayores barbaridades de nuestra era. La democracia puede parecer lenta, insegura, ineficaz y llegar a irritar por las exageraciones y los excesos verbales de los partidos políticos (vease el último esperpento vivido en España con la propuesta del presidente Rodríguez Zapatero al exministro José Bono para ser candidato a la alcaldía de Madrid), pero está muy lejos de aceptar las atrocidades que practican los extremistas. Y hasta ahora ha logrado implantarse allí donde los factores económicos han favorecido un desarrollo aceptable de la ciudadanía.
PERO TAL COMO ha dicho recientemente Joseph Stiglitz, uno de los grandes economistas norteamericanos, la llamada globalización lejos de mejorar y facilitar la transición hacia la riqueza a los países en vías de desarrollo ha condenado a la pobreza a muchos ciudadanos de las naciones más ricas. Algo de eso hay. Tanta productividad, tanta mejora permanente, tanta presión ha descolgado a mucha gente que, con conocimientos o sin ellos, ha sido barrida del mapa laboral. Y sin recursos económicos mínimos uno no es nadie en las sociedades de consumo capitalistas.
En la Europa rica aun se mantienen las ayudas del llamado estado del bienestar que mitiga al menos durante un tiempo las consecuencias de ese descalabro, pero en Estados Unidos ya no. Sin embargo es en la vieja Europa, probablemente más politizada, donde se han producido los primeros rebrotes de la extrema derecha, acostumbrada a pescar en las agua revueltas de la democracia. Y ha ido a buscar el voto del desencanto de quienes están fuera del circuito y ven como sus puestos los ocupan inmigrantes generalmente ilegales con salarios probablemente irrisorios y en unas condiciones leoninas. Por eso los estados limítrofes como España sufren una presión tan fuerte de quienes quieren entrar, como sea, en el prometedor mundo occidental.
A Le Pen lo votaban, entre otros, antiguos comunistas. Gente insatisfecha y molesta con la presencia masiva de extranjeros. Gente a la que la palabra democracia les dice poco o nada. Gente que quiere soluciones drásticas porque carece de perspectiva y que cree que quienes hacen promesas de dureza y fortaleza van a acabar con la corrupción y los apaños del sistema actual. No saben bien donde se meten. No tienen referencias de cómo se devoran internamente esos regímenes. No se imaginan las consecuencias tan desoladoras que tiene cualquier iniciativa para diferenciar más a las razas de lo que ya lo hacemos a diario. Y eso sin entrar en políticas de exterminio aplicadas en tantos países durante el siglo XX y que hoy todavía son frecuentes en las zonas menos desarrolladas.
EN ESPAÑA, por fortuna, no hay grupos muy activos. Quedan algunas bandas violentas y residuales que se ceban en los emigrantes pero todavía no son significativas en materia política. Ese ha sido uno de los grandes aciertos de la derecha española que ha limitado la expansión de los más radicales. Por ahora no tienen ninguna opción electoral. Pero parece que esas ideas, sobre todo las más retrógradas, han acampado en determinados medios de comunicación y en unos pocos dirigentes políticos que trabajan en connivencia con aquellos, bajo la apariencia de la más repulida democracia. Son aquellos que excluyen y acusan a los demás amparándose en mentiras de grueso calado. Gente que da miedo cuando no tiene el poder.
El otro día en un debate de Ernesto Sáenz de Buruaga en Telemadrid era sorprendente la fiereza de quienes sostienen la teoría de la conspiración del 11-M contra quienes, cabalmente, intentaban demostrar tan disparatada tesis. Pues bien aquellos que no están con ellos están contra ellos. Si el que miente con un cinismo exacerbado expulsa de la realidad a quien con moderación y prudencia trata de hacerle ver sus desatinos, es que está en posturas claramente extremistas. Y eso es peligroso, sobre todo para quienes disienten. En España hemos padecido ya demasiadas veces la violencia y el desprecio de quienes creen que la patria, las ideas y el dinero son solo suyos.
Mario Bango. Periodista.

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