Estos días han recorrido Barcelona unos conductores con coches poderosísimos, con el exclusivo objetivo de hacer carreras en el ámbito urbano. Vienen de diversos países y su paso por la ciudad es una etapa dentro de un largo recorrido, -Paris-Dakar en medio del tráfico-. Los Mossos d'Esquadra les detenían y les ponían fuertes multas, que ellos pagaban de inmediato, enseñando los abundantes euros que llevan en sus bolsillos. No bien los mossos desaparecían, volvían a sus carreras en pleno casco urbano.
Dan bochorno las imágenes que de ellos da la TV: una chulería internacional haciendo exhibición de su riqueza, convencidos de que si tienes dinero puedes permitirte hacer absolutamente cualquier cosa sin que nadie se interponga en tu camino. ¿Hacia qué sociedad caminamos?
Una no puede menos de preguntarse a qué nivel de embrutecimiento estamos descendiendo cuando unos millonarios encuentran un gran placer recorriendo miles de kilómetros sin más objetivo que incurrir en un grave riesgo de sufrir un accidente. Y, lo que es mucho más grave, de hacérselo sufrir a los peatones y conductores que transitan por la ciudad y que pueden experimentar graves accidentes, morir incluso, atropellados por uno de estos potentes automóviles.
Lo más absurdo es que lo hacen absolutamente por nada: ni deporte ni espectáculo. Quizá un loco desafío entre ellos. Sin ninguna razón, más que el placer de unos señoritos globales a los que les excita y disfrutan con el riesgo y, sobre todo, con hacérselo sufrir a otros. Es la personificación de la barbarie y la irresponsabilidad.
Se justifican de dos formas: una, dicen que ya saben que son un riesgo, pero que también ponen sus vidas en juego. Pero si uno desea suicidarse ¿tiene derecho a poner en peligro la vida de los demás? ¿Quién creen que son para jugar, realmente jugar, con la vida de otros seres humanos?
Segunda, dicen que al inicio de su loca carrera han puesto una fuerte cantidad de dinero para sufragar las multas del viaje, y que lo que sobre al final se donará a algún país pobre. Por ello, dicen, ponerles multas es «perjudicar a los pobres». ¿Es posible mostrar de forma más clara el desprecio y la ausencia total de sensibilidad por la pobreza de los demás? Con dinero no sólo pueden hacer lo que quieren, sino además, pretender que benefician a los más pobres e intentar ganarse la simpatía de quienes les contemplan. ¡Es difícil ser más cínicos!
Actúan así porque tienen mucho dinero. Saben que pueden adoptar estas actitudes con total impunidad porque pagan por ellas. El mal que causan haciendo ver cómo el dinero permite vivir sin límites no es el menor de su perversa exhibición. ¿Se podrá multar al joven que hace ruido con su moto si se toleran estas carreras? ¿Quién tiene la autoridad moral para condenar la velocidad en coche, el botellón, el ruido urbano, después de permitir esta exhibición malsana?
Las autoridades se conforman con multarles. Lo que sólo les añade emoción a sus hazañas. ¿No importa la alarma y la náusea social que está gente genera?¿Es que no se les puede impedir entrar en este país? ¿Tratarles como personas non gratas y no dejarles cruzar la frontera? ¿Encajan en la normativa de la convivencia? En ocasiones los aficionados extranjeros de ciertos equipos de fútbol han sido devueltos a sus países. Por no mencionar la diferencia de trato con otros grupos: al último inmigrante pobre que, éste sí, tiene que arriesgar su vida y todos sus recursos para llegar a España en patera, se le devuelve sin piedad a su país, ¿es que no existe ley alguna que permita poner coto al cinismo y la desvergüenza de estos prepotentes millonarios?
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