En algún rincón del álbum familiar se encuentra una foto en la que aparezco, a tierna edad, vestido con chilaba de kábila, tocado con fez rojo y convicción en los ojos. Mis primos valencianos son de tradición festera y, por lo que recuerdo, siempre fueron moros, kábilas humildes y elegantes por más señas. Supongo que este verano desfilaron, como siempre en Ontinyent desde 1860, al son de marchas y pasodobles, e hicieron retumbar sus trabucos hasta que al fin se impuso simbólicamente la paz, presidida por el Cristo de la Agonía. O tal vez no. Porque, según se ve, el miedo ya ha llegado a las filaes de moros y cristianos. Algún imán ha alertado contra posibles ofensas y los adalides de la corrección política siembran dudas sobre su oportunidad en estos tiempos de susceptibilidad erizada. Algo va francamente mal cuando la fiesta popular, instrumento elemental de participación y cohesión, puede llegar a ser percibida por sus mismos protagonistas como una amenaza.

Las fiestas de moros y cristianos recuerdan cada año, en numerosas poblaciones de los Països Catalans y especialmente del País Valencià, la llamada Reconquista, durante la cual se formaron los reinos cristianos de la península Ibérica, tras resquebrajarse el imperio romano y en pugna con los musulmanes andalusíes. Según los etnógrafos, las fiestas nacieron entre el primer tercio del XVIII y mediados del XIX, del recuerdo de las recientes luchas contra los piratas otomanos, a las que se sumaría el ardor bélico contra el francés y el trasfondo de las carlinadas. Tuvieron desde su origen un visible componente catártico, y contribuyen todavía a dar de la propia historia una visión que permite desdramatizarla. Podrían tener, pues, un enorme potencial didáctico si se quiere y se ensaya desde ellas, sin complejos de vencedores ni vencidos, la relectura de la historia y de la propia tradición.

Ver hoy en los desfiles de moros y cristianos ante todo un eco de confrontación bélica y no saber destacar lo que la fiesta popular tiene de instrumento de integración entre ciudadanos de orígenes, filiaciones, creencias e ideologías diversas es un ejercicio de miope irresponsabilidad. Insisto, magnificar ahora hasta escandalizarse, como hizo ese imán de Málaga, el hecho de que, de un modo u otro, se recuerde que los llamados cristianos derrotaron a los llamados moros está por lo menos fuera de lugar. A ver si deberá reescribirse la historia. Otra cosa sería poner sobre la mesa la conveniencia de estudiarla, esclarecerla e incluso reinterpretarla hoy, ahora y aquí. Sobre todo para evitar la propagación de disparates como los que proclamó el jactancioso profesor Aznar López allí en algún campus norteamericano.

A medida que el tiempo pasa y la sociedad cambia, los aspectos potencialmente ofensivos de las fiestas tienden a diluirse, e incluso se va secularizando progresivamente esa inevitable dimensión religiosa que le daban las misas y las procesiones. Lo de menos es quién ganó las batallas y se alzó con el triunfo final. Lo de más, en cambio, es que tanto los pasodobles de aire cristiano como las marchas moras se suceden en armonía por las calles de las ciudades festeras. Y que al pie de los castillos se puede escuchar, en las célebres embajadas, un ejercicio festivo de diálogo entre ficticios contendientes que terminan por alabar el bien más preciado: la conquista de la paz. La paz como garante de la convivencia. La paz, y no la victoria. La convivencia, que no la simple tolerancia.