El trampantojo gana nuevas e insospechadas posiciones. La palabra trampantojo - en francés, trompe l´oeil-suele usarse para denominar aquel género pictórico que, mediante trampas o artificios visuales, engaña al espectador haciéndole ver lo que no es. Esta variedad artística tuvo altas expresiones en el Renacimiento, con sus perspectivas urbanas ilusorias; también durante el barroco, con sus ascensiones pintadas al fresco en las bóvedas de los templos; y de la mano del surrealismo, gracias a Dalí o Magritte.

En la actualidad, cuando los efectos especiales y la virtualidad dominan el relato cinematográfico, videográfico o incluso plástico, el trampantojo de toda la vida parece buscar refugio en el cuerpo humano. En particular, en el de las damas, y, más concretamente, ahí donde la espalda termina. Según ha apreciado, haciendo honor a su nombre, Le Nouvel Observateur,la sensación de esta rentrée en materia de corsetería es - disculpen la llaneza- el falso culo. Es decir, unas bragas, genéricamente denominadas bottombra,en las que se integran dos almohadillas (una sobre cada nalga), destinadas a realzar las posaderas de sus usuarias, aparentando así un trasero respingón, orondo, opulento, rematado en su zona superior por suave meseta. (Nada nuevo, al decir de las expertas consultadas, salvo el presente éxito de la empresa, puesto que lanzamientos anteriores no cuajaron).

Los actuales impulsores del falso culo son los mismos que en su día idearon el Wonderbra, marca que cabría traducir al castellano como "sujetador de maravillas". Como recordarán los lectores, se trata de un sostén que eleva el busto femenino recurriendo a presiones laterales, mediante las cuales se logra un fraternal reagrupamiento y un satisfactorio rediseño de los volúmenes pectorales. El prestigio del Wonderbra y - en no menor medida- las fotos promocionales del nuevo bottombra (exhibido por una modelo abrigada con ambas prendas y un fular a topos) han propulsado un fulgurante despegue de la prenda. En su primer día a la venta los comercios parisinos agotaron sus existencias en un suspiro.

Las causas de semejante furor adquisitivo son diversas. Algunas remiten al ámbito económico-sanitario: este tipo de postizos de quita y pon resultan más baratos y menos dolorosos que los implantes fijos de aplicación quirúrgica. Otras causas aluden al influjo de la actriz Penélope Cruz, que en la almodovariana Volver acredita una protuberante personalidad, acaso enriquecida para la ocasión. Y, en definitiva, y al decir de los preceptivos estudios de mercado, no se debe olvidar que un 70% de mujeres encuestadas se declararon partidarias de redondear al alza sus atributos físicos.

Vivimos pues tiempos de trampantojos ambulantes. Y no sólo femeninos. La igualdad sexual ha propiciado la reaparición, en paralelo a la de los falsos culos, de las coquillas masculinas, gentileza, esta vez, de la marca Scandale. Las hay normales y las hay ostentosas, siendo las últimas de proa más afilada, e integradas en calzoncillos transparentes o de encaje, a elegir, en función de las dimensiones que se quieran suponer a cada falso falo...

Es el progreso, y no cabe sino admirarlo. De seguir por esta senda - del falso culo al falso falo, y de ahí al falso ojo y al falso bazo, etcétera-, quizás algún día consigamos producir falsos cerebros, que buena falta van haciéndonos para llegar a ser, si cabe, más listos de lo que somos. Ni que sea aparentemente.