Cuando yo era joven (y editor), en la Feria de Frankfurt se vendían y compraban (casi) todos los derechos de las novedades editoriales del año en el mundo. Era un lugar mítico, con mártir incluido (Víctor Seix atropellado por un tranvía), y el editor que no salía en la foto de Frankfurt no era nadie. Hoy, pese a la eclosión de los agentes literarios, del transporte aéreo y de los medios de comunicación telemáticos, allí se siguen vendiendo y comprando los más prometedores títulos del año, y el editor que no se deja ver en Frankfurt sigue sin existir.

Más imágenes de mi cámara viajera: en Frank-furt los extranjeros cruzan la ciudad a toda prisa para una cita de trabajo y no se ven demasiadas manadas de turistas; en los nuevos distritos empresariales de Frankfurt los jóvenes, como en Manhattan, son aplastante mayoría; la concentración de megaedificios de entre 100 y 300 metros de altura es inesperada y a todas horas bellísima; en los restaurantes caros y en los baratos se come bien y muy abundante, sin miniaturas, colorainas ni bobadas gastronómicas y sin tener que felicitar al cocinero; la prostitución es menos evidente que en Barcelona; haberlos, debe haberlos, pero tampoco se ven mendigos, ni encapuchados ni okupas; Frankfurt también encierra gratísimas sorpresas poco visitadas: la restauración con la coloración del XIII de la catedral bombardeada, el pequeño y modélico Museo de Arte Contemporáneo, la sala Füssli en el Museo Goethe y todo el museo y su casa natal; la inesperada colección de iconos bizantinos...

Y algunas imágenes y reflexiones finales a partir de la avalancha de crónicas, declaraciones y viñetas de los humoristas gráficos que está originando la nominación de Cataluña como país invitado en 2007 y cierto desconocimiento de lo que es una feria profesional de editores: en una semana de ocho horas diarias no se agotaría una visita rápida a sus stands; la sala oficial del invitado de 2006, la India, era un espacio desangelado y visitado por escasísimos feriantes; la promoción de la imagen de Cataluña como nación culturalmente diferenciada o de facto independiente será, a lo largo de 2007, como un valioso regalo llovido del mismísimo cielo, pero los autores (en lengua catalana) no debieran olvidar que Frankfurt, con sus decenas de decenas de miles de agentes, de editores y de títulos, es Frankfurt, y que las delegaciones oficiales difícilmente alteran las implacables reglas y los intereses del mercado editorial.

Esta llamada a la realidad es por mi parte interesada, pues nada sería más injusto que, sin que ni un solo escritor catalán en lengua castellana haya reclamado -que yo sepa- el formar parte del apartado de autores (en lengua catalana) a ser oficialmente promocionados en Frankfurt 2007 (pues ya están o debieran estar de sobras representados por sus editores), luego tuvieran ellos que hacerse responsables, por su mera existencia, de las posibles frustraciones de terceros a la hora de la realidad contractual.

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