El nombre de Orhan despierta resonancias muy antiguas, y quizá recuerda a quien lo oye que la lengua turca tiene extensa presencia e historia vivas, además de en la vecina zona mediterránea, en el corazón de Asia Central. En esta lengua se expresa una larga y sorprendente experiencia de encuentros entre sociedades y sistemas. Incluidos sistemas estéticos. El premio a Orhan, por eso, tiene su eco y constituye un acicate no sólo en Turquía sino también en lugares situados más al oriente, así como en la propia Unión Europea, con sus varios millones de habitantes bilingües con este idioma.
Para los españoles constituye este premio un desafío cultural a la memoria y al proyecto, pues aunque tenemos también en turco escrita parte de nuestra historia mediterránea, no tratamos apenas con esta lengua. Pero hay que celebrar que para los lectores en español la producción de Pamuk es conocida gracias a Rafael Carpintero, excelente traductor y estudioso de su obra, y de la de otras figuras de la narrativa turca contemporánea, incluyendo a Yashar Kemal. Valiente y con gran sentido del humor, de pasión, es capaz de entender y transmitir a los autores hasta en sus alusiones. Gracias a él leemos con toda naturalidad páginas que se sitúan en tiempos pasados o que se trasladan a una ciudad campesina actual.
Entre los grandes aciertos de Pamuk está el desvelar verdades y reflexionar sobre realidades que están ahí, pero que sólo se suelen comentar en voz baja o discutir a gritos. Él se toma su tiempo, da vueltas, recorre los lugares, rebobina lo sucedido. Eso es un gran paso, algo que está relacionado con la tradición narrativa y la miniatura, tan vibrante y directa en la tradición turca. Hay que observar bien, fijarse en los detalles, no consumir los hechos y las cuestiones. Y eso se descubre en Lo llamaban Rojo: que marca un nuevo ritmo de lectura, ¿similar al que debió ser el del Quijote? La intensidad de las páginas es tal que la subdivisión en capítulos-jornadas se va imponiendo como un ritmo de asimilación, como un rito de entrada en un escenario que adquiere carácter de realidad. Ahí estaba el dominio del maestro.
Pamuk parece dar vueltas, de muy diferentes maneras, a una cuestión central y obsesionante de la cultura y la historia turco-otomana y turco-moderna: afrontar el cambio y decadencia en los nuevos tiempos, la necesidad de reaccionar adecuadamente internándose por nuevos caminos, reconocer realidades de lastre histórico, liberarse de él. El mundo del arte le sirve de apoyo y de dudas. Es como si se preguntase y nos preguntara: ¿pueden subsistir el arte y la cultura cuando se matan entre sí los hombres?
Carmen Ruiz Bravo es arabista y catedrática de la Universidad Autónoma de Madrid
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