No sé qué dirán de nosotros cuando hayamos muerto. Cualquier cosa pueden decir, porque los hechos que hemos vivido, se cuentan de opuestas maneras según sea el medio que los relate. El periodismo se está convirtiendo en un género de ficción como la propia política. Ya no me creo lo que cuentan de las Galias y menos de la última Guerra Civil, porque si las versiones de los hechos que vivo cada día son tan dispares, qué no serán las que se relatan en los anales, urdidas por escribas a sueldo e historiadores de cámara. Que la Historia sea una ficción ya es grave, pero más lo es que sea la actualidad. Francisco Umbral, que es un genio, se proclamó militante de la subjetividad y hasta de la murmuración, adelantándose a lo que iba a venir después: del mismo vertedero, cada cuadra mediática da diferente fetidez.
La obsesión de los políticos es convertirlo todo en espectáculo; esa erótica de la banalidad ha contaminado al periodismo. La emigración, el Euribor, el fin del terrorismo, las instrucciones paralelas en el caso de los tres peritos sometidos a la coacción, todo cuanto ocurre es disímil según quien cuente y titule. Hay algo invariable: las campañas de desprestigio que sufre este periódico, una segunda versión ampliada de las de los 90 cuando la jacaranda reinaba en el Ministerio del Interior y los matadores de perdices apoyaban los GAL y la patada en la puerta.
A pesar de lo que dijo el miércoles Mariano Rajoy en el Congreso, no creo que sea la misma cosa el zapaterismo y aquella España del pelotazo donde se cruzaban los hilos de las tramas y la política era cosa de jueces. Recuerdo como si fuera hoy cuando acusaban a los periodistas que desenterraban la cal viva de formar parte de una conspiración republicana. Quisieron estigmatizarnos; al final fueron los lectores los que sacaron a los pájaros por las plumas. Debemos ser objetivos y no llevar nuestras sospechas al punto más extremo.
El Yo Claudio de Robert Graves -la historia de un idiota, un tartamudo- se inicia con una cita de Tácito que siempre tengo presente: «Una historia que fue sometida a toda clase de tergiversaciones, no sólo por parte de quienes entonces vivían, sino también en los tiempos posteriores, porque lo cierto es que toda transición de prominente importancia está envuelta en la duda y la oscuridad. Y unos y otros son exagerados en la posteridad».
O sea que la Historia se somete a toda clase de tergiversaciones no sólo en los tiempos posteriores, sino en el presente, en la actualidad. Véase ahora la segunda Guerra Mediática, que es tan devastadora como la Primera; más que una guerra de medios es una guerra médica, un segundo intento de amordazar a EL MUNDO, que te lleva a preguntarte, como en la Roma de Tácito y de Juvenal, qué hago yo aquí si no sé mentir.
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