DOS EN LA CARRETERA
Este diálogo casi socrático comienza con una reflexión por parte de Él sobre la extraña alianza entre CiU y ERC. Ella muestra su esperanza de que las elecciones de dentro de tres semanas puedan dar un vuelco a la situación, pero Él se muestra muy escéptico. Él se declara abrumado por la vocación política de Ella y le recomienda que vaya al teatro con Acebes. Pero Ella expresa con una cierta amargura que, en lugar de ir a ver El cartero de Neruda, se tiene que conformar con sintonizar el telediario. Son esos gajes de la política sobre los que ironiza Él.
EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CAMA
Querida Cayetana...
Nueva pareja de cama habemus. Me llama el gran Jesús Mariñas para preguntarme. Hay auténtica expectación en la Prensa rosa. ¿Se trata de Ana García Obregón y Ronaldiño? ¿De Zerolo y Moncho Borrajo? ¿De Jesusín y la nueva Campanilla? ¿De Chenoa y el hombre de confianza de Rubalcaba? ¿Del genio Pedro Almodóvar y Amenábar?
Pues no. Se trata de Artur Mas y Carod-Rovira porque la política sí hace extraños compañeros de cama. Mucho más que el amor. Tú, querida Cayetana, que tienes un ramalazo catalán por parte de marido, me dirás si son ciertos los contactos secretos que se atribuyen a Mas y Carod. Parece que en algunos de ellos han sido sorprendidos con las manos en la masa. In fraganti, que se decía en el Partido Popular cuando tu grupo se llamaba Alianza Popular.
Artur Mas cree que ganará de nuevo las elecciones como ocurrió en 2003 y no quiere que le madruguen por la izquierda, que eso es lo que le pasó entonces, gracias a nuestra absurda ley electoral. Así es que, según los cenáculos barceloneses, pretende entenderse con Carod Rovira para formar con él un frente nacionalista y devolverle al PSC la pelota que Maragall metió por la escuadra hace cuatro años al sucesor de Jordi. Asunto de fondo: la independencia. Carod Rovira hizo el paripé de mostrarse ofendido pero obtuvo de Zapatero en el Estatut la merced que quería: el término nación. Convergencia y Esquerra unidas exigirán a Zapatero, si el presidente por accidente vence sin accidente en 2008, que se reforme de nuevo el Estatut y que la nación catalana se articule en Estado.
¿Adivinas, Cayetana, lo que contestaría Zapatero? Y el pobre Durán Lleida sin enterarse. Y los votantes de Convergencia a la luna de Valencia y de Esquerra.
LA EXALTACION DEL CONSENSO COMO TIRANIA
Querido Luis María...
En tu caso, el ramalazo catalán viene por parte de madre, un vínculo inquebrantable como el mío con Buenos Aires. Tienes suerte: ninguna región de España es más rotundamente bucólica que el Ampurdán de Dalí, Boadella y Pla, y ninguna ciudad conjuga como Barcelona el discreto encanto de la burguesía, la decadente elegancia de la aristocracia mediterránea y la energía ecuménica del turismo de masas. En las playas del Puerto Olímpico, jóvenes afro-americanos juegan al baloncesto y chicas inglesas leen novelas policíacas a la sombra de un chiringuito con música chillout.
En cuanto a los catalanes, lo he escrito alguna vez: en general, son prudentes y templados, pragmáticos y descreídos, huyen de los extremos y adoran los términos medios. En Cataluña el consenso es amplísimo, aplastante. No hay verdaderos socialistas ni auténticos liberales; hay más agnósticos que ateos o místicos; y las exageraciones góticas y modernistas han sido sustituidas por el postmodernismo fálico de Jean Nouvel y Dick Florida. Esta homogeneidad proporciona a la sociedad catalana una estabilidad envidiable, facilita enormemente la convivencia y genera entre sus miembros un reconfortante sentimiento de pertenencia. Pero también ha ido anestesiando el espíritu crítico y erradicando el derecho a discrepar. La exaltación del consenso, Luis María, se ha convertido en la tiranía del término medio.
De ahí que los proyectos políticos de Mas y Montilla sean prácticamente imposibles de distinguir. Ambos predican sin credibilidad un catalanismo razonable. Ambos están cortejando en secreto al bufón de la corona de espinas para darle una nueva vuelta de tuerca al Estado residual. Ambos le deben el cargo a Zapatero, aunque ninguno de los dos se fía de él. Y ambos podrían acabar pactando la sociovergencia o, mejor dicho, el convergialismo; es decir, el suicido del PSC.
