Todos sabemos que el español (fuera de España casi nadie dice castellano) es la segunda lengua del mundo en el censo de hablantes. En número de ellos es la tercera: por delante está el chino -acaso el verdadero idioma del futuro- y el inglés. Hablamos una lengua en expansión y una lengua con un inmenso bagaje cultural, que comenzó con las Glosas emilianenses en el siglo X y que llega -con variedad y riqueza- hasta el último poeta joven de hoy mismo.

¿Qué nos falta? ¿Por dónde seguimos? Se diría que nuestra más fuerte realidad es y está en América. ¿Qué sería del español sin la enormidad que va del río Grande a la Patagonia? Más aún, si se cuenta con la expansión del español en EEUU (más de 10 millones de hablantes ya) y con la posibilidad, avalada por la Historia y las fronteras, de que el español llegue a ser la segunda lengua de Brasil. No hay duda de que debemos seguir poniendo -y mucho- el acento en América. Pero sin olvidar que el español fue una lengua importante en Europa (Donne tenía en su biblioteca a Góngora, y Fray Antonio de Guevara fue uno de los autores más leídos del XVI) y que sólo nuestra cerrazón y la ultramontana defensa del catolicismo («a machamartillo», decía Don Marcelino) nos hizo perder peso. Nada nos impide recuperarlo.

Pero -y ahí cojeamos- en España se lee poco y el nivel cultural de los universitarios es más bajo cada vez. Tampoco México o Argentina (tradicionales hermanos librescos) pueden compararse a Gran Bretaña, EEUU, Canadá o Australia, los grandes predios del inglés. Así, un novelista medio en esa lengua puede vivir de su trabajo como escritor; uno que escriba en español, no, si no es una estrella tipo García Márquez. Éste es el punto más doliente y menesteroso de nuestra lengua: bajo nivel cultural de los hablantes, pocos lectores. Y algo más (y esto es gravísimo, porque no era así a principios del siglo XX): los libros españoles apenas llegan a América y viceversa, aunque creo que ahorita mismo perdemos nosotros. Conocemos mejor -en general- lo que se hace en América que los americanos lo que hacemos nosotros. El español americano -su literatura- ha triunfado (ayudado por muchos hispanistas) sobre la literatura de -como dicen allá- «el español peninsular». No podemos permitirnos ese doble suicidio, si puedo decirlo así. Los autores españoles tienen que llegar más y mejor a América; el flujo inverso debe continuar.

En el Chile de 1917, un Neruda adolescente había leído la poesía de Valle-Inclán. ¿Algo así podría ocurrir hoy? Hasta Francisco Villaespesa, ya decaído aquí, era célebre en América. ¿Y cuántos españoles notables sobrevivieron gracias a la prensa de Buenos Aires, especialmente al diario La Nación? Que todo esto no se haya puesto al día y, antes al contrario, se haya roto es una vergüenza general y un gran error. Ése es nuestro reto (y el del Cervantes): fluir otra vez hacia América y -no oculto que esto es más lento y difícil- elevar el listón cultural y lector de tantísimos hispanohablantes. No somos una cultura del tercer mundo (algunas de ellas espléndidas) y no debiéramos parecerlo tampoco.

© Mundinteractivos, S.A.