El arte de estar harto
Ante las elecciones catalanas, cada cual tiene su personal sondeo. Y de todas las cosas que nos cuentan y de cómo las cuentan surgen algunas constataciones. Primera constatación: el reflujo de la ilusión. De la misma manera que el débito marital no exige pasión, también se percibe un incremento de votantes que acudirán a las urnas por pura rutina democrática. Más aún se percibe un incremento de votantes que pueden dejar de serlo.
Segunda constatación: en todas las motivaciones declaradas del voto se intuye un aumento de sufragios defensivos. No hay esperanza de nada constructivo. Se incrementa el voto a la contra: gente que votará a unos para castigar al otro o para impedir que el otro mande. Miren, escuchen y pregunten a su alrededor. Los motivos del voto ante las próximas elecciones autonómicas catalanas no se nutren de sólidos planteamientos ideológicos. Coinciden los unos y los otros en una frase justificativa: "Voy a votar a estos porque ya estoy harto".
El estado de hartazgo es universal y envolvente. En una sociedad malcriada como la catalana, sometida a la ducha escocesa entre la eficacia y el simbolismo, el hecho de estar harto es una de las pocas pulsiones nuevas que lleva a las urnas. Lo colectivo ha dejado paso a la afirmación personal. Los partidos eran entonces una emanación fiel de los sentimientos individuales. Hoy, en cambio, el partido ya no es nuestra herramienta delegada, sino un desencantado mal menor que se rige por reglas incomprensibles y que se blinda ante la mirada o la queja de sus propios votantes. En estas condiciones, la fe en las siglas ya no es automática. Y para hacerse oír hay un votante en aumento dispuesto a demostrar su hastío y su protesta. Hartos de tripartito, hartos de pospujolismo, hartos de la COPE, hartos del nacionalismo, hartos de izquierdas frívolas, hartos de que los que hicieron de Maragall un político de usar y tirar. Todos los hartos tienen causas reales. Pero la suma de todos ellos nos da un país cabreado e impotente, incapaz de excitarse con hormonas de campaña electoral.
Urbanismo atómico
Finalmente parece que los norteamericanos se van a rascar el bolsillo para limpiar, si pueden, la radiactividad de las bombas que hace 40 años cayeron sobre Palomares. Por lo visto esa limpieza urgía, porque hay constructores dispuestos a edificar en el municipio y no quedarse al margen de la especulación de la costa mediterranea. No ha sido la ciencia ni la seguridad lo que propicia esa limpieza, sino el afán especulativo de la construcción. Fraga se bañó en Palomares y está como unas pascuas. Si en 1966 España hubiera sido democrática, la caída de cuatro bombas atómicas americanas habría llenado las calles de manifestantes. Cuarenta años después, los hijos de aquellos inexistentes manifestantes se disponen a comprar un apartamento sobre isótopos radiactivos que duran más de mil años. Antes nos defendíamos. Ahora no nos importa suicidarnos.
El músico silencioso
Un acto académico acaba con un concierto de piano. El pianista mira el papel como un secretario de juzgado. El acorde final y los aplausos. Poco después me acerco al chico que ha ido girando las hojas de la partitura y le doy las gracias. Sin él no habríamos levantado el vuelo y el arte hubiera sido un cansino fragor de artesanía.

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