«Es inaceptable y la comunidad internacional responderá», declaró ayer el presidente George W. Bush, horas antes de que el Consejo de Seguridad aprobara una nueva resolución condenando a Corea del Norte por su primera prueba nuclear y reforzando las sanciones internacionales ya en vigor.

Servirá de poco si China y Corea del Sur no se suman al bloqueo que intenta imponer el Gobierno estadounidense desde hace más de un año al régimen norcoreano, pero tanto Pekín como Seúl temen provocar, si lo hacen, el colapso del régimen o una respuesta militar desesperada del presidente Kim Jong Il. El régimen norcoreano, en su anuncio de la prueba nuclear el pasado 3 de octubre, atribuía la decisión de efectuar su primera prueba a las amenazas reiteradas de EEUU, al endurecimiento de las sanciones impuestas por Washington desde hace un año y a las maniobras militares de EEUU en la península coreana y en sus costas.

El dictador de Pyongyang confía en que la unidad internacional de las últimas horas se diluya pronto, igual que sucedió con la prueba nuclear de Pakistán en 1998. Sabe, igual que lo sabe Bush, que sólo China -y de forma limitada- tiene la influencia suficiente para poder causar a Corea del Norte un daño inaceptable. ¿Se atreverá el presidente Hu Jintao a recortar los envíos chinos de alimentos (el 70% de los que llegan a Corea del Norte) y de combustible (entre un 70% y un 80%), su comercio e inversiones (unos 2.000 millones de dólares anuales) o las remesas que envían cada mes unos 300.000 norcoreanos establecidos en China? ¿Desplegará los medios necesarios para impedir que Corea del Norte siga exportando misiles y armas convencionales al resto del mundo, su principal fuente de divisas?

Si la respuesta es negativa, Corea del Norte se consolidará como la octava potencia nuclear (sin contar a Israel), provocará una peligrosa carrera de armamentos en Asia y acelerará la recomposición de alianzas ya en marcha para equilibrar la influencia económica y militar creciente de China en el continente.

Reforzará, de paso, la opinión generalizada de que el régimen de no proliferación nuclear establecido a finales de los años 60 en respuesta a la crisis de los misiles de Cuba -reforzado en 1995, 2000 y 2005- hace agua y de que nos adentramos en un sistema internacional con más de 20 potencias nucleares a mediados del siglo XXI, con el riesgo añadido de que esas armas caigan en manos de actores no estatales. Como señalaba ayer Joseph Cirincione, durante años director de los estudios de proliferación nuclear en la Carnegie y ahora con el Center for American Progress, «con sanciones (si no van acompañadas de suficientes incentivos y de cambios en la seguridad) nunca renunciará Corea del Norte a las armas nucleares. La historia lo demuestra. Ningún país ha renunciado nunca a la bomba atómica o a su programa nuclear por la fuerza».

Salvo en el caso del Irak de Sadam Husein, tiene razón. La combinación de palos y de zanahorias funcionó con Sudáfrica, Argentina, Brasil, Kazajistán, Bielorrusia, Ucrania y Libia. No tuvo éxito, en cambio, con Israel, Pakistán y la India.

Tanto las pruebas de misiles de primeros de julio como el ensayo nuclear de ayer son bofetadas de Pyongyang a su único aliado en el mundo. Ponen a la diplomacia china ante una disyuntiva en la que no hay soluciones mágicas. Todas son malas, aunque unas más que otras. Descartada la opción militar que siempre han preferido los halcones de EEUU, China seguramente tratará de compensar nuevas sanciones (para contentar a Washington) con una nueva ofensiva diplomática que permita reactivar las negociaciones a seis, paralizadas desde hace un año.

Si se repite la experiencia del 93-94, Kim Jong Il utilizará el miedo de la comunidad internacional a los efectos de su acción para arrancar, desde una posición mucho más fuerte (o débil, según se mire), un pacto mucho más ventajoso que el conseguido de la Administración Clinton en 1994 y del grupo de los cinco (el acuerdo de principios convertido a las pocas horas en papel mojado) el 19 de septiembre de 2005. La mejor prueba de la debilidad norcoreana es su Producto Interior Bruto, similar al presupuesto de defensa de Corea del Sur (algo más de 23.000 millones de dólares anuales).

Con su ruptura unilateral del pacto del 94 al llegar a la Casa Blanca, Bush ayudó poco a frenar a Pyongyang. Con su discurso del «eje del mal», en enero de 2002, convenció a los dirigentes norcoreanos, iraquies e iraníes de que los EEUU estaban dispuestos a invadirlos.

Con la invasión de Irak, en marzo de 2003, iraníes y norcoreanos vieron confirmados todos sus temores y aceleraron su nuclearización. Si la invasión de Irak hubiera sido un éxito, la respuesta de Teherán y de Pyongyang tal vez hubiera sido otra. Ante el fiasco en Irak y el desastre económico de su país, Kim Jong Il ha visto, con la prueba nuclear, la oportunidad de frenar su creciente desprestigio dentro de casa sin pagar un precio insoportable a la comunidad internacional. Hoy considera demasiado débil a George W. Bush para impedírselo por la fuerza.

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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