El escándalo que sacude al Partido Republicano en el Congreso de Estados Unidos podría acentuar la previsible derrota de los conservadores en las elecciones legislativas del próximo 7 de noviembre. Los demócratas necesitan ganar 15 escaños en la Cámara de Representantes y siete en el Senado para constituirse en mayoría. Pero aunque los sondeos dan unos once puntos de diferencia a favor de los demócratas, la peculiar geografía electoral no garantiza que esa ventaja se traduzca en mayoría parlamentaria. Por eso la crisis actual puede convertirse en el factor decisivo para el cambio político, al desanimar la participación en las elecciones de los sectores de la derecha cristiana, asqueados por la hipocresía de su partido. Teniendo en cuenta la tensa situación internacional (Iraq, Irán, Corea del Norte, Al Qaeda) y la actual política estadounidense, el culebrón de estos días en los mentideros del Congreso tiene implicaciones considerables para la geopolítica mundial.
Recordemos la historieta. El Congreso de Estados Unidos dispone de un programa de pajes. Se trata de una venerable tradición según la cual jóvenes de los últimos años de secundaria, entre los 16 y los 18 años, seleccionados por personalidades políticas en función de su promesa como ciudadanos, son becados para estar al servicio directo de los parlamentarios, sirviéndoles de ayudantes y aprendiendo de primera mano el funcionamiento de la democracia. Los muchachitos son una verdadera tentación para quien se sienta atraído sexualmente por ellos. El congresista Mark Foley, representante de un distrito muy conservador de Florida, y una de las estrellas ascendentes del Partido Republicano, llevaba tiempo (al menos desde el 2004) enviando mensajes cariñosos y en muchos casos explícitamente sexuales a varios de los pajes. Consiguió incluso invitar a algunos a cenar porque, para los jóvenes, la posibilidad de conocer de cerca a estos personajes puede abrir las puertas de su carrera en la política. No hay constancia de que mantuviera relaciones sexuales, pero no fue por falta de ganas. Foley es gay, pero sólo esta semana lo declaró abiertamente. Y en realidad fue uno de los líderes de las acusaciones contra Clinton por su ligue con Monica Lewinsky, tildando a Clinton de falta de moralidad por aprovecharse de una becaria. A la hipocresía unió la mentira negando los rumores que su comportamiento empezó a suscitar. De hecho los pajes prevenían a los nuevos del tipo de pájaro que era Foley. Recientemente, ABC News consiguió acceso a copias de los mensajes que por móvil y por internet había enviado Foley a algunos pajes. Ante la evidencia, Foley dimitió y se refugió en un centro de rehabilitación para alcohólicos, diciendo que la culpa es del alcohol y también de que cuando era monaguillo un sacerdote abusó de él. No hay constancia de que ni una cosa ni otra sean ciertas. Más bien parece una estrategia autoexculpatoria.
Pero el problema de los republicanos no se detiene en Foley. Más bien empieza a partir de ahí. Porque la pregunta es desde cuándo lo sabía el presidente del Congreso, Dennis Hastert, uno de los más poderosos líderes del partido, representante de Illinois y con un curioso pasado de profesor de historia y entrenador de lucha libre. Según él, hubo una queja de un paje el pasado otoño y la hizo investigar. Pero ha surgido un testigo clave que afirma que la dirección del partido y el presidente del Congreso habían sido informados por él hace más de dos años y no hicieron nada. Entre otras cosas, porque Foley era uno de los más destacados expertos en recabar fondos para el partido. El denunciante, Kirk Fordham, que se ha puesto a disposición del FBI, es un personaje clave, porque fue durante diez años el jefe de gabinete de Foley y contribuyó decisivamente a la carrera política de su patrón. También él es gay y también lo ocultó, aunque trató de contrarrestar discretamente la tradicional homofobia del partido. Tras censurar su comportamiento a su jefe, cambió de trabajo y llegó a ser, hasta este momento, el director de gabinete del congresista Thomas Reynolds, que es ni más ni menos que el presidente del comité parlamentario republicano y el director de la campaña electoral actual. Reynolds también dice que alertó al presidente del Congreso de lo que estaba pasando.
Y esto sucede un día después de que Bush proclamara su apoyo a Dennis Hastert, si bien expresando su rechazo al comportamiento del congresista Foley. Por tanto, para Hastert, dimitir o no dimitir es la cuestión. Él dice que no, pero la presión del ala moralista cristiana del partido va en aumento, incluido un editorial del influyente diario conservador The Washington Times.Porque, ¿cómo presentarse a la elección dentro de un mes en nombre de la defensa de los valores morales teniendo un presidente parlamentario acusado de haber encubierto las maniobras de un Foley, ya tachado de depredador sexual, en el sancta sanctórum de la mayor democracia del mundo? Pero si Hastert dimite, de hecho admite culpabilidad, extiende el desprestigio de su partido y pone en evidencia a Bush.
El escándalo de los pajes constituye un nuevo golpe en una secuencia devastadora para la Administración republicana en los últimos días. Primero fue el informe confidencial de las agencias de inteligencia del Gobierno, parcialmente filtrado a la prensa, desmintiendo la versión oficial de Bush y demostrando que la guerra de Iraq había incrementado la amenaza terrorista en lugar de disminuirla. Después, la publicación del libro de Woodward (el famoso periodista cuyos reportajes sobre el Watergate provocaron la dimisión de Nixon) State of denial (obstinada negación) en el que documenta los graves errores de conducción política de Cheney y Rumsfeld en la guerra de Iraq y la creciente oposición a Rumsfeld desde la propia Administración (incluso, según dice el libro, de Laura Bush). Como si quisieran confirmar el argumento del libro, Bush y su equipo niegan todo, a pesar de que Woodward tiene grabaciones de entrevistas con personajes clave del Gabinete. Y, en fin, la propia catastrófica evolución de la situación en Iraq y en Afganistán ha cambiado definitivamente la corriente de opinión en Estados Unidos. El apoyo a Bush, que repuntó ligeramente tras las emociones del aniversario del 11-S, ha vuelto a caer al 39%. El rechazo a la guerra llega al 60%. Y en las intenciones de voto para las legislativas un 57% declara que votará por quien se oponga a Bush. De modo que parece haberle llegado el turno al último superviviente político del triángulo de las Azores de hundirse en las procelosas aguas de la hipocresía y la mentira.

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