EN SANTIAGO hay cinco hoteles de cinco estrellas (la mayor densidad de lujo del mundo) que malviven de sus franquicias y a base de vender habitaciones a precio de tres estrellas. Y en toda Galicia hay una hostelería renqueante que pelea con temporadas muy cortas que apenas le permiten salvar sus inversiones. Buena parte de las casas rurales -de dudoso gusto y calidad- han resultado un fiasco previsible. Y nadie sabe cómo afrontar el desarrollo de un sector que no tiene áreas de referencia (Baiona y Sanxenxo son puntos aislados y difícilmente sostenibles), ni cuenta con políticas orientadas a ampliar las temporadas.

Muchos hosteleros denuncian ahora -antes callaban como muertos- que las cifras manejadas por Fraga y Pérez Varela eran un bluf, que no se debe trabajar con metodologías estadísticas que se apartan de las empleadas en toda España, y que no se puede engañar a la gente a base de contar los visitantes por localidades en vez de hacerlo por pernoctas (primero los contamos en Lugo, donde toman un bocata; después en Santiago, donde ven el botafumeiro, y finalmente en Vilalonga, donde se hospedan, por 15 euros, en régimen de media pensión). Y así nos salen los millones de almas en pena que llegan a Galicia sin pasar por Benavente o por el Bierzo, y sin que nuestras estaciones y aeropuertos modifiquen el tránsito de viajeros.

Lo malo es que aquellos 12 millones de turistas del Xacobeo 99 -que luego se rebajaron a 6, cuando yo demostré que no cabían, y finalmente a 5, cuando se decidió que un falseamiento estadístico del 100% era suficiente para ganar las elecciones- han servido para planificar las ayudas hoteleras, y para suponer que el turismo es una planta silvestre que crece y da frutos en terrenos incultos y en medio de malas hierbas.

El resultado es que Santiago, que opera como cebo turístico desde el siglo XI, se está degradando de forma peligrosa. La catedral se está hipotecando al servicio de una masa folclórica que nada aporta ni desde la perspectiva espiritual ni económica. Y la zona monumental está convertida en un mercadillo cutre con signos de evidente cansancio. Por eso hay que proceder a una reconversión radical del turismo que cambie número por calidad, que proyecte espacios y temporadas adecuadas a la naturaleza de nuestra oferta, y que deje de utilizar la estadística amañada como instrumento de la propaganda política local o autonómica. Porque si el bipartito no cambia de cultura, y decide emular -como en casi todo- las fazañas del fraguismo, el próximo año santo puede ser el de la degradación sin retorno. Algo que ya sólo discuten los que nunca viajan o los que buscan el progreso con la cabeza debajo del ala.