Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) vive en Alemania desde hace 22 años, lejos del tinglado patrio, enseñando español a los niños del pueblo de Lippstadt y escribiendo un puñado de novelas como la impresionante Los ojos vacíos, que le confirman como uno de los mejores escritores españoles de su generación.

Para muchos, el más brillante. Un uso maestro del lenguaje –dignísimo heredero del Siglo de Oro– y un universo propio son las bazas con las que este donostiarra se ha camelado a la crítica más afilada y a unos lectores que aumentan por años.

Pese a la distancia, Aramburu no ha perdido comba de lo que acontece por aquí. Llegado al punto de madurez literaria que él mismo se exige, ha metido el dedo en la llaga del drama de la violencia en el País Vasco. Y lo ha hecho con un libro estremecedor, Los peces de la amargura, que publica Tusquets, diez relatos fieramente humanos, de apariencia falsamente sencilla, sobre los estragos del fanatismo.

Se asoma a la vida de heridos de cuerpo y alma, de envenenados por el odio, de cobardes y generosos, de asesinos y gente corriente. La hija inválida porque estaba en el sitio equivocado, la viuda del guardia asesinado, el etarra encarcelado y la madre que va a visitarlo, la madre del etarra muerto, la madre embarazada que quedó huérfana de niña un mal día; los vecinos que no se meten en líos, que prefieren no ver, no oír, no hablar. Cuánto dolor y cuánta humanidad. “Es cercanía emocional”, dice Aramburu.

No es un libro que haya publicado para que coincida con la tregua de ETA. “El tema ha llamado a mi puerta durante mucho tiempo, pero no encontraba el tono ni la manera. Me daba cierto temor suplantar la voz de las víctimas atribuyéndoles una voz que no fuera la que debía ser”.

Pero llegó un momento en que notó la mano ligera y le salieron los diez relatos, uno detrás de otro, aunque hubo momentos en los que tuvo que parar porque se emocionaba.

“Desde mi infancia, desde los primeros atentados, uno se siente interrogado. ¿Por qué matan a éste? ¿Por qué queman esto? Lo quiera o no, el ciudadano vasco se siente interpelado desde niño por la acción criminal continua. Era normal que escribiera sobre esa violencia, y que expresara mi solidaridad hacia las personas que la han sufrido, no sólo con artículos de periódico, sino también desde la literatura”.

Aramburu no juzga a nadie. Pero cree que hay que nombrar a los culpables por su nombre, aunque haya distintos grados de culpabilidad. “No es lo mismo poner una bomba que mirar hacia otro lado, aunque el que mira hacia otro lado ha aceptado ese estado de cosas, lo que implica cierta connivencia”.

La utilidad del perdón

Reflexiona también el escritor donostiarra sobre la utilidad histórica del perdón. “Recordemos a Willy Brandt de rodillas en Varsovia ante el monumento a los polacos caídos. Para los polacos fue un alivio, y Brandt no tenía que ver con el nazismo. El perdón genera un sentimiento de proximidad humana entre países y personas, y es el comienzo de la curación de las heridas. Por eso creo que el nacionalismo debería pedir perdón a las víctimas, según su grado de implicación, y luego seguimos”.

Aramburu sabe que ETA no va a pedir perdón. Como no lo van a pedir muchos políticos. “Es cierto. Pero se les puede recordar. Es muy importante conseguir que no se gusten a sí mismos”.

Dice Aramburu que el nacionalismo, en cualquiera de sus grados, no nace de una reflexión sosegada. “El nacionalismo se contrae, se contagia, porque uno entra en una atmósfera de antiespañolismo desde la escuela, con libros tendenciosos y declaraciones de políticos supuestamente moderados que aprovechan toda ocasión para generar odio contra España y todo lo español. Eso se graba de por vida: el votante nacionalista es un creyente”.

Desde Alemania, Aramburu está al tanto de los rifirrafes políticos españoles y de la crispación que se respira en la prensa. “Éste es un país habitado por personas mal avenidas –reflexiona–. Sería de agradecer que hubiera voces sensatas y tranquilas que opinaran sobre las cuestiones que nos alteran, a favor o en contra, pero transmitiendo sosiego.

A España le hacen falta gentes que aporten lucidez, y que no se dediquen a molestar, punzar o zaherir a otros. La crispación tiene una repercusión pedagógica sobre la población muy negativa”.

En Alemania, dice Aramburu, hay problemas y polémicas como en todas partes, pero se trasmite a la sociedad la idea de que los políticos son capaces de ponerse de acuerdo. “En España vivimos una riña de vecinos constante”.

Elogio de la impureza

Fernando Aramburu ha dedicado su libro “a la impureza”. “Me gusta el mestizaje –dice–. Me gustan las personas que no se aferran a una idea para toda la vida, me gustan las mezclas y los hombres capaces de dudar hasta de sí mismos. Me gustan los que no ponen bombas para quedarse a solas con sus utopías, los que no intentan construirse un paraíso con sangre ajena”.