Hace año y medio, el 10 de mayo del 2005, se celebró en Moscú el 60° aniversario de la conclusión de la segunda guerra mundial por la coalición de aliados que derrotó al nazismo. En presencia de los líderes internacionales de estos países y tras el desfile de 7.000 jóvenes en la plaza Roja, donde sacaron los estandartes y banderas que recogían la chatarrería (expresión de Carrillo para referirse a la hoz y el martillo), el presidente Putin hizo un discurso extraordinariamente relevante. Afirmó con gran nostalgia que la desaparición de la URSS ahora hace 15 años había sido un "gran error y una catástrofe geopolítica". La sinceridad de sus pensamientos viene acompañada por la coherencia en su acción.
Desde hace años y de forma progresiva, Rusia viene interfiriendo notablemente en la política de los países que ahora son plenamente independientes, pero que están muy condicionados por su historia reciente y que mantienen unos usos políticos y no pocos dirigentes provenientes del gran Partido Comunista. Las ingerencias rusas son tan notables como evidentes, y como observador internacional en esta zona, lo he podido constatar por mí mismo. Ucrania o la utilización de los recursos energéticos para penalizar a los descarriados y favorecer simultáneamente dictaduras próximas, como la de Lukashenko en Bielorrusia, son claros ejemplo de ello.
DE TOTAL actualidad está la actitud mantenida respecto a Georgia, resultándole a Rusia imperdonable que fuese el primer país que hizo en 2003 una revolución contra los históricos gobernantes comunistas y marcara la pauta para otros.
Pero si esta es la actitud en cuanto a la nostalgia de lo que fue el gran imperio territorial de la URSS, aún más peligrosa es la recuperación de las esencias que caracterizaron ese sistema opresivo soviético: la corrupción, la merma de derechos, la quiebra de la independencia judicial, el ahogo de la voz de la sociedad civil o la lucha despiadada contra la libertad de expresión.
Un hecho muy relevante es el reciente asesinato de una voz que era clara manifestación de la lucha contra el poder despótico y a favor de la libertad: Anna Politkóvskaya. Esta barbarie tiene que ser el punto de inflexión de la reacción de la comunidad internacional sobre lo que está sucediendo en Rusia. Es de una gravedad extrema y no podemos seguir mirando hacia otro lado. En no pocas ocasiones, desde Europa no hemos alzado nuestra voz respecto de lo que allí estaba sucediendo. Chechenia, cuyas matanzas denunció reiteradamente la periodista, es una evidencia.
En este caso citado, Rusia actuaba con la excusa de la lucha antiterrorista, en ese gran error que en su modo de combatirlo llevan inmersas también hace unos años las grandes potencias del mundo occidental. La forma de actuar de muchos países europeos en asuntos recientes, como los vuelos de la CIA con secuestros incluidos o las cárceles secretas en nuestro continente, con flagrantes vulneraciones de las convenciones internacionales y los derechos humanos, es un ejemplo de ello.
Así, ¿por qué debíamos censurar lo que otra gran potencia --aunque venida a menos-- hace como pretexto de su lucha contra el terrorismo y el fortalecimiento del poder vertical? Los dirigentes políticos europeos anteriores y actuales han rendido pleitesía a Moscú, con clamorosos silencios y sin apenas hacer gestos que trasladasen la sensibilidad de esta civilización construida sobre bases humanísticas hacia lo que es la democracia y la libertad. Apenas un ligero gesto de Angela Merkel reuniéndose en Moscú con las oenegés censuradas contrasta con la ignominia de su antecesor que, tras acabar su mandato como canciller, fue fichado por el emporio petrolífero ruso Gazprom en lo que se revela como un pago de favores.
El asesinato de la periodista Politkóvskaya en Moscú debe ser la alarma definitiva para aquellos que tienen por norte la libertad y la democracia y que no reparan en criticar las vulneraciones de derechos en cualquier lugar del planeta.
DESDE LUEGO, en el mundo occidental hemos cometido errores con la blasfemia de utilizar como coartada la libertad. No obstante, hay algo que ha venido funcionando correctamente como contrapoder, como son la independencia judicial y la libertad de prensa. No hay más que pensar que en EEUU ha sido esencial la función desarrollada por los medios de comunicación, que han sido los que han destapado los abusos de poder mencionados o las escuchas masivas e ilegales realizadas a millones de ciudadanos norteamericanos.
Cuando la libertad de prensa se cercena brutalmente y se convierte en una heroicidad la critica al poder, es que se han encendido unas luces rojas, como ahora en Rusia, que alertan de la regresión de la libertad.
Jesús López-Medel. Diputado por Madrid (PP). Vocal de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso y relator de Derechos Humanos y Democracia de la Asamblea de la OSCE.

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