«Es inútil callar la verdad. Todos estamos mintiendo al hablar de regeneración, puesto que nadie piensa en serio en regenerarse a sí mismo» (Unamuno en 1898) (*)
Cirujano de hierro contra las corruptelas felipistas tras su breve experiencia política como diputado electo en la lista encabezada por González, aquel año de 1993, inicio del trienio del griterío. Se le acusó no sólo de haber reabierto el sumario de los GAL por resentimiento contra el felipismo, sino también de formar parte de una conspiración contra ciudadanos tan modélicos y ejemplares como los señores Vera y Sancristóbal. Y ahora aquí lo tenemos de nuevo dentro de la más rabiosa (literal) actualidad. Con la diferencia de que los vilipendios del momento presente provienen de la otra trinchera política y mediática. Moraleja: Garzón es un juez independiente e intachable cuando sus sumarios se dirigen contra los adversarios de quienes se pronuncian sobre él. ¡Bendita sea por siempre la objetividad de la opinión publicada!
Aquí lo grave, más allá de la parcialidad siempre previsible desde los ámbitos de los partidos políticos, es un maniqueísmo que insulta a la inteligencia de los ciudadanos proveniente de los mentideros partidarios y proveniente también, lo que es mucho más inquietante, de ciertos medios de comunicación cuyo compromiso primero debería ser con la verdad informativa, compromiso que se incumple y se pisotea de la manera más descarada. Como diría Unamuno, la susodicha verdad informativa está en contra de éstos y de aquéllos. O viceversa.
Más allá de Garzón, lo que está sucediendo es escandaloso. Dos años y medio después del atentado más sangriento de la historia de España, se siguen contando más los votos (virtuales) que aquello pudo y dar y quitar que los muertos y heridos tras la masacre. Tal cosa es repugnante hasta la náusea. La más insultante obviedad nos recuerda que cuando se produjo el atentado era el PP el que gobernaba. Si, como ahora se sigue sosteniendo, hubo grandes fallos policiales, tanto en la previsión como en la investigación inmediata tras la sangría, los responsables políticos de dichos mandos eran gentes del PP. Ello no quiere decir que el PSOE en el Gobierno hubiera evitado aquello, ni que la actuación de sus dirigentes hubiera sido mejor ni más digna. Pero, siguiendo en las obviedades más a ras de suelo, el hecho fue que era el PP el que estaba al frente del Gobierno. Y que los señores Acebes y Zaplana deberían ocuparse más de los muertos que de los votos.
Es obvio también que a toda la ciudadanía le interesa saber la verdad de lo ocurrido. Seguro que quedan cosas por esclarecer, y es de justicia que salgan a la luz. Ahora bien: ¿tenemos que seguir creyendo que el PSOE desde el primer momento se inventó la autoría islamista del atentado para ganar más votos? ¿Tal cosa puede demostrarse y sostenerse? ¿No son conscientes las gentes del PP, así como su entorno mediático, de que muchas gentes pueden estar sacando en conclusión que a día de hoy no han aceptado una derrota electoral?
Por otro lado, nos queda una cuestión fundamental que, por parte de unos y otros, no ha querido ser abordada. ¿Por qué tras los atentados no se fijó un acuerdo inmediato para aplazar las elecciones hasta que el país se fuese despertando de aquella horrible pesadilla que nos dejó a todos helados? Y no es que no se alcanzase tal acuerdo por la falta de voluntad de una de las partes, sino que nadie apostó por ello seriamente. Habría que preguntarse si siquiera fue planteado.
¡Cómo cambia todo de forma tan burda! Fue la guerra sucia contra ETA uno de los detonantes para que el felipismo saliese electoralmente derrotado. Pues bien, a la vuelta de unos años, el empeño se ha invertido totalmente. Sería el afán de ocultar la supuesta participación de ETA en el 11-M lo que aupó al PSOE al poder.
Más allá de Garzón, alcaldes y ediles en las cárceles por irregularidades escandalosas. Más allá de Garzón, uno de los escenarios donde se dirime la política sigue siendo la Audiencia Nacional. Más allá de Garzón, hay importantes medios de prensa que confunden la orientación ideológica, libre y legítima, con lo que es el periódico o panfleto de partido. Más allá de Garzón, se impone exigir un mínimo de respeto en pro de la verdad informativa. Y en consideración a los muertos y heridos, y a quienes siguen sufriendo ausencias y dolores. Hay espectáculos que nunca tendrían que haber comenzado. Y, en todo caso, va siendo hora ya de que se terminen.
¿Hasta dónde, hasta cuándo y hasta qué hay que seguir soportando un discurso que sólo se ocupa de las supuestas derivas electorales causadas por la muerte y el dolor de unos ciudadanos que viajaron una mañana de marzo en trenes donde tuvo lugar un exterminio atroz?
(*) Adolfo Sotelo Vázquez. «Miguel de Unamuno. Artículos en "Las Noticias", de Barcelona» (1899-1902) Lumen. Barcelona, 1993. Página 9

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