La partida de ajedrez que empezó en España el 11 de marzo del 2004, ¿se juega sólo aquí, o se trata de un tablero mucho más amplio?, del Editorial en El Comentario
Hay quien dice que el estado de cosas que tenemos hoy en día en nuestro país, es algo que ocurre por casualidad, mientras que otros, por el contrario, atribuyen el extraño rumbo de la actualidad al cálculo del gobierno. Probablemente ninguno de estos puntos de vista, radicales en cuanto al ángulo desde el que se abordan, responda a la realidad, porque ésta es siempre, a la vez, producto de ambas cosas -el azar y el cálculo combinados-, y a pesar del hecho de que esa realidad sea, en principio, difícil de comprender, siempre hay datos que permiten acercarse a los problemas desde una pretensión de objetividad que viene dada por el método de análisis que se aplique. Pero, ¿alguien quiere aquí que se busque la objetividad?
Mientras media España, la que vota a la izquierda y lee sus medios, ve las cosas de una manera, porque así se la explican, la otra, la que vota a la derecha y sigue los medios que reflejan sus puntos de vista, y en buena medida los condicionan, la contempla de una manera totalmente diferente, no faltando tampoco, medios y personas, que de acuerdo con la visión de las asuntos que nos preocupan, que refleja el grupo Vocento, con el ABC en la cabeza, parecen naufragar en un estado de perplejidad creciente, ante la imposibilidad de rizar el rizo, encendiendo una vela a dios y otra al diablo, de acuerdo con una expresión, que en si misma implica una toma de partido, porque para utilizarla, hay que atribuir a cada una de las partes, el papel diabólico y el papel divino. Ese balbuciente y titubeante papel que intenta jugar Vocento, de manera sorprendentemente torpe, representa la imposible búsqueda de un centro político, que agitan unos y otros, y nadie sabe dónde está.
Los acontecimientos que sucedieron ayer en Martorell, con las agresiones y zarandeos al secretario general del PP y al candidato popular a la presidencia de la Generalitat, son un paso más en el proceso de deterioro de la convivencia entre españoles, que tienen lecturas diferentes según cómo se analice el mensaje que se traslada desde cada medio de comunicación que se utilice para informarse -como sucede siempre, pero muy especialmente en estos últimos tiempos-, y así, si uno lee El Mundo de manera habitual, verá en su edición de hoy un protagonismo total de los sucesos de Martorell, en los que se ve a los líderes conservadores totalmente abandonados a su suerte; si es lector de El País, los ataques independentistas a Ángel Acebes y José Piqué serán obra de un pequeño grupo de jóvenes debidamente controlados por la Guardia Civil, mientras que el lector del ABC, tendrá que elegir entre la información sobre este nuevo espectáculo de agresividad política desbordada que nos llega de Cataluña, o la relativa a las decisiones del juez Baltasar Garzón y su auto sobre el informe del perito policial Manuel Escribano, con el que el ABC pone todo el acento en su reciente y novedosa guerra abierta contra El Mundo, el periódico que el grupo Vocento quiso comprar y no pudo, para su desembarco en la capital de España.
Los ciudadanos se están acostumbrando a esta trinchera mediática que separa dos bandos informativos, con el ABC correteando perdido entre las dos posiciones, mientras descubre, alucinado, que aquí no sólo hay administraciones gobernadas por el PSOE o por el PP, sino que esa división se está trasladando al conjunto de las instituciones, como la judicatura o los cuerpos de seguridad, con lo que poco a poco se va abriendo una profunda sima que agrieta la convivencia, separando cada día más dos españas, que poco o nada tienen que ver con las de Antonio Machado que habían de helarnos el corazón. Y ahí es donde radica el carácter más sorprendente de la situación en la que nos encontramos, porque por mucho que se mire, uno no logra ver, en qué asuntos realmente esenciales radica esta rediviva confrontación entre españoles, que se alimenta cada día con espectáculos de ínfimo nievel, protagonizados por juligans como estos de Martorell, que viven la política desde la zona del graderío, que todo estadio balompédico reserva a sus espectadores más oligofrénicos. No es casualidad, que los extraños acontecimientos que vivimos, hayan venido precedidos de un espectáculo nacional-futbolístico en el Camp Nou de Barcelona, cuyas implicaciones han sido convenientemente denunciadas por Albert Boadella, experto en padecer las consecuencias de la irracionalidad en todo tipo de regímenes perversos, como el de Francisco Franco o el de José Luis Rodríguez Zapatero, que ahora encabeza un procedimiento judicial contra la utilización de niños en campañas televisivas de carácter nacionalista.
