TESTIGO IMPERTINENTE

Letizia está desmejorada, pero no por su embarazo, sino por una travesura de Sabina.

Los monárquicos ya han corrido a chivárselo a Peñafiel.

Vuelvo de vacaciones y todo sigue más o menos igual: Garzón haciendo de las suyas y Gallardón, de las nuestras.

Sucedió hace una semana, estando servidora en el quinto pino, esquina con el sexto. Despatarrada en una tumbona, contemplaba plácidamente las últimas musarañas de mis vacaciones. A un lado, la tarde color cobre. A otro, los mosquitos que aguardaban la llegada del anochecer para lanzarse sobre mis brazos descapullados. En medio del silencio oí un ruidillo entrecortado y seco, zumbón. Era el vibrador de mi móvil, que daba brincos sobre la mesa como un saltamontes. Llevaba varios días mudo y me sobresalté. Poseída por la curiosidad, leí el mensaje sin ponerme las gafas: «Carmen Martínez Bordiú, jefa de comunicación del pepé en sustitución de Belén Bajo». Sorpresas te da la vida, pensé. Empiezas bailando la conga en televisión y terminas moviendo la batuta en Génova. Todo es cuestión de proponérselo.

Releí el sms un par de veces más hasta que, pasado un rato, caí en la cuenta de que no decía Carmen Martínez Bordiú sino Carmen Martínez Castro. Lástima. Cuánto más previsibles son las noticias, menos savia contienen. Carmen Martínez Castro es briosa y muy lista, pero yo hubiera preferido que le dieran el puesto a la Bordiú y que ella ganase el concurso de baile con 'Poty'. En cuanto a Belén Bajo, me han dicho que no se queda atrás. La hasta ahora jefa de comunicación del pepé estrena carrera política en la Comunidad de Madrid. Espero que le vaya bonito. Esperanza tiene más carácter que Mariano, como de aquí a Lima.

Alarmada por la confusión de nombres, me eché a temblar. Pocos días atrás había recibido, también vía sms, la comunicación del embarazo de doña Letizia, noticia que me encargué de divulgar con alborozo propio de tieta (y luego dirán en Zarzuela que no me porto). Pero enseguida sufrí un acceso de dudas con efecto retardado. ¿Habría leído bien? ¿Era Letizia la propietaria del embarazo o estaba confundiéndola con la Campanario? Aclarado ese extremo, lancé al aire una felicitación y me adelanté a desearle a doña Letizia una horita corta.

De vuelta a casa he encontrado a la Princesa lírica y feliz, pero suavemente desmejorada. No es el embarazo, sino el efecto de un chiste atravesado en el hígado. Los medios de comunicación señalan como culpable del disgusto hepático al cantante Joaquín Sabina, que insuflado de espontaneidad republicana reprodujo el chiste en una biografía reciente. Sabina es así: deslenguado, pícaro, veloz. La gente lo quiere y le ríe las travesuras, pero esta vez se ha valido de él para sacarle los colores a la Princesa de Asturias. Buenos son los monárquicos. Les sobró tiempo para ir a Peñafiel a chivarse.

El jueves pasado, los Reyes impusieron en Córdoba la Medalla de las Bellas Artes. Entre los galardonados estaba Joaquín Sabina, que seguramente escrutó la mirada del monarca por si contenía alguna reprimenda dedicada. Si la hubo, no trascendió. Sin embargo, una vez finalizado el acto, el cantante fue asaltado por los chicos de la alcachofa y cantó. Dijo que a la Princesa de Asturias no le había sentado bien la difusión del chiste. Lógico.

Durante mi ausencia se ha casado Carlos Larrañaga, el galán de los papos caídos. Para mí que lo ha hecho a propósito. Con tal de hurtarme una crónica, cualquier cosa. Larrañaga se ha casado de tapadillo para asegurarse la mensualidad, que no está nada segura en estos últimos tiempos. El actor pone así un punto y seguido en su vida y en su economía. Si todo sale como imagino, el matrimonio se le irá por el sumidero del couché y el talón lo gastará en corbatas de Loewe. Menudo angelito.

Quitando bodas y embarazos, la actualidad sigue más o menos como la dejé. Garzón haciendo de las suyas y Gallardón, de las nuestras. Aznar, creando estilo (su última aportación al spanglish no tiene desperdicio: «¡Absurding!», profirió durante su reciente viaje a Estados Unidos). Fernando Alonso se muestra cada día más borde (todo hay que decirlo: un gran deportista, como un gran escritor, no está obligado a ser simpático) y Gonzalo Miró, más guapo. Bono deshace entuertos: él no será tertuliano en televisión. Julián Muñoz gana ya en popularidad a Isabel Pantoja. Y la mochila bien, gracias.

La musa de los 'malayos'

CHANEL NUMERO UNO. La revista Época ha puesto los dientes largos a los cazadores de exclusivas publicando en portada una de las imágenes más deseadas de los últimos meses. Se trata de la foto de Montserrat Corulla, la misteriosa testaferro de Juan Antonio Roca. No es una mujer al uso: ni rubia, ni mechada, ni con prótesis de silicona en los morros. Más bien todo lo contrario. Si la foto no engaña, tiene un aire premeditadamente fresco, apetecible, un poco francés. Su último novio es el empresario Gonzalo Muñoz, que se tiró el verano suspirando en Marbella con la mirada puesta en la meca de Alhaurín. Recordaba a Boyer, que vivió un trance semejante mientras Isabel Preysler se separaba de Griñón. Algunos enterados señalan a Corulla como la tercera dama chanel de la operación Malaya, pero andan errados. No es la tercera sino la primera. Tiene fama de devoradora de hombres, aunque no lo parece. En cambio, parece altiva y lo es. También lista, prepotente, enérgica. Tirando a arisca. Presume de amigos poderosos (Gallardón), y aparte de comprar palacios y administrar sociedades, se le atribuye la propiedad de una franquicia de masajes en las afueras de Madrid. Montserrat Corulla ha conseguido burlar el acoso de los paparazzi. La fotografía de Época es seguramente producto de la traición de algún enemigo o novio despechado. En la red de redes circulan comentarios muy expresivos sobre ella (machistas en su mayoría). Ha nacido una estrella. Se merece un especial de televisión.

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