Jacobinos, de Javier Morán en La Nueva España
Resulta complicado discernir cuál ha sido la voz más jacobina de las dos que acabamos de escuchar en Gijón: si la del presidente honorífico del PSOE local, Marcelo García, sostenedor de que «sin un Partido Socialista fuerte, en este país no hay democracia»; o la del arquitecto Alejandro Zaera, autor de la torre hotel de los Masaveu, quien dice dudar mucho de «que los ciudadanos puedan tomar decisiones sobre el diseño de la ciudad».
Lo de Marcelo García precisa digestión aparte porque recuerda el viejo grito azañista de que la República sólo podían manejarla y sostenerla los políticos republicanos, pero en el intento dio el alcalaíno con los socialistas, que sólo quería como brazos populares a su servicio. El final ya lo conocen ustedes. Acaeció hace 70 años.
Aquellos santos jacobinos de la Revolución Francesa tuvieron más suerte, pero fue después de descubrir que no se podía confiar en la espontaneidad del pueblo, sino que había que guiarlo férreamente. Aquello acabó en dictadura; eso sí, una dictadura revolucionaria. El caso ahora es que todavía perviven dictadores revolucionarios: hombres con ideas de izquierda y temperamento de derecha. En fin.
En cuanto a Zaera, su jacobinismo arquitectónico tendrá probablemente raíces más antiguas. Desde que Yahvé le reveló a Ezequiel los planos de su templo -el que luego construiría aproximadamente Salomón-, los arquitectos son como dioses, y más los arquitectos estrella, por hallarse próximos a éstas. Total, que Zaera vino a una conferencia sobre el Plan Estratégico de Gijón, -obra antológica de la participación-, y le negó el pan y la sal en materia urbanística al pueblo soberano. ¡Qué sugestiva contradicción!
Ambos casos, el de Marcelo García y el de Alejandro Zaera, deben de ser consecuencia del desgaste de la democracia realmente existente, muy preocupante a la vista de los gemidos jacobinos. Por lo demás, se está empezando a ventilar en Gijón un cambio de modelo urbanístico, con aspiraciones de construcción en altura después de 30 años de proscripción. Vienen tiempos confusos, es decir, de dictadura revolucionaria.
