La Coctelera

Caffè Reggio

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7 Octubre 2006

El cajetín de Morala y Carnero, a cuenta del expolio masivo a los ciudadanos, para financiar los partidos políticos. ¿Se han vuelto locos nuestros mandatarios?, del Editorial en El Comentario

La lucha contra eso que algunos insisten en llamar "corrupción" -como si no fuese un simple problema moral, y no un fenómeno estructural del sistema político y económico- es ya hoy, en toda España, un clamor cívico de protesta, por parte de una ciudadanía inconformista, a la que lejos de lo que erróneamente creen políticos y empresarios, nadie se la da con queso, como alguien pretendió hacer con el magnífico cocinero lacianiego, Antonio Arias Tronco, cuya finca está ya situada en una península vertical, como uno de los célebres monasterios de la helénica comarca de Meteora, rodeada por todas partes por el barranco creado por una mina ilegal a cielo abierto, y todavía tiene que comerse el marrón, este ciudadano, de aguantar la visita oficial de una delegación del Senado del Reino de España, con banda de música y tambores, dirigidos por el empresario Victorino Alonso. Arias Tronco no es el único, aquí ya nadie se la da con queso a casi nadie. No hablamos pues, de corrupción, como hacen hoy en www.elconfidencial.com, sino de otra cosa, hablamos del problema de la financiación de los partidos políticos, como pretexto para justificar todo tipo de negocios sucios y delitos contra la ciudadanía, que sufre directamente las consecuencias de estas tropelías, con los precios que tienen que pagar por sus pisos, o la destrucción de sus puestos de trabajo al servicio de monstruosas operaciones inmobiliarias.

Se matan por el dinero -las circunstancias nos obligan a matarnos por él-, el dinero es ya casi todo, y su fuerza erosiona principios, somete voluntades, allana discrepancias y modula actitudes. Y nada mejor que el dinero fácil, del que tenemos un modelo prototípico y revelador, por lo primitivo, en una mina ilegal a cielo abierto como es la del Feixolín en Villablino, porque basta con dotarse de maquinaria y arrasar un territorio para llevarse el oro negro a las térmicas, y si además, como sucedió en Quirós durante tanto tiempo, el oro negro se convierte en oro blanco, al transformar el carbón de exterior, en carbón de interior, para qué vamos a darle más vueltas: donde son posibles "negocios" -¡vaya manera de denominarlos!- tan primitivos, qué gamberradas tan sofisticadas cabe esperar.

Pero hace ya mucho tiempo que los políticos descubrieron un crisol, que sustituía ventajosamente al que durante siglos miraron sin parar, con cara de estúpidos, los discípulos de Cornelius Agrippa, también conocido como Agrippa de Netesheim, empeñados en la búsqueda de la piedra filosofal y en la transmutación de los metales, pues la pasión por las transformaciones mágicas, del plomo en oro, núcleo de la obsesión alquímica de la historia humana, es en el fondo la perfecta metáfora de las burdas tesis de quienes convierten el liberalismo de nuestro tinetense Rafael del Riego -los que pervierten la hermosa tradición liberal- en la ideología que eleva la codicia a la categoría de noble impulso, malinterpetando las reflexiones de Adam Smith, para hacernos creer que el tan estúpido, como elemental y básico impulso de enriquecerse, es el motor del progreso de la humanidad, como si aquí no hubiese impulsos más nobles que son los que realmente nos hacen prosperar, en el sentido más razonable del verbo.

El nuevo crisol que transforma el plomo en oro, se llama "gestión de suelo", y es uno de los fenómenos más graves y preocupantes a los que se enfrenta nuestra sociedad, pues funciona de manera más sutil que la burda explotación del suelo por arrasamiento minero, y que no parece tener otro remedio, que una insurrección ciudadana contra la perversión de la política, que obligue a modificar la legislación urbanística, y la relativa a la financiación de los partidos políticos, pues aquí, la izquierda, la derecha, el centro y el adentro, se olvidan de sus discursos y enfrentamientos coyunturales, para ponerse de acuerdo en lo fundamental: creamos sociedades de "gestión de suelo" en las que metemos a las grandes empresas que "reparten" con nosotros, y los mismos que hacemos las "recalificaciones" sobre el suelo que expoliamos -"expropiamos"- a los particulares, lo "tasamos" en los tribunales de expropiación -en el que seguimos estando los mismos-, y luego nos lo repartimos entre las empresas vinculadas a los partidos políticos, y las que sin estarlo, nos dan nuestras coimas, para luego vender los pisos, construidos con subvenciones que nos seguimos dando los mismos -siempre los mismos, ¡tiene huevos!-, para volver a expoliar una vez más a los de siempre, que somos todos los demás, que nos empufamos hasta la muerte para financiar, a nuestras expensas, este aquelarre político financiero, que al parecer va a experimentar un singular impulso con la nueva Ley del Suelo.

