Cuando, después de perder dos elecciones, Felipe González llegó al poder, hace casi un cuarto de siglo, dijo que quería gobernar “para que España funcione.”
Llegué a tener bastante cercanía con González y pronto caí en el cuenta de que era socialista a fuer de ser regeneracionista. Pero, como sabe todo liberal, el poder corrompe y el poder absoluto –fueron cuatro legislaturas, que se dice pronto, de felipismo– corrompe absolutamente.
Cuando, también en su tercer intento, José María Aznar consiguió, hace una década, cruzar el umbral de la Moncloa como inquilino, dijo que su intención no era “buscar bajo las alfombras” sino “abrir ventanas”. Le tocó a Aznar recoger el ya maltrecho testigo del regeneracionismo y demostró enseguida que la derecha liberal le gana por goleada a la izquierda a la hora de levantar un país y una sociedad. Por contra, no recuerdo ni una sola frase de Zapatero que haya podido resumir su ambición política en la última campaña electoral. Lo que sí retengo, como todos, en el tímpano, es el griterío de “mentira” que le permitió hacerse con el poder en su primer intento y por accidente.
El Gobierno ZP ha cumplido ya dos años y medio y a mí me parece que España funciona peor y que las ventanas se están cerrando. En Cataluña, las ventanas las ha cerrado un Estatut que roza el ridículo en su afán intervencionista, y en el País Vasco, donde las ventanas nunca han dejado entrar aire fresco y puro, el pacto en ciernes con una organización totalitaria las va a cerrar bajo siete llaves. Cuando Zapatero se pone a acusar a líderes del Partido Popular de ser representantes de la “extrema derecha”, a mí me parece que ha perdido cualquier discurso que pudo, quizás, tener. González no comenzó con esa monserga hasta su última legislatura cuando su discurso, porque lo tuvo, había ya enmudecido. El recurso a la “extrema derecha” es señal inequívoca de agotamiento en el reino de las ideas.
Sin embargo, las encuestas dan pocas alegrías al principal partido de la oposición cuya misión es encabezar esa alternativa en el poder, que es la esencia de toda democracia parlamentaria. A lo sumo, las encuestas indican un empate técnico. “Yo diría que al Partido Popular le falta un discurso, una narrativa,” me dijo el otro día un fino analista inglés que se gana dignamente la vida asesorando con bastante éxito a David Cameron, la nueva revelación conservadora en el Reino Unido. Esto me hizo bastante gracia porque lo que ha distinguido al joven Cameron desde que se hizo con las riendas de los tories hace algunos meses es evitar presentar un programa concreto y hacer promesas. Su discurso en el congreso del partido conservador, la semana pasada, en la ciudad de Bournemouth fue una muestra de mucha, y buena, retórica, y de poca, o ninguna, política.
“Ya vendrá la política,” me dijo mi amigo. “Lo importante en este momento es establecer un personaje, una personalidad en la cual pueda confiar gente que dejó de votar a los conservadores o que jamás los han votado.” Hasta el verano que viene, Cameron no hará público un documento que ha titulado Construir para durar, en el cual se supone que habrá programa y promesas en torno a seis iniciativas políticas concretas, que van desde la innovación hasta la inmigración y que ha encargado a otros tantos pesos pesados de su partido. A la espera del documento, lo que tiene que hacer Cameron, según sus asesores, es “centrarse”, aun a costa de levantar murmullos entre las filas de la vieja guardia conservadora, tal y como lo hizo Tony Blair en un parecido ejercicio de márketing hace ya muchos años. Y esto es exactamente lo que consiguió Cameron en el congreso de Bournemouth. De hecho, prácticamente, la única preferencia política que se le conoce es el decidido apoyo a todo lo ecológico y lo verde, preferencia que demuestra un fino instinto de corrección política.
Las necesidades del PP
Observando el ruedo ibérico desde la grada, mi amigo inglés cree que el Partido Popular no tiene la imperante necesidad de crear la personalidad de un nuevo líder que hasta hace poco acusaban los tories. Ya tiene un liderazgo. Como todo en la vida, la imagen de los dirigentes de la derecha liberal española puede mejorarse pero ya están perfectamente “centrados” y están a años luz de cualquier dogmatismo. Por eso insistió en lo del discurso, en una narrativa, clara y coherente, que llegue a un electorado crecientemente desconcertado.
Desde la distancia, él, al menos, cree que tiene un buen recorrido un discurso “nacional”, europeo y atlantista, sin complejo alguno, y un discurso de “valores”, de libertad y de responsabilidad y de esfuerzo individual. Tiene también recorrido todo lo que sea enfatizar la familia y una cultura de “respeto”, de basta ya de botellón, para entendernos. Y lo tienen políticas puntuales de inmigración, por ejemplo, y de seguridad y de calidad de enseñanza. Le comenté lo de “que España funcione” y lo de “abrir ventanas” y se rió. “Es que tenéis el discurso”, me dijo. Pues eso, regeneracionismo, play it again.

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