Ni un fantasma, ni un espectro. Lo que recorre Europa es un movimiento político que cuestiona la validez de factores esenciales de nuestra cultura, de nuestros valores. La recorre una reacción ideológica que no se limita a matizar, sino que propone rectificar, invertir valores, un nuevo punto de partida. Es una extrema derecha que solo podemos calificar de nueva para distinguirla del fascismo clásico, incluso si proponemos separarla de los movimientos nostálgicos que siguieron a su derrota, en 1945. Pero es una vieja conocida de las crónicas periodísticas, de los análisis de las ciencias sociales.

Ha conseguido superar la etapa de la protesta con la que sacudió la conciencia de los franceses en 1984, de los italianos 10 años más tarde o de los austriacos justo cuando se acababa el siglo. Los redactores de Le Monde que escribieron L'effet Le Pen en 1984 tuvieron que editar Dix ans de l'effet Le Pen en 1994, en una reiteración que desmentía el sentido de precariedad que nos proporcionaba el título. El Frente Nacional fue convirtiéndose en una situación de hecho en la Francia republicana, fue "normalizando una anomalía", por decirlo de la forma paradójica que parece siempre exigir esta temática. Patrick MacCarthy se refería a Forza Italia como "un partido virtual" en un libro destinado a examinar la tormenta política de 1994.

NO PARECE que los resultados de la primavera del 2006 autoricen a situar las cosas en ese campo de falsedad visible. Ni siquiera las previsiones excesivamente personalizadas de Lotear Höbelt, cuando en su libro Defiant Populist identificaba el renacimiento de la extrema derecha austriaca con la persona de Haider, parecen haberse confirmado cuando, en las últimas elecciones, el Partido Liberal ha sobrevivido y triplicado el voto de su antiguo líder. Y, en muy pocas horas, Filip Dewinter podrá seguir manteniendo a una formación política que expresa, como lo hizo de forma masiva la Liga del Norte, de qué forma la reivindicación de una identidad popular puede desfigurarse en el populismo.

La modificación de los engranajes culturales del continente incluye una alternativa de extrema derecha que es distinta del fascismo de los años 30, como es distinta nuestra sociedad de la que produjo el fenómeno. Y que lo que importa no es la simple denuncia genérica, que no llega jamás a descubrir la lógica de una demanda social. Tiene que llegar a comprender, y más allá del mundo académico, qué insatisfacciones parecen consolarse. Entender, por ejemplo, por qué el Partido Nacional Demócrata alemán logra un 7,3% de votos en Mecklemburg, liderado por alguien cuya edad coloca su formación cívica --y posiblemente la de sus votantes-- en una época de seguridad comunitaria.

¿Qué puede significar la reivindicación de Valmy por Le Pen, sino la asunción por la extrema derecha de incluso la carga genética de un republicanismo desengañado, yendo a buscar un símbolo sans-culotte sobre el que edificar la "verdadera democracia" frente a los políticos "ajenos al pueblo"? Debería considerarse si lo que ocurre no corresponde a una descomposición preocupante, que ha precedido a los repetidos éxitos electorales de los antidemócratas. Por ejemplo, la frivolidad con la que tantas veces se ha considerado la integración cultural, el fatalismo con el que se ha aceptado la devastación de tranquilizantes escenarios familiares, en el ámbito de la producción y de los servicios sociales, pero también en el de la identidad colectiva: ese espacio en el que adquirimos un significado, una razón de ser y la garantía de un proyecto de futuro.
Habrá que pensar si el nuevo ciclo no es solo el del crecimiento del populismo de extrema derecha, sino el de una crisis de la política que tiene en él una de sus manifestaciones, de la misma forma que los valores que se consideraban asegurados tras la derrota del fascismo --solidaridad, responsabilidad social, equivalencia radical de los seres humanos, tolerancia activa-- han quedado atrás, como un monumento digno y deshabitado para visitarlo solo en días de ejercicios espirituales.

EL FASCISMO no creció como resultado de un espejismo popular, de un delirio colectivo, sino por la certidumbre de un estado de abandono, por la seguridad de la falta de congruencia entre las promesas y las experiencias sociales. La extrema derecha actual ha podido instalarse, en un mundo desguazado por la gran transformación de los años 80, sobre las vacilaciones de la izquierda. Algunas, para señalar la fragilidad de unas estructuras representativas. Otras, para advertir del difícil equilibrio entre identidad y multiculturalidad en un mundo cargado de inseguridades. Y, además, las que han parecido aceptar, como veredicto inapelable, la entrada en un mundo sin protección que millones de personas desean encontrar. La democracia tiene sus flancos asediados por un desafío que no procede de la imaginación exaltada, sino de la dura experiencia social. Esa que, hace solo 30 años, conducía a defender los valores opuestos a los que ahora se exhiben con el apoyo de amplios sectores populares.

Ferran Gallego. Profesor de Historia del Fascismo (UAB).