El resultado es que el Partido Popular se ha quedado solo. Solo como la única alternativa de un electorado que está harto de un nacionalismo fértil en conflictos y estéril en soluciones y de una clase política a la que no le interesan una butifarra las personas, sino únicamente el reparto del poder. Tenemos una oportunidad, Luis María, de empezar por Cataluña la construcción de la España de las Personas, que es la España de las Libertades. Y la vamos a aprovechar.
NERUDA, UNO DE MIS MEJORES AMIGOS
Querida Cayetana...
Ojalá tengas razón, niña. Pero me temo que dentro de un mes esa oportunidad de la que hablas en tu carta se habrá perdido. Yo no tengo sólo un ramalazo catalán como tú. La mitad de mi sangre es catalana y me siento identificado con los sentimientos y las aspiraciones de la Cataluña profunda. Durante siete años asistí todos los lunes al Consejo de Dirección de La Vanguardia, la mejor atalaya sin duda para contemplar y analizar la vida catalana. Sólo si el Partido Popular es capaz de convencer a los votantes de Convergencia y Unión de que Mas se aliará con Carod Rovira podrán desviarse votos de consideración a la exigua cesta de vuestro PP de Piqué.
Me abruma un poco tu vocación política, tan ávida. ¿Por qué no tomas del brazo a Angel Acebes y os vais juntos al teatro a ver El cartero de Neruda? Comprobaréis cómo el público roto de emoción aplaude a rabiar a una Tina Sainz asombrosa, a un Miguel Angel Muñoz que está soberbio, en gran actor, a un eficaz José Angel Egido y, además, a la hija de Ana Belén sobre la escena. Marina San José tiene mucho que aprender pero pasa la batería y sabe pisar las tablas. En algunos de sus ademanes y perfiles está su madre. Hace 40 años vi a Ana Belén interpretar su primer papel, un papelito, en la Numancia de Cervantes. Tenía 15 años y su hija me ha devuelto de golpe aquella imagen de una de las actrices más importantes del teatro y el cine español del último medio siglo. Aquella niñita de Lavapiés, Pilar Cuesta, sufría con el dolor de los demás y cantaba canciones tristes todavía sin cicatrizar. La he seguido desde entonces en todas sus interpretaciones teatrales, también en el cine y la canción. Ana Belén es un milagro mortal y rojo, con la voz espesa, el gesto exacto, la expresión corporal como un temblor de planta, los dientes nevados de nieve recién caída, de nieve que está cayendo entre el vértigo inaudito de la boca. Y tú, querida Cayetana, hablándome de Piqué y sus elecciones cuando la hija de Ana Belén interpreta una comedia en la que se aparece en palabra mortal uno de los mejores amigos que he tenido a lo largo de mi vida: Pablo Neruda.
LAS LUCES ENCENDIDAS EN GÉNOVA
Querido Luis María...
Con tanta campaña catalana, tanto cayuco y tanto ácido bórico, ¿de verdad crees que tenemos tiempo para ir a ver El cartero de Neruda? A esas y otras horas inciertas, la luz sigue encendida en Génova. Además, te confieso que cuando me entran unas ganas irreprimibles de ir al teatro, lo que hago es poner el telediario. Ahí también se ven unos melodramas tremendos, tejidos de traiciones, mentiras, dolor e incluso violencia. Te pongo un ejemplo: la saga de la rendición ante ETA.
El protagonista, José Luis Rodríguez Zapatero, ganador por aclamación del Goya al Mejor Actor Revelación, está soberbio. En la primera acepción del término. A Tony Blair, que en Oxford era conocido por sus vibrantes interpretaciones de los personajes más astutos y calculadores de Shakespeare, le ha tocado hacer de enjalbegador de la operación, dicen las malas lenguas que a cambio de un Peñón con vistas privilegiadas sobre la costa africana. Patxi López no puede estar más convincente en el papel de fotógrafo apóstata. Y Arnaldo Otegi, de nombre artístico El Gordo, triunfa como diseñador y constructor de mesas. Los espectadores y paganinis, mon semblable, mon frère, somos todos. Y el director, un tal Txeroki, que no tiene los «dientes nevados de nieve recién caída», sino unas pistolas negras como el agujero de una nuca.
