Octubre 08, 2006

Politkovskaya. Los enemigos de la libertad en Rusia recibieron ayer una gran noticia. La periodista Anna Politkovskaya fue asesinada con cuatro disparos en la entrada del edificio de Moscú donde vivía. Fue probablemente un crimen por encargo, uno más de los muchos que se producen en Rusia con implacable regularidad.

Politkovskaya, de 48 años y con dos hijos, estaba considerada en Occidente y en su país como la voz crítica más relevante que sobrevivía en la Rusia de Putin. Lo primero la convertía en objeto de admiración y por eso recibió varios premios. Lo segundo ponía su vida en el punto de mira de enemigos muy poderosos. Según las estadísticas recogidas por el CPJ, Rusia es el tercer país más peligroso del mundo para un periodista.

Tanto ella como el diario en el que trabajaba, Novaya Gazeta, mantenían con su valor la ilusión de que Rusia es un país democrático en el que se respeta la libertad de expresión. Su simple existencia era una prueba de que la batalla no estaba perdida, pero bien pudiera ser que se tratara de un simple espejismo.

Desde su llegada al poder, Putin se preocupó por poner fin al pluralismo que caracterizó el ambiente periodístico de la era de Yeltsin. La televisión fue controlada. Los medios de comunicación privados acabaron siendo silenciados. La mayoría de sus dueños aceptó seguir las órdenes del Kremlin. Los que no lo hicieron terminaban recibiendo la visita de policías y fiscales. El mensaje era claro: todo el que se resistiera acabaría como poco en prisión.

La prueba de fuego de la sumisión tenía que ver con Chechenia. La primera guerra chechena concluyó con la retirada de las tropas rusas, en buena parte por la presión de los medios de comunicación. Putin no iba a permitir que se repitiera la historia. Sobre la república rebelde cayó un manto de silencio. No sólo las torturas y la destrucción de pueblos enteros desaparecieron de periódicos e informativos de televisión. La criminal negligencia de los mandos militares y las penosas condiciones de vida de los soldados quedaron también eliminados del debate público.

Contra todo eso se rebeló Anna Politkovskaya. Arriesgó su vida en varias ocasiones para viajar a Chechenia. Entrevistó a las personas que habían sido torturadas y documentó los abusos cometidos. Cuando el Gobierno ruso declaró la victoria, que no significaba precisamente el fin de la guerra, muchos periodistas dieron por cerrado el expediente de Chechenia, pero Politkovskaya no se rindió. Cuando la guerrilla chechena, privada de cualquier opción de victoria, degeneró en una serie de clanes armados dedicados a operaciones terroristas cuyo objetivo era la población civil rusa, Politkovskaya no llegó a la extendida conclusión que justifica cualquier violación de los derechos humanos por las necesidades de la guerra contra el terror.

Su asesinato coincide con dos cumpleaños. Ha sido asesinada el mismo día en que Putin ha cumplido 54 años. Y sólo dos días después del 30º cumpleaños del hombre fuerte de Chechenia, Ramzán Kadírov. Ésta es la fecha que deberíamos tener en mente.

Kadírov combatió, al igual que su padre, en las filas de los rebeldes en la primera guerra. Al reanudarse las hostilidades en 1999, Ahmad Kadírov se pasó al bando prorruso. Se convirtió en presidente de Chechenia en el 2003 y fue asesinado en un atentado un año después.

Por entonces, su hijo aún no había cumplido 30 años -la edad mínima para ser presidente-, por lo que tuvo que conformarse con el nombramiento de viceprimer ministro. El cargo poco importaba. Su poder residía en su milicia, los llamados kadyrovtsy, que contaba con el apoyo del FSB ruso (el antiguo KGB) para cazar a los grupos en los que se había dividido la guerrilla chechena.

Los kadyrovtsy son el clan armado más peligroso de Chechenia. Politkovskaya llevaba tiempo documentando sus crímenes: su política de secuestrar a familiares de sospechosos y sus prisiones secretas donde se tortura a los detenidos. De hecho, Politkovskaya tenía previsto publicar mañana un reportaje sobre secuestros y torturas en Chechenia, según el subdirector de Novaya Gazeta. Contaba con declaraciones de testigos y fotos de los cadáveres mutilados. En una entrevista reciente, la periodista dijo que había prestado declaración en un caso de doble asesinato en el que estaba personalmente implicado Kadírov.

Tras protagonizar varios enfrentamientos armados con otros clanes prorrusos, Kadírov había aceptado disolver su milicia e integrar a sus hombres en la Policía, probablemente por presiones de Moscú. Gracias a un oportuno accidente de tráfico del primer ministro, Kadírov terminó asumiendo su puesto, dejando en el aire la posibilidad de forzar su paso a la presidencia al cumplir los treinta.

Ahora que ya tiene la mayoría de edad política, no parece tener prisa en relevar al presidente, cuyo mandato no concluye hasta el 2008. Es posible que Putin no esté dispuesto a permitir una guerra entre sus aliados chechenos para complacer los deseos de Kadírov. Antes es necesario blanquear el currículum de un señor de la guerra con modales de gánster. Por ejemplo, convirtiéndole en miembro honorario de la Academia Rusa de Ciencias Naturales. Una distinción muy adecuada para alguien cuyo gran ídolo es el boxeador Mike Tyson.

Politkovskaya era un obstáculo en el camino de Kadírov hacia el poder. No iba a cejar en su empeño de contar la verdad. Si alguna vez Kadírov conseguía su propósito, podríamos estar seguros de que la periodista hubiera contado al mundo que Moscú había colocado a un criminal de guerra en la presidencia de Chechenia.

Libros de Anna Politkovskaya publicados en español:

"Terror en Chechenia", Ediciones del Bronce, 2003.
"Una guerra sucia", RBA, 2003.
"La deshonra rusa", RBA, 2004.
"La Rusia de Putin, Debate, 2005.