Crece el número de gijoneses que se asombran, o se espantan, del volumen que ha adquirido la construcción del centro de talasoterapia, en Poniente. Crece la impresión de que será un edificio imponente, en el mal sentido de la palabra: se impondrá sobre la línea costera, que romperá con rotundidad, sea cual sea el punto del puerto deportivo o de Fomento desde el que se observe.
Como ya hemos sostenido aquí, la impresión que causa un edificio en tripas, con encofrados y pilares al descubierto, es mucho más desoladora que el resultado final. Por tanto, habrá que esperar a su finalización para corroborar, o no, las malas impresiones. Sin embargo, existe un dato preocupante obtenido de la representación más fiel del balneario que hasta el momento se conoce: la maqueta que el Ayuntamiento ofreció este verano en su pabellón de la Feria de Muestras.
Lo primero que se constata es que la fachada noble del centro de talasoterapia mira hacia el mar de Poniente, pero muestra hacia el casco urbano su más áspera apariencia.
En efecto, la fachada trasera del edificio, la que se verá desde los paseos de la zona, consta de un severo acabado y de escaso atractivo para la contemplación.
Evidentemente, la faz acristalada y algo linda del balneario -en la zona donde el público balneario se repanchingará- mira hacia un espacio marítimo con el que cualquiera se solazaría.
Sin embargo, sabido es que que los edificios no sólo miran hacia algún lugar, sino que también son mirados desde el exterior. Lo que ha sucedido con el diseño del centro de talasoterapia es que se ha concebido para el deleite, en el interior, de sus usuarios, olvidando su integración urbana mediante la satisfacción de los observadores externos.
No sabemos si se estará a tiempo de mejorar esa fachada trasera, pero algo habría que hacer para que el espanto presente no se perpetúe. Esto lo sugerimos humildemente, y, sin olvidar «Salamandra», lo sostendremos salvo opinión mejor fundada.

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