Dos guerras han asolado Iraq desde el misión cumplida de Estados Unidos: una guerra clásica entre la resistencia iraquí y el orden impuesto por los estadounidenses, que ha matado a miles de personas, y una guerra sucia librada vicariamente por los muyahidines suníes asociados con Al Qaeda y los escuadrones de la muerte chiíes contra enemigos civiles,que ha matado a decenas de miles de personas. Si no se encuentra pronto una respuesta política, se producirá de modo inminente una sangrienta desintegración del país con catastróficas implicaciones regionales.
Los informes del fin de semana acerca de la unión de algunas tribus suníes contra los asesinos de Al Qaeda y de la ofensiva gubernamental contra las bandas paramilitares son pasos positivos orientados a detener la escalada hacia la guerra civil. Sin embargo, esos esfuerzos podrían no ser suficientes o llegar demasiado tarde. En julio pasado, el depósito de cadáveres de Bagdad registró la destacada cifra de 1.855 muertos; y, a pesar del despliegue en Bagdad de 8.000 estadounidenses y 3.000 soldados iraquíes durante el mes de agosto, 1.526 iraquíes fueron asesinados, la mayoría con señales de haber sido torturados y ejecutados, víctimas de la guerra sucia. (Desde entonces, los funcionarios del depósito de cadáveres se han jubilado o han huido del país.)
Sobre la oposición iraquí recae una responsabilidad parcial, aunque indirecta, por haber permitido a los muyahidines árabes e iraquíes, de infausta memoria, organizarse y circular con plena libertad por las zonas suníes. Sus espantosos ataques contra civiles chiíes, sus representantes y sus lugares de culto han hecho descarrilar la causa de la resistencia contra la ocupación y han alimentado los odios confesionales y las represalias sangrientas. Tanto por su pasado como por su modus operandi desde Afganistán hasta Argelia, no tenían que haber sido bien acogidos en Iraq.
En un importante cambio producido la primavera pasada, los grupos suníes acusaron a los combatientes extranjeros asociados con Al Qaeda de mancillar el nombre de la resistencia con su terrorismo enloquecido y pasaron a la ofensiva para desbaratar sus operaciones en las regiones occidentales. Según informó el diario londinense The Daily Telegraph (11 de marzo del 2006), los enfrentamientos entre los suníes que aceptaban participar en las elecciones generales y los asociados a Al Qaeda que rechazaban hacerlo explicaron en parte la considerable caída en el número de atentados suicidas en Iraq. Sin embargo, las atrocidades paramilitares contra los civiles suníes han debilitado su lucha contra la Al Qaeda iraquí.
Aunque el Gobierno de Bush rechaza cualquier responsabilidad directa en relación con los escuadrones de la muerte y ha pedido su disolución, tiene sobre ellos una grave responsabilidad indirecta. La formación y el apoyo otorgados por el Pentágono han convertido las fuerzas de policía especiales iraquíes en una fuerza formidable en el seno de los cuerpos de seguridad del país. Y cuando Estados Unidos decidió no tener contemplaciones en la lucha contra la insurgencia, los nuevos grupos paramilitares tomaron cartas en el asunto mientras los estadounidenses miraban hacia otro lado.
El cambio del Pentágono hacia una opción salvadoreña a mediados del 2005 significó convertir en objetivo no sólo a los insurgentes y los terroristas, sino también a cuantos les echaban una mano. En la década de 1980, el apoyo y el entrenamiento de las fuerzas gubernamentales y paramilitares salvadoreñas por parte estadounidense condujo a una guerra más general contra la insurgencia y la izquierda que segó la vida de 70.000 personas, la mayoría civiles y entre las cuales hubo monjas, sacerdotes y periodistas.
Los escuadrones de la muerte iraquíes se crearon a mediados del 2005 en el Ministerio del Interior encabezado por Bayan Jaber, un destacado miembro del Consejo de la Revolución Islámica, establecido desde hace tiempo en Irán. Jaber dirigía a unos cien mil hombres armados y contó con el apoyo ilimitado de las fuerzas de la coalición. A los seis meses de que circularan ampliamente los informes acerca de bandas paramilitares que arrojaban cadáveres en las calles y los vertederos de Bagdad con señales habituales de tortura (cráneos rotos, marcas de quemaduras, agujeros hechos con taladro), Washington seguía negando la evidencia. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld se refirió a ellos en noviembre del 2005 como "comentarios no confirmados".
Desde entonces, las fuerzas especiales respaldadas por Estados Unidos han cruzado la línea divisoria entre la contrainsurgencia severa pero organizada y los sanguinarios ataques encubiertos contra civiles sospechosos. Más de 300 profesores universitarios iraquíes y miles de otras personas pertenecientes a las elites suníes han sido asesinados, y también se cuentan por miles los que han huido del país.
Por desgracia, adaptarse al enemigo y sus estrategias en Iraq es la peor lección que cabe extraer de la experiencia centroamericana, y más aún después del 11-S. El reclutamiento y la formación de decenas de miles de muyahidines para luchar en el Afganistán de la década de 1980 resultó ser un fracaso cuando se volvieron contra Estados Unidos en la década de 1990, con la culminación de los atentados en Nueva York y Washington en el 2001. Como el caso de esos "fascistas suníes", por utilizar las palabras del presidente Bush, entrenar a los nuevos "fascistas chiíes" y permitirles desempeñar un papel en el principal campo de batalla de la guerra mundial contra el terrorismo podría conducir a resultados similares paralelamente a la intensificación del conflicto con Irán.
Si, como es de esperar, la situación sigue deteriorándose, el país "se irá a pique", como ha manifestado el presidente del Parlamento Mahmud al Mashadani, y ello convertirá en improbable cualquier solución política a largo plazo. Y si sobrevive de forma milagrosa al deterioro sectario, la operación Libertad Iraquí seguirá siendo una guerra imposible de ganar en la medida en que las provincias orientales caigan en manos de la insurgencia iraquí y Bagdad no deje de ser rehén de una endemoniada guerra urbana. Peor aún, la multiplicación de los grupos yihadistas,las bandas criminales y las escisiones de los paramilitares están complicando la contrainsurgencia y los esfuerzos de la reconstrucción, los dos pilares interdependientes de cualquier supuesto éxito.
La parálisis estratégica y el continuo deterioro tras más de tres años de costosas luchas dejan bien claro que no hay una solución militar al conflicto en Iraq, ni limpia ni sucia. Solamente las negociaciones, así como el compromiso entre rivales políticos, algunos de los cuales tienen representación en el Parlamento electo, podrían detener este descenso hacia la guerra civil.
La muy prometida iniciativa gubernamental de la reconciliación nacional entre la resistencia de base iraquí y el Gobierno se ve obstaculizada por las luchas en las calles y los secuestros urbanos, las torturas y los asesinatos de la guerra sucia. Por eso Washington necesita tomar medidas severas contra los escuadrones de la muerte y comprometerse de modo solemne a alentar y respaldar al Gobierno de Al Maliki en la adopción de grandes pasos hacia la reconciliación nacional, aun cuando eso signifique una retirada estratégica de Estados Unidos. Mejor ganar perdiendo en Iraq que seguir librando una guerra imposible de ganar.

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