Emilio Botín, como la Pantoja o los famosos de Operación Triunfo en verano, está haciendo una ronda por las Españas para saludar a sus mejores clientes y conseguir otros nuevos, lógicamente robados a la competencia. El pasado lunes, 2 de octubre, le tocó el turno a Bilbao, tradicional fortaleza del BBV, antes, y del BBVA, ahora. Por poner un ejemplo, es como si a Joan Laporta se le ocurriera visitar Chamberí dispuesto a captar nuevos socios para el Barça. De modo que el prócer cántabro alquiló una sala del Guggenheim y allí reunió a un centenar de abogados, notarios, registradores de la propiedad, pequeños empresarios, etc., ante quienes vendió las virtudes del SCH, perdón, del Santander, y su imparable récord de beneficios.
Y cuentan que en charla a parte con alguno de ellos, dejó escapar la especie de que “vamos a tener que hacer algo con el BBVA, que, por cierto, está muy apetecible”. El rumor lleva tiempo en el mercado, sin duda alimentado por el propio magnate, sin que hasta el momento la autoridad competente, tal que el señor Solbes, siquiera mediante alguno de sus comentarios-adormidera, haya descartado de plano semejante barbaridad tanto desde el punto de vista conceptual como fáctica, tanto desde el punto de vista de la Competencia como de la acumulación de poder. De modo que la bola de nieve ha seguido girando pendiente abajo y ganando arboladura, hasta que el viernes por la mañana se hizo carne, sombra amenazadora cuando, a la apertura del mercado, las acciones de Banesto empezaron a dispararse catapultadas por el rumor de que Botín lo vendía para financiar el asalto al BBVA.
Decían el viernes en el mercado –asunto casi imposible de probar- que el Santander venía recomendando desde hace semanas a sus mejores clientes comprar Banesto, porque algo importante iba a ocurrir. Ya saben, usted mete una pasta gansa en el Santander y, a cambio, el señorito le promete bajo cuerda dejarle participar en dos o tres de sus pelotazos vía información confidencial. That’s the way it works. Estilo Abelló, sólo que al final Abelló se enfadó porque Botín no cumplió. El caso es que el banco tardó más de dos horas, quizá tres, en desmentir el rumor, previo requerimiento de una CNMV que tenía que haber suspendido la cotización no sólo de Banesto, sino del Santander, cosa que sin duda hubiera hecho de no tratarse de Botín.
Parece bastante obvio que lo ocurrido el viernes ha sido una simple maniobra del potentado destinada a testar la reacción del Gobierno, de los medios de comunicación y de la sociedad española en general ante la eventualidad de esa gran operación. Y la respuesta que ha recibido, como no podía ser de otro modo en la democracia inane en que vivimos, no ha podido ser más favorable para sus intereses. El silencio de los corderos. La aquiescencia cómplice de una sociedad de mansos dispuesta a tragar con cualquier tropelía en todo orden de cosas: desde la autodeterminación del País Vasco, Navarra incluida, hasta la concentración del poder financiero en unas solas manos, las de un Emilio Botín convertido en el nuevo Juan March de nuestro tiempo, con capacidad para decidir sobre vidas y haciendas, además de, naturalmente, poner y quitar Gobiernos a su antojo.
Algunas cataplasmas favorables al proyecto empiezan a verse y oírse ya en los medios de comunicación, cosas como que la suma de SCH más BBVA apenas representaría el 25% del sistema crediticio español, y es posible que ese renglón aporte ese resultado, pero es obvio que cualquiera otro rubro de medida que se elija –financiación de las empresas, fondos de pensiones, etc.- rebasaría con comodidad el 50% del total. Con todo, los reparos que, en términos de Competencia, pudieran ponerse a un proyecto semejante, con ser muchos e importantes, resultarían frívolos e insustanciales, casi un juego de niños, comparados con los riesgos que, para la salud de una democracia tan tocada ya de todos los remos como la española, supondría tan descomunal acumulación de poder en una sola persona.
En el Reino de la corrupción institucionalizada en que vivimos, ningún reparo deberíamos esperar por parte del Gobierno Zapatero a un proyecto de fusión o absorción del BBVA por el Santander, y mucho menos desde el primer partido de la oposición. Tito Botín cuida con idéntico esmero a PP y a PSOE, necesitados ambos de mucha grasa para seguir operando sus costosas maquinarias. Y desde los medios de comunicación qué les voy a contar. Don Emilio tiene en Jesús Polanco a su par, y la figura y andanzas judiciales del banquero cuentan desde siempre con la protección del primer grupo de comunicación del país. Sobradamente amparado contra cualquier acechanza mediática por Prisa, Pedrojosé viene desde hace tiempo haciendo ímprobos esfuerzos por granjearse la confianza del magnate, de modo que el golpe de mano sobre el BBVA sería igualmente aplaudido desde El Mundo. Del resto de editores hispanos poco hay que decir. Prietas filas al lado del poderoso, que además gasta sumas ingentes en publicidad para mantener todas las bocas cerradas.
Impedir una operación de acumulación de poder semejante debería convertirse en una obligación moral para cualquier demócrata, aun en el caso de que el protagonista de tamaña ambición fuera la madre Teresa de Calcuta, aun en el caso de que el banquero Botín fuese el hombre más bueno, ecuánime y justo del planeta. Se trata de una cuestión de salud democrática. Esto es lo que en 1938 escribía de Juan March el periodista y escritor norteamericano Franck Jellinek: “Financiador de una guerra civil a gran escala, March simplemente no reconocía las convenciones. Completamente cínico, sin ningún escrúpulo y completamente egoísta, él fue el moderno pirata que no infringe la ley sino que simplemente la ignora”.
Sólo una sociedad que ha hecho almoneda de cualquier resorte de fibra moral en el altar del dinero podría consentir que una operación semejante se llevara a efecto. Pero ahí está don Emilio, seguro de que ahora o nunca, convencido de que la sociedad española está madura para aguantar lo que le echen. Asediado por problemas judiciales de todo tipo, a punto de volver a sentarse en el banquillo, el banquero reacciona con un órdago a la grande, sabedor, como antaño dijera Carlos Solchaga, de que en la España moralmente castrada por el franquismo -la peor herencia de la dictadura-, el tipo que echa la pata palante, cita al bicho y aguanta la embestida, sale por la puerta grande. Y son millones los maletillas dispuestos a sacarle a hombros.

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