El farero Puigverd
Conocí a Antoni Puigverd por carta. No era una carta agradable de leer, pero una doliente amabilidad la destacaba sobre el resto de comunicaciones a las que este oficio obliga a atender. Creo recordar que, llevado de la imprudencia del articulista a destajo, comenté a la ligera alguna de sus frases. Por aquel entonces Puigverd no se prodigaba tan a menudo como afortunadamente hace ahora. Eran tiempos de alegrías fáciles y de ideas blindadas. El pensamiento todavía no se nos había debilitado y las palabras se lanzaban de trinchera en trinchera, como bombas de mano que no escondían la mano. En tiempos, pues, de alegría tal vez tildé a Puigverd de escritor triste. Llamarle triste a un triste no es lo mismo que decirle cojo a un cojo. La tristeza --el tiempo así me lo ha demostrado-- es un estado fértil que constituye la antesala de las ideas. La tristeza no es apasionante, pero a veces nos obliga a saber dónde estamos. La tristeza, esa melancolía del futuro, expresa la necesidad de que alguien nos saque de ella y que nos permita volver a inventar caminos en el claustro.
Pasaron los años y Puigverd dejó de ser una carta escrita para convertirse en una larga tarde conversada, iluminada por un sol tangente y una botella de grapa imantada que buscaba un norte. Fue un regalo de la inteligencia y la evidencia de que más que las palabras lo que une a la gente son los silencios confortables. Ayer tuve ocasión de reencontrar a Puigverd en las páginas del libro La rectificació, donde escriben otros amigos y colegas. Hablan de política y de Catalunya, dos conceptos que hoy rugen en la niebla. Su capítulo, titulado Els déus abandonen el lloc, ha conseguido sacarme de la tristeza cívica y del despiste político, hasta el punto de que he preferido releerlo antes de proseguir con las a buen seguro interesantes contribuciones de los otros coautores. Hay textos que se gozan, hay artículos que nos exultan, pero hay piezas, como esta de Puigverd, que son como un cabo lanzado al náufrago de nuestro mundo líquido. Tal vez un libro no ayuda a triunfar, pero sí a sobrevivir. "Y yo, aunque callado, doy las gracias", como dijo el poeta de Ultramort. Y, como estímulo máximo, siento renacer ante un trabajo tan bien hecho el humanísimo sentimiento de la envidia dulce.
Lenta metamorfosis
Nos llegan fotografías de Aznar en Chile. Nos cuentan que siempre ha estado acompañado por antiguos miembros de los gobiernos de Pinochet. Vemos a Aznar con birrete de doctorando y oímos sus palabras de derecha extrema. Recuerdo a Aznar en 1996, cuando solía decir con estilo kennedyano aquello de "yo solo soy un hombre normal que quiere servir a su país". El poder genera extrañas psicopatologías. Pienso en el Aznar que abrió El Escorial para una boda familiar o el Aznar que no fue capaz de ir a mancharse su camisa con la sangre de los muertos de Atocha. ¡Qué lejos queda Aznar de nuestro imaginario! Dos años y medio y la historia le ha abandonado. La deriva de Aznar es performativa: se adapta a lo que sus aduladores quieren que sea.
Elocuencia
Hace rato que el orador está insistiendo en el mismo argumento. El orador se ha encallado. El público mira el reloj y sufre. La vida se ha detenido en un bucle precisamente porque el conferenciante no sabe frenar.

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