Sergi Pàmies, en su libro Si menges una llimona sense fer ganyotes, incluye una cuento titulado Sang de la nostra sang en el que una muchacha quiere que sus padres felizmente casados se separen para ser una niña normal como el resto de las chicas del instituto. El concepto de lo normal parece que está en crisis, así que incluso un partido, el PP catalán, hace del sentido común el eslogan de su campaña. La última anormalidad de la política catalana es la propuesta de debates que ha planteado el jefe de campaña del PSC, en la que exige un debate televisado en castellano entre Mas y Montilla, transmitido para toda España. A la vista del razonamiento utilizado, José Zaragoza, secretario de organización del PSC, se parece a la niña del relato de Pàmies. Que por cierto, al final, consigue que sus padres, a pesar de que viven en perfecta armonía, hagan una concesión a su hija y, para que no se sienta discriminada, se divorcian.
No parece que la propuesta de Zaragoza vaya a tener el mismo éxito que la de la jovencita de la narración. Ni seguramente que el astuto jefe de campaña socialista haya pensado en ningún momento que su ocurrencia fuera a ser aceptada por Mas y sus asesores. En realidad, la gracia de la propuesta estaría precisamente en la presentación de la misma, pues la negación de los dirigentes de CiU le ha permitido decir que el líder nacionalista tiene dos discursos diferentes en Catalunya y España, pero sobre todo presentarlo como un político que se niega a usar el castellano para debatir sus ideas.
Mal negocio resulta siempre usar la lengua como arma arrojadiza por dos razones: porque éstas a veces pueden convertirse en bumerán o porque, aún peor, pueden acarrear problemas con un asunto que apenas los genera, dando argumentos a la carcundia que sabe hacer de un troncho de col una ópera con estas cuestiones, porque el anticatalanismo en vena es un chute que siempre funciona entre los sectores más reaccionarios. La irrupción de la lengua en la campaña electoral es un error, aunque éste sea un lobo que Zaragoza haya vestido de caperucita.
Uno piensa que, puesto a pedir imposibles, hubiera podido solicitar un debate por Eurovisión en francés o inglés. O, mejor aún, plantear que en el debate en Catalunya cada uno eligiera idioma, como en los duelos del XIX se escogía arma.
Noes bueno hacernos trampas al solitario. La lengua no debe ser un instrumento de erosión, sino de debate, no puede ser una mina antipersonal, sino una catapulta de argumentos.

Escribe un comentario