Un novelista drogadicto, y parece que psicótico, escribió en 1968 el relato que inspiraría Blade Runner, la película realizada en 1982 por el Ridley Scott que había sido oscarizado tres años atrás gracias al octavo pasajero más famoso del cine. La pregunta con la que Dick titula su libro, si sueñan los androides con ovejas eléctricas, ejemplifica la duda existencial que aqueja desde el principio al protagonista del film, el policía Deckard, interpretado por un Harrison Ford tan limitado como siempre, pero efectivo en su recreación de la angustia.

Androides más fuertes e inteligentes que nosotros, ése es el supuesto. ¿Cuál sería la diferencia que nos legitimaría, como seres superiores, para acabar con ellos por el hecho de que se hubieran tornado peligrosos para nuestra supervivencia? La ingeniería genética evoluciona de forma tan portentosa que no sólo es capaz de recrear en un robot la piel y la sangre humanas, sino también las capacidades lingüísticas o las emotivas. Para colmo, el protagonista se enamora de uno de estos seres, aunque sea ejemplar de una generación más avanzada a la de los perseguidos.

Y en ese momento es cuando la duda que ha estado siempre latente en el policía que fue, aflora en Deckard con virulencia: ¿quién le dice que no es él mismo el mejor producto de la Tyrell Corporation, la fábrica de pesudohumanos? Una duda que de tanto en tanto formula en voz alta, como reparo ético a la persecución de objetos que no sabe distinguir de sí mismo más que a través de un complejo test. Entre un androide rebelde y un loco peligroso, o un santo visionario con facultades paranormales no existirían grandes diferencias, e incluso ganaría el androide en humanidad en casos como el que pone punto final a la película, cuando el interpretado por Rutger Huer demuestra su verdadero poder salvando la vida a su enemigo. De ahí la simbólica paloma blanca que, al apagarse la máquina, escapa de sus manos y sube al cielo.

El androide sabe que es androide y el conocimiento del momento en que acabará su vida le hace vulnerable y, por tanto, peligroso para la convivencia. Por eso el ingeniero creador pretende dar la última vuelta de tuerca creando a Rachel, el androide que ni siquiera sabe que lo es. Pero al hacerlo priva al ser humano de la exclusividad: ya no será el único ser inteligente que desconoce su verdadera naturaleza. Y entonces la frontera entre el hombre y la máquina se diluye definitivamente, y pierde el hombre la ventaja que, pese a toda su física vulnerabilidad, le hace más grande que cualquier otro ser vivo, la soberbia de creerse la imagen y semejanza de Dios.

Tal vez el policía dubitativo protagonizado por Ford es un androide más, como han apuntado algunos por la contradicción entre los nexus-6 que en principio se han de perseguir y el número final identificado: ¿eran 6 o 5? En el montaje originario de la película se comprueba que esa duda es el tema central: cuando Deckard y Rachel huyen para intentar construir una vida al margen de la discriminación entre hombres y máquinas, Deckard va pensando en que, tal vez también él sea un proyecto terreno, no divino.Lo único que le diferencia de su amada es que él sabe el tiempo de vida que a ella le queda. Como en algunos de los mejores relatos románticos.

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