Politkovskaya dedicó su vida a romper el muro de silencio sobre los abusos del Gobierno ruso en el conflicto checheno.
Puede haber dudas sobre quién disparó el gatillo, pero ningún diplomático, periodista o defensor de los Derechos Humanos que haya seguido de cerca la situación de Rusia en los últimos 10 años tiene la menor duda sobre las razones por las que ha sido asesinada, en su apartamento de Moscú, Anna Politkovskaya.
Era desde hace años la crítica más firme y valiente de la guerra en Chechenia y de los abusos del Kremlin de Vladimir Putin. En septiembre de 2004, cuando viajó a Beslan para informar del secuestro, asalto y matanza de centenares de personas en una escuela, los servicios secretos rusos intentaron envenenarla en el avión.
Nos lo confirmó en su último viaje a España, en febrero del año pasado, para presentar su último libro traducido al castellano, La Rusia de Putin (Debate). «Putin es una persona con grandes complejos, complejos personales. No sabe rectificar y eso es algo importante en un político. Yeltsin tenía mil defectos, pero sabía rectificar. Putin no. Es muy terco. Tal vez sufre por tener un físico insignificante y nosotros somos rehenes de sus complejos porque se ha rodeado de gente que no le puede hacer sombra», nos dijo.
Sobre Chechenia, nos comentó que se había convertido en «una guerra congelada que a nadie preocupa». Y añadía: «Es una guerra enquistada en la que cada día mueren militares y civiles. No sólo mueren, también desaparecen sin dejar rastro. En Rusia la muerte en combate ya es algo normal».
Creía que la única solución pasaba por la negociación y estaba convencida de que Putin no tenía el menor interés en negociar, aunque el presidente checheno Aslán Masjadov, y el jefe de la guerrilla, Shamil Basáyev, ya eliminados, estuvieran dispuestos a entenderse. Al final de nuestra conversación se confesaba sola y muy cansada, con pocas fuerzas para seguir luchando contra el todopoderoso Kremlin.
Boris Yeltsin permitió que centenares de periodistas informaran con relativa libertad de la primera guerra de Chechenia (1994-1996) y la perdió. Imponiendo una férrea censura sobre la segunda, desde 1999, Vladimir Putin ha ocultado el infierno checheno a los rusos y al mundo.
Jugándose la vida, Anna Politkovskaya, del periódico liberal ruso Novaya Gazeta, rompió ese muro de silencio y se convirtió en una de las escasas voces independientes sobre la última guerra abierta en Europa. En Una guerra sucia (RBA) y Terror en Chechenia (Ediciones del Bronce) se recogen más de 100 de sus mejores reportajes y entrevistas sobre el conflicto desde 1999 hasta 2002.
Mejor organizado y editado el primero que el segundo, los dos tienen un formato similar. Politkovskaya, licenciada en Periodismo en la Universidad de Moscú en 1980, se inició en Izvestia, pasó luego a los semanarios Megapolis Express y Obschaya Gazeta, y entró en contacto con la tragedia del Cáucaso cubriendo tribunales, prisiones y refugiados.
Su dominio del reportaje corto rozaba la perfección: estilo directo, contados adjetivos, tensión, buenas citas, drama, contraste, interés humano a raudales, sin pasarse jamás en color o efectos, las anécdotas necesarias... Sin pontificar, dejaba que los personajes hablasen y, aunque mantenía la distancia suficiente para que todos contaran su versión, se convirtió en la principal defensora de las víctimas.
Nadie sabe cuántas son. Moscú no ha actualizado sus bajas desde diciembre de 2002, cuando reconoció 4.572 soldados muertos y 15.549 heridos desde el 1 de octubre de 1999. Los separatistas denuncian en su agencia oficial, Chechenpress, de tres a cinco veces más. El principal órgano de propaganda del ala más radical checheno, Kavkav Center, sitúa en más de 40.000 los soldados rusos muertos y en más de 100.000 los heridos. Chechenia tenía antes de la guerra 800.000 habitantes. No hay una sola familia que no haya perdido a dos o tres de sus miembros.
No es fácil leer de un tirón a Politkovskaya, premiada con el Pen Club International 2002 y el Periodismo y Democracia 2003 de la OSCE. Los abusos, asesinatos, matanzas indiscriminadas, torturas, secuestros, destrucción de casas, ocultación de pruebas, mentiras, cadáveres en venta y corrupción sin límite que denuncian sus entrevistados superan todo lo imaginable y justifican con creces el título del primero de los libros: Descenso al infierno. El origen de ese infierno se remonta al siglo XVIII. Un pastor, el jeque Mansur, tuvo en jaque durante años a las huestes de Catalina la Grande y el general Yormolov, psicópata a las órdenes de Alejandro I, deportó, mató, violó y quemó hombres y casas para someterlos al imperio. Las limpiezas étnicas se han sucedido desde entonces. Las de hoy se diferencian poco o nada de las de Stalin y los zares. Por denunciarlas, casi en solitario, Polikovskaya ha sido asesinada.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario