Estábamos convencidos de que el dulce que no amargaba el paladar político de Bono, la candidatura a la alcaldía de Madrid, era la tarta nupcial del reencuentro y el armisticio entre el ex ministro y el presidente Zapatero, después de aquella ruptura que provocó su salida del Gobierno por causa —según dice Bono en privado— del estatuto catalán, o por el hartazgo que Zapatero tenía de su protagonismo y locuacidad anti nacionalista. Pero he aquí que, cuando todos en el PSOE estaban festejando la candidatura del manchego para medir sus armas contra el alcalde Gallardón, Bono, aclamado, requerido, puesto de nuevo en los altares, empieza a decir que no y deja a Zapatero compuesto y sin novio y al PSOE en un espantoso ridículo madrileño y nacional.
Y aunque todavía este culebrón no ha llegado a su último capítulo y no sabemos si al final Bono dirá que sí aunque sea a punta de pistola simbólica —cuidado con Seseña— ahora estamos en el momento mas sabroso de la trama: la venganza. En efecto, Bono sabe que su salida del Gobierno no fue explicada ni por él ni por Zapatero, pero que en el PSOE (Pepino Blanco entre otros) se encargaron de embarrarlas con muy malvadas alusiones a sus presuntos negocios o problemas familiares, con el objetivo de quitar hierro a su clara disidencia sobre el estatuto catalán , y también sobre como se estaba planteando la negociación con ETA. “Lo que se de esa negociación no me gusta nada”, dijo, de la misma manera que semanas antes declaraba en privado que hacía falta en el PSOE “un capitán que se inmolara en contra del estatuto catalán”, cosa que no se atrevió a hacer, sobre todo una vez que se le inmoló un teniente general.
Pero ahora Bono, astutamente, se ha dejado querer, aclamar por las bases, cortejar por el presidente Zapatero y por todo su partido y una vez que lo han subido a los altares y que su salida del primer plano de la política se ha hecho bajo la aclamación de los suyos, en este preciso momento va y les dice que no, que no lo ve o que ve demasiados riesgos una vez que sus amigos le señalan que Zapatero quiere estrellarlo por segunda vez una vez que sabe que la única alternativa españolista que queda en el PSOE es él. Es decir la reserva española del Partido Socialista. Pero si sale mal del gobierno y se queda luego de concejal en Madrid, después de someterlo a un duelo fratricida con Gallardón, en ese caso Bono habría cavado su tumba hasta lo más profundo del cementerio de la política. Y esta es otra importante cuestión.
Por todo ello la astucia de Bono de dejarse querer para que reivindiquen su nombre y la maldad de decirles ahora que no, cuando todos tenían pegadas las narices ante el escaparate de la pastelería de Madrid a cuyas puertas dijo aquello de que a nadie le amarga un dulce. Un dulce envenenado que le servían envuelto en papel dorado y al que de momento el manchego ha dicho que no. Aunque conociéndole tenemos que decir que esta a lo mejor no es su última palabra. Porque lo normal sería que Bono se presentara a la Comunidad de Madrid frente a Aguirre, porque allí lo tiene mas fácil y hay más poder. Y si tanto lo quiere Simancas que le deje el sitio y que se vaya él a competir con Gallardón, o que se ponga de número dos de Madrid, tomando Bono la cabeza de cartel y la jefatura de este partido en la capital. Pero eso Zapatero y Blanco no quieren porque ese si que sería un riesgo para el propio Zapatero, porque Bono como presidente de Madrid, con Televisión, Caja de Ahorros y presupuesto de tres billones sería un cañón.
De manera que atentos, estamos a la mitad del culebrón, primero si, luego no, y al final ya veremos. Hay mucho en juego en esta partida que Bono va ganando a Zapatero.

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