Nada más erróneo e infantil, que denominar a esto "corrupción", un concepto de raiz religiosa y carga fundamentalmente moral, pues eso que llamamos "corrupción", es en realidad un fenómeno material, que poco tiene que ver con la moralidad, y sí con la realidad de un sistema que es como es, y que necesita importantes cambios, pues la situación comienza a resultar explosiva, por una sencilla razón: los ciudadanos, en todas partes, en todo el país, hasta en el último pueblo, ya se conocen el truco, y están hartos de empeñarse para toda la vida con unas hipotecas inasquibles, para financiar un sistema político cancerígeno. Así pues, llamar "corrupción" al delito masivo que es la "gestión del suelo" en este país, como hacen hoy los de El Confidencial, es en el fondo, enmascarar la realidad, transformándola en un cuento de malos y buenos, aunque tenemos que comprender, que resulta muy duro para las inteligencias no acostumbradas a conocer la verdad cara a cara, que alguien te venga a contar, en román paladino, lo que en el fondo todo el mundo sospecha: que nuestro sitema político, tiene en el delito, así dicho genéricamente, uno de sus pilares básicos, pues estamos hablando de un mecanismo omnipresente y aparentemente imparable, pues cada vez más dinero ilegal de la financiación de la política, va a parar a manos particulares, que lo depositan en esos paraísos fiscales, que si existen, es porque los gobiernos los toleran, porque en ellos depositan sus caudales muchos gobernantes.

¿Qué es lo que habría que hacer aqui? Evidentemente, lo primero es obligar a los poderosos a poner las cartas boca arriba, enseñando el truco, es decir, forzando desde la sociedad a los partidos políticos a enseñar sus cuentas, a ponerlas a cero, y a depurarlas, fuera de un Tribunal de Cuentas formado por sus propios representantes. Lo de poner las cartas boca arriba, en este problema, es utilizar una figura literaria, más útil en este caso, que los procelosos textos elaborados por nuestros legisladores, que someten a los funcionarios de la administración de justicia, a la dura tarea de interpretar su incompetente redacción, que convierte la discrecionalidad de esa interpetación, a veces en una aventura, y otras -muchas- en un puro capricho judicial, que suele adecuarse la mayoría de las veces, a las conveniencias de los más poderosos, humillando casi siempre al débil.

¿Se persigue acaso el delito de tráfico de influencias? Jueces y fiscales saben perfectamente, que a día de hoy, y tal y como están las cosas, ese delito, como otros muchos, como la mayoría de los relacionados con los procedemientos concursales fraudulentos, ni se persiguen ni se pueden perseguir, puesto que es tal la escala a la que se practican, que semejante realidad se convierte en un problema clamoroso del sistema. Y si alguien tiene alguna duda al respecto, podemos poner sobre la marcha, unas cuantas ideas encima del tapere, para comprobar esto que estamos diciendo, con pelotazos inmobiliarios que son conocidos de todos, o quiebras fraudulentas que vienen dejando en la calle, en el último decenio, a muchísimos ciudadanos que ven cómo sus multas de tráfico se les embargan por el banco.

El caso es que en este sistema político terminal en el que vivimos, Asturias entera se enfrenta a una dura experiencia judicial, que puede acabar llevando a la cárcel a dos sindicalistas, Juan Manuel Martínez Morala y Cándido González Carnero, que han luchado contra la delictiva conspiración urdida por ciertos políticos, y ciertos hombres de negocios, para acabar con la industria naval asturiana, alterando el precio de unos solares para convertir el plomo en oro, con lo que unos se enriquecen y otros se enriquecen también, gracias a una trampa mortal, que viene dada por la necesidad de fabricar ese oro, para financiar campañas electorales, y a partir de ahí todo vale. Los de derechas no dicen nada, porque en esto son los más normales; lo hacen y se callan; pero los que nos cuentan que son de izquierdas -cosa que siempre se quieren creer todos los que reciben suvenciones por decir que se lo creen- encima tienen la desfachatez de encalomarle a la gente sus asquerosos discursos morales contra la corrupción de la derecha, y ahí es donde chirría la inteligencia del pueblo soberano, que no aguanta más, tanta desfachatez y tanta desvergüeza.

En esta comunidad ya nadie se traga el cuento chino de la izquierda y la derecha, a los efectos del delito masivo cometido por los administradores de lo público, y sus consecuencias para el trabajo de los ciudadanos; por eso resulta imposible sustraerse a la sensación de que la acusación de haber roto un cajetín semafórico, que recae sobre estos dos dirigentes, con la consecuente petición de seis años de cárcel, podría también tener su metáfora en el más eficaz de los espantapájaros: el poder político y económico, pretende convertir a Morala y a Carnero, con su terrible castigo, en el instrumento disuasor destinado a intimidar a los ciudadanos humildes que se enfrentan a este vergonzoso estado de cosas.

En una situación así, salta a la vista que estamos ante el inicio de una gran movilización ciudadana, en defensa de Morala y de Carnero, que nos va a llevar a miles de asturianos a afirmar que estuvimos en aquella plaza, aquel día, rompiendo el puñetero cajetín, como ya están anunciando personajes como Luis Redondo o Domingo Goñi Tirapu, y ver quien nos para.

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