La especulación y el curso del buen directivo, de S. McCoy en El Confidencial
¿Queremos para nuestra empresa inversores o especuladores? Obviamente, si hiciéramos esta pregunta a los directivos de cualquier compañía cotizada alrededor del globo contestaría, bien por decencia, bien por convicción, que su empresa desea claramente un accionariado estable, comprometido con la sociedad de la que es propietario, alineado con los intereses de la firma, crítico y constructivo con el equipo gestor y dispuesto a entender que los proyectos tardan tiempo en madurar, que muchas veces la ganancia a largo exige renuncias a corto y que hay un camino a recorrer de forma conjunta para común satisfacción de todos. Curso del Buen Directivo. Mensajes al mercado. Capitulo I. El mundo ideal.
Sin embargo, la comunicación no verbal traiciona a muchos de ellos. Sus palabras dicen una cosa y sus actos otra. Se apuesta por la inversión y se abona el campo para la especulación. Muchas veces sin darse cuenta. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las recompras de acciones, definidas por Alan Abelson en Barron´s como las ‘piruletas’ que las compañías dan a sus llorosos accionistas cuando no tienen nada mejor que hacer con la caja que acumulan. Definición dura pero correcta. Precisa. Demoledora. Quizá demasiado sintética ya que no tiene en cuenta otras finalidades.
Claro que un análisis de esos otros usos de los share buy backs nos lleva a la misma conclusión: el mercado se ha olvidado del medio y largo plazo. La esclavitud de los resultados trimestrales obliga a los gestores a mantener constantemente viva la llama de la acción. Y cuando no hay otra alternativa, contentar al accionista llenando su bolsillo parece la solución más adecuada. Todo por el accionista, pero sin el accionista (al que le recompro la acción). Perfecto.
Veamos. Uno. Puedo mejorar la estructura de balance mediante la amortización de la autocartera comprada en mercado. Esto es: en lugar de aprovechar mi boyante posición para acudir a la financiación ajena y acometer proyectos de mayor envergadura, tiro por la calle de en medio y bajo el nivel de mis recursos propios y a esperar que vengan tiempos mejores. Vaya, vaya. Con ello, dos, además, reduzco el coste medio ponderado de mi capital lo que, a su vez, abarata el umbral de rentabilidad exigido a mis inversiones a partir de este punto. Trampas en el solitario se llama esto.
Y, por último, si el mercado quiere sopa, le arreo un par de tazas, numerales tres y cuatro: mejora del Return on Equity al caer el nivel de capital e incremento del beneficio por acción al repartirse los mismos resultados entre menor número de acciones en circulación. Y todos tan contentos. ¿Y el futuro? Mañana todos calvos. Pues eso.
La cuestión no es baladí. En Estados Unidos el nivel de tesorería de las empresas prácticamente duplica al de hace cuatro años y la remuneración al accionista, sea mediante dividendos o recompras de acciones, se ha situado por encima del capital expenditure como destino preferido de la caja de las sociedades. La supervivencia de los más fuertes (“survival of the fittest”) que se convirtiera en leitmotiv de la inversión bursátil desde finales del 2000 a la primavera de 2003 para muchos gestores, es hoy día santo y seña de actuación de un gran número de compañías a nivel mundial. De hecho, muchas de las grandes operaciones corporativas que hemos vivido en los últimos 18 meses no son sino la cesión a un tercero, compañía de private equity o socio industrial, de las bondades de mi balance a cambio de una prima para que obtenga de él mayor rentabilidad. Así de triste, así de cierto.
A nadie se le pide que destruya valor para sus propietarios. Faltaba más. Pero es cierto que los share buy backs se han convertido en la tabla de salvación de unos directivos que no encuentran oportunidades de inversión, sufren cada vez más de una aversión al riesgo para la que nadie les paga y renuncian al futuro a cambio de mantener el buen recorrido presente de una acción a la que va ligada su propia remuneración. Y ese es el verdadero quid de la cuestión.
Concluye Abelson que la recompra de acciones es especulativa porque favorece al accionista que quiere vender frente al que tiene una vocación de permanencia a largo plazo en la empresa. Añado: “No te fijes en sus palabras. Vigila los hechos”. Curso del Buen Accionista. Mensajes del mercado. Capítulo I. El mundo real.
