Lo que Europa se juega en el 'caso Pamuk', de Salman Rushdie en El Mundo
PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2006
Desde el estudio del escritor Orhan Pamuk se puede ver el Bósforo, esa legendaria cinta de agua que, según el punto de vista, separa o une -o tal vez separa y une- los mundos de Europa y Asia. No puede haber un escenario más apropiado para un novelista cuya obra hace algo muy similar. En muchos libros, y en fecha más reciente en su aclamada novela Nieve (Alfaguara, 2004), Pamuk ha logrado que la crítica le aclame con el título, hasta ahora perteneciente a Yashar Kemal, de «el más grande de los escritores turcos».
También es un hombre que no tiene pelos en la lengua. Por ejemplo, en 1999 se negó a aceptar el título de artista del Estado. «Durante años he estado criticando al Estado por llevar a los autores a la cárcel, por intentar solucionar el problema kurdo mediante la fuerza y por su estrecho nacionalismo», dijo. «Ignoro por qué intentaron darme el premio».
Él ha dicho que Turquía tiene «dos almas» y ha criticado las violaciones de los derechos humanos. «A nivel geográfico somos parte de Europa», dice, «pero ¿a nivel político?». Pasé algunos días con Pamuk en julio, en un festival literario que se llevó a cabo en la bella población costera de Parati, en Brasil. Durante aquellos escasos días, parecía libre de preocupaciones, aun cuando, a comienzos de año, fue amenazado de muerte por ultranacionalistas turcos. Uno de ellos dijo: «No hay que permitirle que respire».Y eso le obligó a pasar dos meses fuera de su país.
Pero las nubes se estaban avecinando. La declaración que formuló al periódico suizo Tages Anzeiger el 6 de febrero de 2005, que fue la causa de la furia demostrada por los ultranacionalistas, iba a convertirse nuevamente en un grave problema. «Alrededor de 30.000 kurdos y un millón de armenios murieron en Turquía», dijo al periódico suizo. «Casi nadie se atreve a hablar de ese asunto, excepto yo».
Él estaba aludiendo a la muerte de millares de armenios entre 1915 y 1917 a manos de soldados del Imperio Otomano. Turquía no disputa que esas muertes ocurrieran, pero niega que se tratara de un genocidio. En cuanto a la referencia de Pamuk a los «30.000 kurdos muertos», alude a aquéllos que fallecieron desde 1984 en el conflicto entre las fuerzas turcas y separatistas kurdos.
El debate sobre esos asuntos ha sido ahogado por leyes rigurosas, algunas de las cuales condujeron a prolongadas demandas, multas y, en ciertos casos, a penas de cárcel. El primero de septiembre, Pamuk fue acusado por un fiscal de distrito por el crimen de haber «menospreciado de forma descarada la idea de la patria turca» con sus palabras. Si es condenado, podría enfrentarse a una pena de hasta tres años de cárcel.
El artículo 301/1 del Código Penal de Turquía, bajo el cual Pamuk es procesado, señala que «toda persona que explícitamente insulte el ser turco, a la república o a la Gran Asamblea de Turquía debe ser condenada a una pena de cárcel de entre seis meses y tres años». Cuando ese insulto es cometido «por un ciudadano turco en otro país, la condena debe ser acrecentada en una tercera parte». Por lo tanto, si Pamuk es encontrado culpable, se enfrenta a una sanción adicional por haber formulado sus declaraciones en el extranjero.
Uno tendería a pensar que las autoridades turcas podrían haber evitado un ataque tan descarado contra las libertades fundamentales de su escritor más conocido internacionalmente en el momento en que se estudia el ingreso de Turquía en la Unión Europea, algo muy impopular en varios países de la UE.
Sin embargo, pese a ser un Estado que ha ratificado tanto la Convención Internacional de las Naciones Unidas sobre Derechos Civiles y Políticos como la Convención Europea de Derechos Humanos, y a que ambos tratados consideran primordial la libertad de expresión, Turquía continúa haciendo cumplir un Código Penal que es claramente contrario a esos mismos principios. Y, a pesar de protestas a nivel internacional, se ha fijado fecha para el proceso a Pamuk. Comenzará, a menos que haya un cambio de opinión, el próximo 16 de diciembre.
Que Pamuk sea criticado por turcos islamistas y por nacionalistas extremistas no es sorprendente. Que los atacantes con frecuencia critiquen sus obras considerándolas oscuras o que lo acusen de haberse vendido a Occidente, tampoco resulta una sorpresa. Sin embargo, es desalentador que un intelectual reconocido como Soli Ozel, columnista de un periódico y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Bilgi de Estambul, critique «a aquéllos, especialmente en Occidente, que usan la acusación contra Pamuk para denigrar el progreso de Turquía hacia una mejora de sus derechos humanos y hacia su ingreso en la Unión Europea».
Ozel quiere que sean desechados los cargos contra Pamuk en el curso del proceso. También acepta que el proceso es «una afrenta» contra la libertad de palabra, pero prefiere subrayar «la distancia que el país ha recorrido en la pasada década».
Eso parece demasiado débil. En realidad, la cantidad de condenas y sentencias de cárcel bajo leyes que castigan la libertad de expresión en Turquía ha disminuido en la última década, pero los registros de PEN Internacional muestran que más de 50 escritores, periodistas y editores se enfrentan a juicios en la actualidad. Periodistas turcos continúan protestando contra la revisión del Código Penal, y la Asociación Internacional de Editores, en una declaración ante la ONU, ha dicho que el código revisado «tiene profundos fallos».
El presidente de la Comisión Europea, el portugués José Manuel Durao Barroso, dice que el ingreso de Turquía en la Unión no está asegurado de manera alguna y que deberá conquistar los corazones y las mentes de una ciudadanía europea profundamente escéptica.
La propuesta de ingreso de Turquía es defendida, de manera vociferante, por el primer ministro británico, Tony Blair, y por su ministro de Asuntos Exteriores, Jack Straw. Según se nos ha dicho, rechazar el ingreso sería una catástrofe, al ampliar la brecha entre el islam y Occidente. Existe un elemento de gran tontería en todo esto, una perturbadora disposición a sacrificar el secularismo turco en el altar de la política religiosa.
Pero la postulación de Turquía para ingresar en la UE es una auténtica prueba de fuego y será la prueba del nueve para saber si a esta Europa le queda algún principio que defender. Si lo tiene, entonces sus líderes deben insistir en que sean desestimados los cargos contra Orhan Pamuk. No hay necesidad de que le hagan esperar hasta diciembre. Y que insistan además en una revisión inmediata del represivo Código Penal de Turquía.
Una Europa carente de principios, que le da la espalda a sus grandes artistas y a los luchadores por la libertad, continuará defraudando a sus ciudadanos, cuyo desencanto se ha demostrado ampliamente por los votos contra la propuesta de nueva Constitución, rechazada en referéndum en Francia y en Holanda.
Por tanto, no sólo Oriente, también Occidente está siendo puesto a prueba en este asunto. En ambas orillas del Bósforo, el caso de Pamuk es muy importante.
Salman Rushdie, autor de la controvertida obra Versos satánicos y de El cielo bajo sus pies , entre otros títulos, publicó este artículo en EL MUNDO el 25 de octubre de 2005.
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