En la España de Machado había referencias nacionales e internacionales, que justificaban el abismo, y de ellas, la más importante era la división en bloques, profundamente ideológicos, del mundo que se agitaba entre las dos guerras mundiales, con las potencias "democráticas" mirando desde su olímpica lejanía, cómo los dos "bandos" que se formaron en la Guerra Civil española, se aprestaban a lanzarse el uno sobre el otro, mientras que la Alemania de Adolfo Hitler y la Italia de Benito Mussolini prestaban cobertura a una parte de la sociedad española, que se agitaba en cuarteles y terturlias, en tanto que la Unión Soviética, bajo la férrea mano de José Stalin, movía sus piezas en la península, desde el PCE de José Díaz, sin olvidarse de la notable influencia soviética en el PSOE de Francisco Largo Caballero.
Tan cierto es, como que la historia nunca se repite de manera circular -pues el curso del tiempo lo impide de manera natural-, que el contexto internacional en el que se producen los acontecimientos que vivimos hoy en nuestro país, poco tienen que ver con las circunstancias que precedieron al conflicto bélico que se inició el 18 de julio de 1936 con el golpe de estado de Francisco Franco. Las referencias de carácter internacional no impulsan la existencia de conflictos ideológicos, a la manera en que estos se producían en aquel entonces, pero no es menos cierto, que ese enfrentamiento, visto ya desde el territorio español, existe, y tiene un punto de partida que debe de empezar a ser analizado con un poco de perspectiva histórica, si es que se quiere quitar pulso a esa confrontación, o por el contrario, vale más no hablar de nada, s lo que se pretende es impulsarla, por razones que tienen muy poco que ver con el sentido común.
Así pues, aquí lo que hay que buscar es el origen de los males que nos afligen, y a poco que se pretenda ver las cosas con seriedad, no hay más remedio que convenir, en que la actual división entre los ciudadanos españoles, parte en gran medida de un trauma de incalculables dimensiones, como es el producido por el múltiple atentado que tuvo lugar en Madrid el 11 de marzo del 2002, y que se saldó con 191 muertos y 1.500 heridos. Ese atentado tuvo dos consecuencias importantes. Desde el punto de vista inmediato, en España, se produjo una corriente de indignación que condujo al apoyo mayoritario a las opciones de la izquierda, al atribuirse la autoría a la nebulosa organización Al Qaeda, con lo que sin duda, fueron muchos los ciudadanos que culpabilizaron de ese atentado al ex presidente José María Aznar, por su desmedido protagonismo en la coalición militar que derrocó a Sadam Hussein en Irak, una actuación que había sido muy contestada por la izquierda -y no sólo por la izquierda- en la calle y en los medios de comunicación.
Pero el 11-M no sólo tuvo efectos en España. La decisión del presidente Zapatero, mejor dicho, la manera en que Zapatero adoptó su decisión de sacar las tropas españolas de Irak, produjo una reacción internacional en cadena, que condujo al abandono de sus posiciones en aquella república en la que está la antiquísima capital de Haroun al-Raschid, por parte de otros contingentes militares, así como una evolución de la opinión internacional que tuvo importantes repercusiones, incluso en los propios Estados Unidos, donde el entonces candidato a las presidenciales John Kerry cambió en sus posiciones de apoyo a la presencia norteamericana en aquella república, dando un giro al tono de la campaña que acabó con el triunfo del hoy presidente, George W. Bush.
Negar a estas alturas que el atentado del 11-M cambió la política española, abriendo una etapa de incertidumbre y enfrentamiento, como hace un importante sector del Partido Socialista, el más vinculado al gobierno, mientras la mayoría de la militancia de este partido -y por extensión de la izquierda española- contempla el espectáculo en silencio, es negar la mayor, y la mayor es que ese atentado tuvo una dimensión internacional, que con el paso del tiempo, explicará los actuales acontecimientos, al igual que los conflictos entre las potencias explicaron en su momento buena parte de las causas que condujeron a la Guerra Civil española. Cui prodest? Exta expresión latina se ha utilizado ya, para analizar el 11-M en su dimensión española, pero no se está utilizando convenientemente, para empezar a comprender las cosas, desde el punto de vista del papel que juega España en el tablero internacional de ajedrez, y esta metáfora viene muy a cuento del simil ajedrecístico que ha dado pie a la existencia de los llamados Peones Negros, que se concentran hoy en Oviedo, en el paseo del Bombé, a las ocho de la tarde.
Es cierto que aquí hay un trágico tablero de ajedrez en plena partida, pero, ¿se juega sólo en el ámbito español?
