Un asesinato en Moscú, de Nina Jrushcheva en La Vanguardia
Es hora de poner fin a la ficción de que la dictadura del derecho de Putin hizo que la Rusia poscomunista fuera menos anárquica. El asesinato de Anna Politkovskaya, una de las mejores y más valientes periodistas de Rusia, una mujer que se atrevió a exponer los asesinatos brutales cometidos por las tropas rusas en Chechenia, es la prueba final de que el presidente Putin no hizo más que ofrecer una dictadura común y corriente, con el habitual desprecio de la ley.
Es oportuno que el mundo, particularmente Europa, tenga en cuenta esta aceptación. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania está elaborando una política sobre las relaciones ruso-alemanas que hará culto a la indiferencia frente a la ilegalidad de Putin. Pero la indiferencia se vuelve apaciguamiento cuando alienta a Putin a implementar su modalidad anárquica en la arena internacional, como en su actual campaña para asfixiar a la economía de Georgia.
El asesinato de Politkovskaya ha generado una sensación pavorosa de déjà vu:al igual que ¿ES INTELIGENTE consentir en silencio que se construya una Rusia que arraiga en su entorno una forma de diplomacia criminalizada? en el apogeo de la KGB, la gente simplemente desaparece en la Rusia de Putin. El asesinato de Politkovskaya es la tercera muerte con ribetes políticos en tres semanas. Enver Ziganshin, principal ingeniero de BP Rusia, fue asesinado con un arma de fuego en Irkutsk el 30 de septiembre. Andrei Kozlov, el vicegobernador del Banco Central de Rusia, que lideraba una campaña contra el fraude financiero, fue asesinado el 14 de septiembre.
El hecho de que el fiscal de Rusia, el general Yuri Chaika, se haya hecho cargo de la investigación del asesinato de Politkovskaya, como lo hizo con el homicidio de Kozlov, no genera esperanzas. De hecho, la participación del nivel más alto del Gobierno ruso es casi una garantía de que nunca se encontrará a los asesinos.
El asesinato de Politkovskaya es un augurio particularmente lúgubre si uno tiene en cuenta que era una crítica enérgica del presidente de Rusia. En sus artículos para uno de los pocos diarios independientes que quedan en Moscú, Novaya Gazeta,y en sus libros Putin´s Russia: Life in a failing democracy (La Rusia de Putin. La vida en una democracia en crisis) y A dirty war: A Russian reporter in Chechnya (Una guerra sucia. Una reportera rusa en Chechenia), Politkovskaya escribió sobre la disipación de las libertades, que es la marca de identificación de la presidencia de Putin. Como queda demostrado por el exilio de los ex empresarios mediáticos Boris Berezovsky y Vladimir Gusinky, y la encarcelación del magnate petrolero Mijail Jodorkovsky, tres destinos aguardan a los enemigos de Vladimir Putin: el exilio, la cárcel o la tumba.
No estoy acusando al Gobierno de Putin del asesinato a sueldo de Politkovskaya. Después de todo, como periodista de investigación enfureció a muchas personas, entre las que se encuentra, nada menos, que el actual primer ministro checheno, Ramzan Kadirov, a quien ella acusó de implementar una política de secuestros extorsivos. Pero el Gobierno debería haberse asegurado de que nada malo le pasara.
La Rusia de Putin ya ha perdido a doce periodistas prestigiosos, asesinados en los últimos seis años. Y ninguno de estos crímenes ha sido resuelto.
El periodo de seis años transcurrido desde que Putin llegó al Kremlin ha sido un tiempo de señales profundamente opuestas. Por un lado, el mundo ve a un líder joven y educado que promete modernizar Rusia. Por otro lado, el presidente observa en silencio mientras sus ex colegas en el servicio de seguridad FSB de Rusia (la ex KGB) no le ofrecen ninguna seguridad a los asesinados y lanzan una serie de causas de espionaje notorias contra periodistas, científicos y activistas ambientales. Entre estos neoespías figuran el periodista Gregori Pasko, el experto en control de armas Igor Sutyagin, el diplomático Valentin Moiseyev, el físico Valentin Danilov y otros. La influencia supuestamente civilizadora de ser un socio occidental - al presidir una cumbre del G-8 en San Petersburgo, por ejemplo- parece haberse disipado en la intriga del Kremlin de Putin. Rusia presenta una fachada de leyes e instituciones democráticas, pero detrás del decorado de cartón gobiernan las mismas bestias.
El peligro para el mundo es que la anarquía de Putin se está exportando. En todo el exterior cercano a Rusia, se está arraigando una forma de diplomacia criminalizada. Analicemos el intento de Putin de manipular fraudulentamente las elecciones presidenciales anteriores de Ucrania y los cargos criminales intermitentes presentados contra la líder de la oposición Yulia Timoshenko. Analicemos las regiones separatistas en Moldavia y Georgia, que sólo existen gracias al respaldo del Kremlin. Analicemos la manera en que el Kremlin intenta chantajear a sus vecinos amenazando con interrumpir su suministro de energía.
Todo policía sabe que cuando se ignora el comportamiento criminal, los criminales se vuelven más intrépidos. Es hora de que el mundo reconozca a Vladimir Putin por lo que es: un hombre que está retrotrayendo a Rusia a las sombras. De modo que el mundo hoy debe considerar la antigua máxima latina qui tacet consentere videtur - el silencio implica consentimiento- y preguntarse si es inteligente consentir en silencio la construcción que hace Putin de una superpotencia energética sin ley.