Los tres últimos capítulos han sido verdaderamente escalofriantes. En el primero, los agentes encapuchados de Txeroki se presentan ante dos mil personas en un monte y dan siete tiros al aire entre gritos de que no dejarán las armas hasta conseguir la independencia. En el siguiente, irrumpe nuestro protagonista y, con cara de consternación, anuncia que, pese o debido a las amenazas, las negociaciones del Gobierno con los terroristas continúan. En el tercero, aparecen todos los personajes sentados en torno a la mesa de El Gordo, en cuyo centro se vislumbran las migajas del régimen democrático del 78 y los despojos de la dignidad nacional. La vida, Luis María, es puro teatro. Y una canción desesperada.
SOBRE UNA COLUMNA DE CAMACHO
Querida Cayetana
Ignacio Camacho, que tiene tiempo como Winston Churchill de ir al teatro, escribe una de las mejores columnas del periodismo español. Culto, coherente, moderado, su sosiego razonador resulta siempre convincente y eficaz. No es fácil mantener el equilibrio en estas horas convulsas que vivimos, tras la irrupción en la cristalería de la Transición del caballo caracoleante de Zapatero. Camacho, además, escribe como los ángeles. Su adjetivación y su metáfora se pegan a la frase como la piel a la carne. No hay nada forzado ni artificial en su escritura, realmente espléndida.
Su columna del miércoles El Gilipollas me hubiera gustado firmarla. Era perfecta de forma y de fondo. Se merecía una portada, claro, con la foto de las Azores arriba y la de Zapatero y Blair abajo. Camacho ha dado una lección a las cabezas pensantes del PP que han desaprovechado la ocasión de disparar con bala. El rebaño socialista lleva tres años balando por la foto de las Azores y, de pronto, viene Blair a Madrid, para pagar la merced que Zapatero le ha concedido en Gibraltar, y se convierte de despreciable Señor de la Guerra en Príncipe de la Paz. Ni a Fernando VII le ponían una carambola como la que ha aprovechado Ignacio Camacho para escribir un artículo caviable, mientras los populares hacían de espectadores arrellanados en sus butacas genovistas y en el despacho de Acebes, como en el de El Pardo, seguía encendida la lucecita que te fascina.
EL DOBERMAN Y CHURCHILL
Querido Luis María
Zapatero saca a pasear al doberman felipista para atacar al PP, y tú sacas a pasear al gran bulldog británico para reprocharme mi fracaso en la conciliación política y cultural. Te lo acepto. Ojalá pudiésemos ser más como Churchill. Y no sólo en los puros habanos que fuma Rajoy. Tampoco hace falta beber Pol-Roger con el desayuno ni recibir visitas en pijama de terciopelo granate y cremallera. Pero sí tener su coraje y fortaleza en la lucha por la libertad.
En Whitehall, hundido bajo la arboleda de Saint James, está el búnker desde donde Churchill dirigió y ganó la Segunda Guerra Mundial. Hoy es un museo: se visitan, como fueron abandonados, los habitáculos claustrofóbicos y modestos donde vivía y trabajaba el gabinete de guerra. Y una zona contigua ha sido reformada para recoger, de forma cronológica, documentos, fotos, grabaciones y objetos curiosos que permiten hacerse una idea de la dimensión del personaje. Su capacidad para aglutinar a un país entero en contra del totalitarismo y, lo que es aún más difícil, en contra de la tentación del apaciguamiento le convierte en el político más importante del siglo XX.
Y perdona que vuelva así a un asunto que, sí, me obsesiona, como creo que debería obsesionarnos a todos. Entre tanta confusión, Luis María, no nos percatamos de que estamos ante una encrucijada histórica. El Gobierno ha aceptado tratar a España y el País Vasco como si fueran dos países distintos, necesitados de una mediación internacional para resolver sus conflictos. ¿Debemos hacerlo los demás? Yo no me quiero rendir. Yo no me siento vinculada por los acuerdos que puedan alcanzarse en la mesa de partidos, al margen de nuestras instituciones democráticas. Y, como yo, hay millones de españoles que tampoco están dispuestos a canjear libertad por paz. Y que saben que, aunque nosotros tampoco tenemos nada que ofrecer más que «sangre, sudor, lágrimas y fatigas», tenemos la obligación de seguir luchando. Se lo debemos a los muertos. Pero sobre todo a nosotros mismos.
© Mundinteractivos, S.A.

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