En las dos últimas elecciones al Parlament de Catalunya, en 1999 y el 2003, el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) consiguió el mayor número de votos, pero quedó por detrás de Convergència i Unió (CiU) en escaños. ¿Cuáles son las razones de este anómalo resultado? El desajuste entre los votos y escaños del PSC y de CiU tiene que ver con lo que se puede denominar el sesgo conservador del sistema electoral catalán, esto es, las ventajas institucionales relativas de los partidos de centroderecha frente a los de centroizquierda.
Este sesgo conservador se genera debido a las notables diferencias en las magnitudes de las cuatro circunscripciones catalanas o, en otras palabras, en el número de escaños que se distribuyen en cada una de ellas. Mientras en Barcelona se eligen 85 diputados, en Tarragona, Girona y Lleida sólo se escogen 18, 17 y 15, respectivamente. Y es bien conocido que la proporcionalidad electoral o las primas en escaños al partido más votado dependen de la magnitud de las circunscripciones. De este modo, es mucho más rentable en términos de escaños ser el partido más votado en Tarragona, Girona o Lleida que en Barcelona. Por ejemplo, en las elecciones del 2003 el partido más votado en las tres primeras circunscripciones consiguió una sobrerrepresentación en escaños de 4,78, 4,76 y 2,15 puntos respectivamente, pero sólo de 0,63 puntos en Barcelona.
Estas diferencias en el premio a la localización del voto pasarían inadvertidas si no hubiera ninguna pauta definida en la distribución de los apoyos de los partidos. Pero no es así. CiU gana sistemáticamente en los últimos tiempos en Tarragona, Girona y Lleida, y el PSC en Barcelona: los nacionalistas se benefician, por tanto, de mayores primas. La razón de esa asimetría es que las zonas más urbanas, con mayor densidad de población y mayores niveles de inmigración, se encuentran sobre todo en la circunscripción de magnitud más elevada, Barcelona; y las más rurales, con menor densidad de población y menor inmigración, en Tarragona, Girona y Lleida. Y es en las áreas urbanas donde el PSC alcanza sus mejores resultados, mientras que CiU lo hace en las rurales. La principal consecuencia política es que, cuando se suman estos dispares niveles de proporcionalidad, un partido puede conseguir la mayoría de los votos en Girona, Lleida y Tarragona, pero no en el conjunto de Catalunya, y obtener, sin embargo, la mayoría de los escaños. Esto es precisamente lo que ha sucedido en las elecciones autonómicas de 1999 y el 2003 y lo que podría repetirse en las próximas.
¿Cómo se podría corregir esta situación?
Simplemente reduciendo las diferencias en las magnitudes de las circunscripciones. Así se hace a través de la desviación del prorrateo, esto es, que Tarragona, Girona y Lleida elijan más diputados y Barcelona menos de los que les corresponderían de acuerdo con su peso poblacional. Aunque se haya identificado (erróneamente) como el culpable de la anomalía de los resultados electorales en escaños, el prorrateo desviado posibilita que las primas al partido ganador en las tres provincias más pequeñas sean menores de lo que serían si el reparto de escaños entre las circunscripciones fuera perfectamente proporcional a su población. Pero también es verdad que cuantos más escaños se reparten en estas tres circunscripciones, mayor es la influencia relativa de sus resultados en la composición del Parlament.

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