Nunca seremos ciudadanos, de Manuel Martín Ferrand en ABC
EL día en que murió Carmen Amaya surgió mi primera experiencia personal en lo que respecta a la fuerza represora del poder político frente a la información y contra la más mínima autonomía de los medios públicos. El ya desaparecido director de informativos de TVE, el maestro José de las Casas, me encargó para el prime time de aquel día de 1963 un programa extraordinario sobre la deslumbrante bailaora fallecida. Hice lo que pude y, entre otras cosas, un pequeño debate con personas que habían trabajado con la artista catalana y universal. Entre ellos estuvo Alfredo Mañas, autor del texto sobre el que Francisco Rovira Veleta acababa de rodar «Los Tarantos», la última película de Carmen Amaya, y biógrafo de «la mayor de las furias que nunca subió a un escenario para taconearle».
Un par de días más tarde, el Ministerio de Información y Turismo me abrió un expediente, el pionero de los muchos que han honrado mi carrera, por haber incluido en mi programa la presencia de Mañas, uno de los firmantes del «manifiesto de los 113», en el que se denunciaba la represión franquista en Asturias. La firma, o la publicación del escrito, era posterior a la emisión en cuestión; pero de lo que se trataba, como sigue ocurriendo hoy, sin excepción, en todas las televisiones públicas españolas -y en algunas privadas-, es de crear la «ejemplaridad» y, con la amenaza de quitarles el pan, doblegar el ánimo de los menos obedientes de cada plantilla.
Telemadrid, una de las muchas e innecesarias televisiones autonómicas de España, no es distinta de las otras, las que gobiernan y manipulan los distintos poderes regionales. En esto no hay diferencias entre el PP, el PSOE o el PNV, CiU o el BNG. En consecuencia, «la tele de Esperanza Aguirre», servil y reverencial, se ha llevado por delante el único telediario, el de las doce de la noche, que se distinguía de todos los que hoy concurren a la batalla de las audiencias por su independencia y profesionalidad.
Mientras siga existiendo televisión de titularidad pública, una forma indeseable de competencia desleal y una máquina para la propaganda política del poder de turno, seguirán produciéndose episodios censores, repugnantes y, para mayor agravio, disimulados en piruetas poco gallardas. Lo de Carmen Amaya o lo del «Diario de la Noche», dos botones para el muestrario, son perversiones atentatorias contra la libertad. Inevitables mientras los líderes turnantes -igual José Luis Rodríguez Zapatero que Esperanza Aguirre- puedan ejercer como árbitros en un partido en el que juegan como capitanes de un equipo. El drama reside en que, como saben los avisados, el socialismo no es libertad y la derecha mal llamada liberal tampoco quiere serlo. ¿Nunca seremos ciudadanos? Con las manazas, o manitas, del poder metidas en la información, temamos lo peor.
